Tránsitos entre vida, arte y comunidad
"Si el arte es vida debe parecerse a ella, a la vida que nos ocupa la propia vida, es con esa vida, que unos momentos parece fuera y en otros está dentro, con quien convivimos y desde la que nos relacionamos con los otros, los otros que no soy yo pero que están ocupando el espacio común que nos aísla y une".

Detalle de The Ballad of Sexual Dependency (La balada de la dependencia sexual) / Levante-EMV
Nuria Enguita
Querido Nacho,
Recuerdo, sí, claramente, la época de Amparo Civil, alter ego femenino de Xisco Mensua. Esa niña con tirachinas, reflejo de todas nuestras vulnerabilidades y de nuestra escasa capacidad de reacción, en un momento marcado por una corrupción infinita. Personaje ficticio que invocaba esa figura del derecho que resta cuando se han agotado todas las vías posibles, ante los abusos de poder de cualquier administración. Hoy, sin la profunda ironía y el sentido del humor de Xisco, tendremos que buscar nuevos recursos para un presente pegajoso, profundamente alterado por la corrupción moral que asola nuestra común tierra de adopción. ¡Ya no sé si es justicia o castigo divino que la patrona de la ciudad sea la Virgen de los Desamparados! Y voy encadenando pensamientos, memorias, conversaciones, hasta llegar al «pintor de la luz» que mencionas, referente de una supuesta identidad valenciana (¿?). Artista tan manoseado, tan utilizado —curiosamente ahora— para contrarrestar la falta de luz, luz para siempre teñida por el dolor y la rabia de una sociedad desamparada ante poderes ausentes.
Pero hablemos de un arte no entendido como propaganda, como falsa identidad e historia interesada, ni como remedio apresurado para desviar la atención de lo que es importante..., y casi siempre a costa de millones (que también sabemos de eso en nuestras tierras). Volvamos a otras conversaciones compartidas y cuestiones que durante años nos ocuparon y preocuparon: por ejemplo, la capacidad del arte como forma de comprender el mundo, de ver críticamente sus costuras, de proponer otros mundos posibles —capacidad, por cierto, cada vez más controlada y censurada—. En concreto, quería hablarte de Nan Goldin y Miguel Benlloch, con exposiciones en Milán y Sevilla, respectivamente, que aluden al arte como lugar desde el que resistir, alzando la voz para hacerse oír o bajándola para poder escuchar a los demás. Y, al hilo, preguntarnos sobre cómo una práctica artística puede oponerse a las falacias de la identidad, por su capacidad de resistencia, aunque sea en la clandestinidad, y mostrando intimidades posibles, aunque amenazadas. Nan Goldin no ha dejado de alzar la voz a través de sus imágenes desde que comenzó a trabajar, y la cámara fotográfica se convirtió en su forma de habitar el mundo: «No elijo a las personas para fotografiarlas: tomo fotografías directamente de mi vida. Estas imágenes provienen de mis relaciones, no de la observación. Nan Goldin no es —como muchos fotógrafos antes y después de ella— una voyeur: no es la invitada a la fiesta, la fiesta es la suya.
The Ballad of Sexual Dependency (La balada de la dependencia sexual), una serie de setecientas diapositivas que adquieren un modo cinematográfico en su presentación, acompañada de una banda sonora con más de treinta canciones de los años ochenta y noventa —desde Maria Callas a la Velvet Underground—, constituye una obra maestra extendida en el tiempo, pues se inició en 1979 y se ha dado por terminada en 2022. Se trata de un documento fundacional de una época, un diario de vida que muestra una subjetividad radical; una historia de amor y comunidad, de violencias, adicciones, soledades y pérdidas. Relato íntimo y al mismo tiempo colectivo, que no son términos excluyentes, al contrario: la intimidad se crea en la colectividad. Esta intimidad es un «ser nosotros mismos», que no indica identidad o naturaleza, sino tensión, desequilibrio, inclinaciones. Una forma única de vivir la vida y de perderla. Una manera de contar y cantar la vida. Nada que ver con la privacidad, con la que a menudo se confunde. Nada que ver con el silencio ni con la soledad, sino con una condición de interioridad, aunque se trate de una experiencia compartida. Contraria a la identidad, que es ley y norma. En The Ballad of Sexual Dependency, la artista nos habla no solo de su vida, sino también de cómo la siente: habla a través de sus íntimos, de sus cómplices, de aquellos que construyen una relación entrañable, y una memoria, en un espacio que no se mide en metros. Siempre he pensado que La balada no es tanto un documental como una textura de su propia experiencia.
Como Nan Goldin, pero en otras geografías —durante la dictadura y la transición española—, anduvo Miguel Benlloch entre vida, arte y militancia poética y política, proponiendo una forma radical de estar y pensar en el mundo. Los curadores de la exposición en Sevilla, Rafael Barber y Enrique Fuenteblanca, hablan de una «ética de la inquietud», una tendencia a incomodar, a descentrarse, a desidentificarse, un interrumpir la lógica organizativa, policial. En la exposición tiene una presencia fundamental su performance 51 géneros, que toma su nombre de la vida vivida —cincuenta y uno son los años que el artista tenía en el momento de crearla, 2005— y nombra la ruptura que comparte con otras muchas vidas de no definición de género. Miguel peleó contra toda forma de binarismo, consciente de que los binarismos solo conducen al totalitarismo. Desde un pensamiento trans, se consideró sobre todo antifascista y antibelicista, y su lucha fue siempre colectiva, contraria a las identidades cerradas y excluyentes. En su obrar colectivo, escribía Miguel, hacemos agujeros para producir movimientos en las estructuras de poder, creamos galerías para interconectar nuestros deseos. Producimos tensión entre la comunidad y la jerarquía». Eso mismo ocurrió en el discurso de apertura de Nan Goldin en Berlín este año, que puedes ver en línea si escribes «Nan Goldin Berlin» en un buscador: trece minutos que casi crean una crisis nacional al clamar por el fin del genocidio de Gaza, para incomodidad profunda de esas jerarquías. Desde una poética íntima y un pensar en colectividad Palestina une los destinos de estos dos grandes artistas. Como decía Miguel, «Si el arte es vida, debe parecerse a ella». Una vida y un arte, en suma, hecho de «conflicto, apoyo y afecto».
Me despido, que no hay más espacio. Nos veremos pronto. Ya solo me queda desear a la comunidad que nos lee un buen año 2026.
Un abrazo, Nuria
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