La mirada del no
Por eso la cámara de este libro -siguiendo a la de la directora de la serie televisiva Alauda Ruiz de Azúa- se introduce en esa habitación cerrada que es el lugar donde las violaciones -y no sólo sexuales- se suceden como si eso tuviera que seguir formando parte de una cultura patriarcal que -visto lo que llevamos viendo en los últimos tiempos y a pesar de los avances feministas más que elocuentes- no lleva marcha de ser erradicada

Nagore Aramburu, la actriz de 'Los domingos' / Levante-EMV

Un día de excursión por el río Grande. Una pareja, hombre y mujer, y un amigo de la pareja. Después, en el regreso, deciden escribir cada cual por su cuenta la experiencia del viaje. El marido escribió sobre las ratas de río. La inmigración ilegal ocupó el texto del amigo. Y la mujer escribió sobre «hasta qué punto mi marido y yo nos habíamos vuelto unos desconocidos el uno para el otro». La mujer era -es- Vivian Gornick y descubrió que se sentía sola en la balsa. De ahí que buscara el sitio desde donde contar su propia versión de la historia. Tal vez lo mismo -o parecido- sucedió la noche tormentosa en que otro grupo de amigos decidió escribir un relato de terror junto al lago Leman. De esa reunión salió Frankenstein, la obra maestra de Mary Wollstonecraft, una mujer que siempre aparece nombrada como Mary Shelley porque su marido era el poeta Percy Shelley. Precisamente, lo que buscaba Vivian Gornick era la constatación de que hay dos mundos por lo menos en una pareja, no sólo uno que habitualmente -o siempre- es el del varón.
No soy de series televisivas. Soy incapaz de mantener el tipo tantos episodios seguidos. Sólo veo algunas policiacas de las que duran cuarenta y cinco minutos y cada episodio es independiente de los otros. Muy pocas de esas series valen la pena. A mí me entretienen y punto. Por eso no he visto Querer, producción española que cuenta la vida -o la no vida- de una familia: hombre, mujer y dos hijos ya adultos. La mujer es maltratada por el marido. Al final, se va de casa. Busca trabajo. Uno de los hijos está casado y está del lado del padre. El otro es homosexual y apoya la actitud de la madre. Son cuatro episodios. Ya digo que no he visto la serie. Pero acabo de leer un libro fantástico que me la cuenta y, además, con muchos añadidos que aclaran no sólo los puntos fuertes de la película sino que va mucho más allá: o más acá, según a qué altura pongamos la línea del tiempo. La cámara la mueve Isabel Gonzálvez y nos mete desde el primer minuto en una habitación donde una pareja hace el amor apasionadamente. La cámara es la escritura. Y la escritura de Querer. El Derecho, en el dormitorio no tiene desperdicio. El libro forma parte de la colección Cine y Derecho que en la editorial Tirant lo Blanch codirigen los profesores Javier de Lucas y Fernando Flores. Es como si cada especialidad del Derecho te contara una película. Así de divertida es la cosa. Aunque a veces, como en este caso, te entre a ratos una rabia muy gorda. La violencia sexual contra las mujeres. Medio libro dedicado a la película. El otro medio a escarbar -con una precisión de entomóloga por parte de la autora- en el territorio de esa violencia y en los procedimientos de la Justicia y el Derecho a la hora de enfrentarse a una complejidad que -entre luces y sombras- se va aclarando en los últimos años.
Desde la atrocidad de la Manada en los Sanfermines de 2016 las cosas empezaron a cambiar con una cierta solvencia. Movimientos protagonizados por un feminismo que se volcaba con ganas en denunciar la violencia machista, en situar el punto de conflicto donde tocaba y donde el Derecho ha de poner también su atención: «No pongamos el foco en el deseo o la voluntad de la víctima, sino en el comportamiento del agresor». Las distintas maneras de encarar el consentimiento. Las leyes, la Justicia, el Derecho que las ilumine en vez de emborronarlas. Nunca se me irá de la cabeza la mirada de la joven cuando la brutalidad de sus agresores -en aquel sombrío patio de Pamplona- le caía encima con una saña que se salía de lo humano. La mirada del No, la escritura del terror en los ojos de la chica que tenía dieciocho años y la libertad no respetada de decir sí, no o lo que le diera la realísima gana.
Hay en las inagotables páginas de este libro una nutrida suerte de posiciones políticas, culturales, ideológicas que no sólo enriquecen su contenido sino que nos llena de ese conocimiento que siempre será un conocimiento inspirado por el espíritu crítico y la voluntad de no errar -o hacerlo lo menos posible- cuando tratamos de acercarnos a esas situaciones que tienen que ver muchísimas veces con el temblor vivido por la mujer en el seno de la propia familia. Por eso la cámara de este libro -siguiendo a la de la directora de la serie televisiva Alauda Ruiz de Azúa- se introduce en esa habitación cerrada que es el lugar donde las violaciones -y no sólo sexuales- se suceden como si eso tuviera que seguir formando parte de una cultura patriarcal que -visto lo que llevamos viendo en los últimos tiempos y a pesar de los avances feministas más que elocuentes- no lleva marcha de ser erradicada: «El problema es si, cuando cedemos, o accedemos a los deseos del otro, lo elegimos con libertad e igualdad. El problema es si, como mujeres, (¿acaso se habla de consentimiento de los hombres?) no podemos decidir libremente y de forma igualitaria por causa del poder que se ejerce sobre nosotras».
Ya lo dije: las dimensiones de este libro son inabarcables. Hay que leerlo y llenarlo de subrayados para que no se te escape nada de sus certezas y de sus dudas, de su voluntad de abrir caminos para errar lo menos posible -o nada- a la hora de actuar sobre esa violencia que siempre sufren -demasiadas veces ante las vacilaciones del mismo Derecho y sobre todo de las injustas y crueles decisiones de la Justicia- las mujeres.
Y a modo de conclusión: para que el Derecho pueda ser útil en ese debate «es fundamental contar con una ciudadanía crítica, consciente y reflexiva». La mujer de la balsa en el río Grande escribió su propia versión del viaje y Frankenstein siempre será una obra maestra escrita por una mujer llamada Mary Wollstonecraft, por más que alguna gente se empeñe en llamarla con el nombre falso de Mary Shelley. Pues eso.
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