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Escribir las cicatrices

Lo que se esconde tras una casual coincidencia: los libros con mismo título de Galder Reguera y Alfons Cervera

Libro de familia. Galder Reguera.

Libro de familia. Galder Reguera.

Alfons Cervera

Alfons Cervera

No sé quién nos regaló, a mi hermano Claudio y a mí, dos espadas de madera. Recuerdo que la hoja era de color ceniza, pero no el de la empuñadura. Tampoco sé si llegamos a luchar con ellas, como si fuéramos El Guerrero del Antifaz y Ali-Kan. Pocos días después las encontramos rotas en el corral. Nadie se explicaba lo que había pasado. Nunca se me olvidó la tristeza que sentimos Claudio y yo y ahora la saco aquí porque a Galder Reguera y su primo Unai les regaló el herrero Sindo dos espadas que guardaron en un pequeño socavón para cuando volvieran a la casa. Las pobres espadas quedarían sepultadas por toneladas de tierra cuando las máquinas estaban nivelando el terreno que ellos habían considerado el refugio más seguro. Las vidas de mucha gente se parecen más de lo que pensamos. También los libros. Hace cinco años, Galder Reguera escribió su Libro de familia. En la primavera de 2009 yo empezaría a escribir en Grenoble Esas vidas, primer volumen de una trilogía que se completaría en años sucesivos con Otro mundo y Claudio, mira. Hace unos meses esos tres libros aparecían juntos con el mismo título que Galder había puesto al suyo.

No conocía a Galder Reguera. Tampoco su libro. Leo a salto de mata. Hago poco caso del mercado editorial. Desde hace tiempo leo a los amigos y a quienes me recomiendan lectores y lectoras en quienes confío. El famoseo que se confunde aposta con la gran literatura me provoca ruidos en las tripas. Por desgracia, cada vez hay más famoseo y menos literatura. El caso es que hace unos meses conocí a Galder Reguera en un encuentro que el Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, organizaba en la ciudad asturiana de Llanes. No me prodigo nada en esos encuentros. Vivo al margen de casi todo. Ni redes ni hostias. Nada. Pero esa vez ahí estaba. Y me convencí de que lo mejor de esos saraos es que de repente descubres que hay almas gemelas (vaya imagen cursi) que desconocías absolutamente. Yo hablé de las novelitas del Oeste que fueron mi cuna lectora (imagen más cursi que la anterior). Era la dictadura a tope y en casa no había un solo libro. Esas novelitas llegaban como por arte de magia en el autobús de línea y en otros pueblos las compraba en el mercadillo de los jueves. En una de las sesiones hablaba Galder, que trabaja en la Fundación del Athletic Club. Al día siguiente, cuando ya me levantaba del desayuno para emprender el regreso a casa con mi música de toda la vida, se me acercó Galder y me dijo que él también leía aquellas novelitas. Él es un crío a mi lado, pero me gustó lo que dijo y más aún que le hubiera gustado mi intervención el día anterior. No sé cómo llegamos en tan breve minutaje a descubrir que los dos habíamos publicado un libro con el mismo título: Libro de familia. Nos los enviamos mutuamente (anda, otra palabrita) y aquí me tienen, escribiendo unas líneas sobre espadas rotas o desaparecidas y de un libro -el de Galder- que me ha devuelto la confianza en la gran literatura que andaba por los suelos, como si la hubieran sepultado las toneladas de tierra que cayeron sobre las espadas que a él y a su primo Unai les había regalado el herrero Sindo cuando eran unos críos. Ahora sé que la música que le gustaba al padre de Galder es la misma que llevo en el coche y que escucho desde la ya lejana, casi inencontrable, adolescencia.

Un día siente la necesidad de indagar en las vidas de su propia familia. En la Nochevieja de 1974 Galder estaba plácidamente asentado en el vientre de su madre. Esa misma noche, su padre, que se llamaba Luis y tenía 23 años, volvía a casa en su Simca 1200 y se mató en un accidente. Empezar un libro de esa manera tan contundente, supone un peligro: a ver cómo aguantas esa fuerza para lo que te queda de escritura. Y vaya si Galder la aguanta. A cada página, un trallazo. Escarbar en el pasado es una operación de riesgo. Hacer lo mismo cuando se trata del pasado familiar es de un riesgo extremo. Lo dé de buena tinta: de la mía. Lo que dice mi querido Jenaro Taléns en La velocidad de la sombra (a punto de salir): «Mis manos ignoraban cuánto pudor se esconde tras las cicatrices». Cuánto pudor y cuánto miedo y cuántos secretos escondidos. Yo supe cuál fue en realidad la vida de mi padre cuando hacía más de veinte años que había muerto. Su militancia anarquista, la condena a doce años de cárcel después de la guerra… Galder empezó con sus investigaciones familiares y veía cómo a cada paso unas historias lo llevaban a otras que siempre habían permanecido en la sombra. Y de ahí le salió un libro que no sólo no voy a olvidar nunca, sino que no dejaré de leer una y mil vece porque la vida -tu vida- es una vida de verdad cuando te la encuentras en la escritura de otras vidas que jamás habías pensado que existieran: y aún menos que se parecieran tanto a la tuya.

El final de Libro de familia, el de Galder, es el que yo mismo escribiría para el mío: «Ahora puedo mirar hacia atrás, hacer balance y decirse que, aun con todas las dificultades que conlleva, mereció la pena el camino hasta este mismo momento. Quizá esa sea una definición parcial de la felicidad. Poder mirar atrás y pensar que recorrerías de nuevo el camino, a pesar de todo». Las espadas que fueron un juguete roto cuando la infancia de Galder y la mía -tan lejanas y alejadas en el tiempo- surgen de nuevo en esa maravillosa memoria compartida que son los libros y sobre todo: su tantas veces misteriosa escritura.

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