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No estás sola

‘Auld lang syne’ es un viejo villancico escocés que sabe a ‘Memorias de África’ y a ‘Sexo en Nueva York’. Sabe a amistad, ese pájaro exótico que conviene proteger

No estás sola

No estás sola

Susana Fortes

Susana Fortes

Suena el teléfono. Lo coge Carrie Bradshaw medio dormida. Es tarde. Está ya acostada. Al otro lado del hilo se encuentra su amiga Miranda. No le ocurre nada especial, quizá se siente un poco triste porque acaba de separarse y está sola viendo en la tele el programa especial de Nochevieja. Nada grave. Le apetecía hablar, eso es todo. Pero Carrie nota algo en su voz, una vibración. El código morse de las tormentas.

-¿Quieres que vaya? – le pregunta.

Miranda se echa a reír.

-Encontrar un taxi en Fin de Año, ni lo sueñes…..

Y entonces tiene lugar una de las escenas más icónicas de Sexo en Nueva York, la película, no la serie. Vemos a Carrie saltar de la cama tal cual está y salir de su apartamento con una camiseta de dormir, un pantalón de pijama casi infantil de florecitas y encima un abrigo polar, corriendo por la nieve con unos botines blancos de tacón, sin matarse para acudir al rescate. El único toque festivo que añade a su indumentaria para la ocasión es un gorro plateado de lentejuelas y un collar belle epoque. Así, con ese look disparatado, conquistó las portadas de las grandes revistas de moda, fue referente para millones de mujeres y cambió el estilismo de toda una generación.

Pero era Sarah Jessica Parker, claro. Y estaba atravesando a pie todo el West Village para decirle a su amiga Miranda algo importante: «No estás sola». Cuando al fin se encuentran las dos, lo que hacen es compartir una fondue de queso, tiradas en el sofá, en pijama, sin confeti ni serpentinas, pero con muchas risas. De fondo suena la voz de Mairi Campbell interpretando Auld lang Syne, uno de los villancicos más bellos del mundo además de un emocionante canto a la amistad. La letra es del poeta escocés Robert Burns y data del siglo XVIII. Desde entonces se suele cantar en los momentos en los que se inicia o se acaba un viaje largo. Por eso en el mundo anglosajón se relaciona con la celebración de Año Nuevo. Literalmente significa «hace mucho tiempo», pero para ser fiel a su verdadero significado habría que traducirlo como: «¡Por los viejos tiempos!».

«Los dos hemos vadeado la corriente desde el mediodía hasta la cena, pero anchos mares han rugido entre nosotros desde los viejos tiempos..» La amistad, esa cosa con plumas que hay que proteger como una especie en extinción.

Es la misma música que suena en la fiesta de la Nochevieja de 1918 en una de mis películas favoritas, Memorias de África. Hay una escena en la que Karen Blixen, abofetea a un hombre, bebe champán, baila con Finch Hatton, se permite ser un poco displicente al principio, pero se queda pensativa cuando él le dice aquello de: «we are not owners, Karen. We are only passing through». Un dardo directo al corazón de aquella mujer que tenía una granja en África. «Nosotros no somos propietarios, Karen. Sólo estamos de paso». Y entonces ella lo besa. O sea, besa a Robert Redford, de smoking y pajarita. Nada menos.

No es un beso apasionado. Tampoco es exactamente un beso de amor. Es mucho mejor que eso. Un beso enigmático, retador, lleno de vértigo y de misterio. Los besos sin vértigo es mejor dejarlos en el trastero o tirarlos a la papelera porque no valen para nada. Los besos que pueden cambiarlo todo van precedidos de unos segundos en los que todo queda detenido como una nota musical en un pentagrama que electriza el aire y hace que salten chispas alrededor. Sin ese minuto de temblor ninguna de las cosas emocionantes que recordamos en la vida tendrían sentido. Es el segundo de silencio que precede a la creación del mundo o a su destrucción. El segundo de silencio antes de cerrar los ojos e inclinarte sobre alguien y desatar una tormenta de consecuencias interestelares. Todo eso lo consigue hacer ella solita en una escena de menos de dos minutos. Meryl Streep lleva toda la vida dándonos lecciones en el cine y en la vida.

Siempre vivo estos días finales del año con un poco de desconcierto. Una de mis prendas favoritas para resistir la avalancha es un jersey de mohair varias tallas más grandes que la mía. Estilo oversize. Lo compré en Milán en una boutique de la galería Vittorio Emanuele un invierno que pelaba hace un montón de años. Tuve que hacer varias veces la cuenta de la lechera antes de pagar, porque en Milán todo era y sigue siendo carísimo. Y yo era joven y pobre y entonces aún se calculaba todo en pesetas. Ese viejo jersey de mohair, con el cuello un poco desbocado, cálido y con historia, me abrigó en los jardines nevados del parque Indro Montanelli y a lo largo de la vida en otros muchos momentos de andar por casa que son los que cuentan. Viene a ser mi equivalente al pijama de Carrie Bradshaw. Seguro que ustedes tienen alguna prenda amuleto parecida. Es lo mejor para afrontar estos días tan raros.

No ha sido un año fácil, ya lo sabemos. Veo a la gente en la estación de Chamartín que es el lugar más endemoniado del planeta y por las calles y por lo centros comerciales, cargados de paquetes, andando apresurados con mucho desespero y abatimiento, cuando en realidad lo que necesitamos es bien poco. Apenas un descanso. Unas palabras de aliento y una fondue de queso. O si lo prefieren una taza de chocolate caliente.

Así que, aunque no suelo hacerlo en los artículos, con permiso de los jefes y sin que sirva de precedente, les dejo aquí como banda sonora de este artículo el enlace con la voz de Mairi Campbell en la mejor versión que existe de Auld Lang Syne.

Por si están un poco cansados o melancólicos, o no tienen malditas ganas de ponerse un gorrito y soplar un matasuegras. Y prefieren la amistad, ese pájaro exótico, y una vieja canción escocesa para recibir el Año Nuevo.

¡Por los viejos tiempos!

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