El amor tiene muchos senderos
Ana Merino habla de los esfuerzos por recuperar otra vez la vía de los afectos en ‘El camino que no elegimos’

Ana Merino / Levante-EMV
Francisco Recio
Nunca es suficiente hablar del amor, de sus golpes terribles que noquean el corazón o de sus gloriosos triunfos que hacen sanar el alma. Ana Merino (Madrid, 1971) es experta en hablar del amor y también del desamor. Lo hizo en El mapa de los afectos, donde narra cómo se entrecruzan las vidas de personajes que persiguen amar o ser amados y las terribles decisiones que a veces se toman en nombre del amor. Ella, que es casi tan norteamericana como española –por los muchos años vividos en aquel país–, nos trae ahora una novela que es un poco el revés de aquella con la que ganó el Premio Nadal. Es El camino que no elegimos, aquel al que nos empujan otros con decisiones malévolas, que nos hace andar perdidos y errabundos, y de los esfuerzos por recuperar otra vez la senda de los afectos compartidos y luminosos.
La brújula la tiene Cécile, una de las tres mujeres que buscan el camino del amor. Ella es profesora experta en Stendhal y Del amor es su libro de cabecera, donde el francés nos dice: «El amor es una bellísima flor, pero hay que tener el coraje de ir a buscarla al borde de un precipicio». Hasta ahí debe llegar Juana Cepeda, la principal protagonista, una mujer de 50 años a la que su marido le pide el divorcio tras dos décadas juntos. «Por más civilizados que quieran ser, todos los divorcios dejan un poso de amargura». Juana ha llevado una exitosa carrera como catedrática de español en un college de Nueva Inglaterra. Él, también catedrático de Biología, le dice una mañana: «Juana, te quiero mucho, pero ya no estoy enamorado de ti». Es el momento en el que una vida estable se rompe sin previo aviso. Cuando te echan a la fuerza del camino.
La novela se construye también junto a otros dos personajes femeninos: su amiga Cécile, pragmática pero que se adentra en una relación turbia con un policía, y Lieke, joven investigadora que ha dejado atrás su país y su pareja. El retrato de estas tres mujeres es lo que permite a Merino desplegar tres formas distintas de entender y buscar el amor, todas válidas aunque muy diferentes, con contrastes de edad, cultura y experiencias vitales que aportan ritmo y fuerza al relato a través de una relación marcada también por la distancia.
En el camino de Juana vemos que va saliendo del pozo, pese al sufrimiento. Aquí las relaciones familiares juegan un papel decisivo. El relato nos habla después de ese tránsito, normalmente largo y doloroso, que te lleva a la recuperación. Aquí se hace grande la familia, pues aunque al principio Juana no quiere comunicar su ruptura acaba haciéndolo y esta ocupa entonces un lugar central. Iluminados por aquella famosa cita de Sthendal, cada una de las tres mujeres y los dos hombres que dominan el libro deben ir orientándose , a veces en la oscuridad mental, para hallar la manera de soportar la pérdida primero y, después de sobreponerse, orientarse para volver al camino del amor.
La novela se cierra de manera esperanzadora, con la idea de que siempre existe un margen para decidir y con una reivindicación final expresada en el mensaje de que, pese a todo, el amor sigue mereciendo la pena pues es el motor que impulsa los sentimientos que transforman y hacen avanzar al hombre.
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