El tiempo que se acaba
‘Último día en Budapest’, título de la elegía que Sándor Marái dedicó a la Hungría de entreguerras, es un monumento a la nostalgia de una época desaparecida y condenada a vagar en sus libros

El novelista y periodista Sándor Marái / Levante-EMV
Lucas Martín
Da para largo, es aquello del terruño y de que la tierra duele. Entre otras cosas, porque en estas penosas vicisitudes, las del dolor, concurre demasiada competencia. Y también porque con las patrias ocurre lo mismo muchas veces que con las sutilezas agrodeportivas: que te lían por una cuestión entrañable y acabas por romperle el lomo con un bate de béisbol al hijo del vecino. La tierra, cuando duele, se convierte en una estación sentimental. Lo cual siempre resulta sospechoso. Sobre todo, si la cosa viene mal dada y acaba transformándose en literatura.
De esta conjunción, el dolor de la tierra y los libros, surgen, por lo general, verdaderos descalabros y sucesos abominables. Y luego están Sándor Márai (Košice, Eslovaquia, 1900-San Diego, EEUU, 1989) y ese reducido y sufrido sanedrín de grandes escritores –la mayoría de culturas históricamente machacadas y fragmentadas, es decir, del Este– que hacen de la tierra un asunto serio y casi orgánico en su depurada metafísica. El cuerpo de un tiempo y de un espacio que se esfumó y que únicamente existe en el resplandor de las propias letras.
Tatiana Tibuleac se echó el moldavo a la espalda hace unos años y escribió una isla portátil que es la memoria de una lengua. En esto intervienen, claro está, la sensibilidad y el talento, pero también la historia colectiva, que a veces le da por influir en nuestras vidas minúsculas con más puñetería y determinación que un tsunami. Pese a toda su imaginación desbordante y su cartografía de intereses, Márai lo habría tenido muy difícil para no escribir de Hungría. Y más se tienen en cuenta la cantidad de acontecimientos liminares que cincelaron su biografía.
De la caída del imperio a las dos grandes guerras, el alzamiento del nazismo y la llegada de los comunistas, que, con su amabilidad habitual, no tardaron en olvidarse de su militancia de izquierdas y declararle enemigo del pueblo y dejarle en el ostracismo. Durante largas décadas, desde su fama inicial hasta la recuperación de su obra, el exilio en San Diego y el suicidio –acabó pegándose un tiro en medio de un país que no acabó nunca de entender y que consideraba que no tenía alma–, Márai fue borrado con tanta saña como lo fue su Hungría. Hasta el punto de que parecía irrevocable, si no fuera por la popularidad que empezó a obtener en Europa en los años 90, que conseguiría a la postre volver por todo lo grande tanto a él como aquella tierra desaparecida. Y, además, por la misma única vía: la de su literatura. Especialmente en libros como Último día en Budapest, que acaba de publicar la editorial Salamandra con traducción de María Szijj y José Miguel González Trevejo.
Un texto en el que el autor de Los rebeldes se cuelga la piel de la juventud perdida para levantar un monumento a la nostalgia. Acaso el más explícito en estas lides –que ya es decir– de toda su bibliografía. Y con una superposición de dimensiones fantasmales que hacen de la obra una auténtica elegía; fiel a su estilo musical, agudo y bien tensado, Márai le canta en primer lugar a su maestro y escritor Gyula Krúdy, al que emplea como protagonista, pero también a una sociedad ya destruida e, incluso, a sí mismo en sus tiempos de fervoroso cronista y personaje de la vida pública.
En el libro, el avatar de Krúdy, conocido como Sinbad, sale de casa con el propósito de retornar con dinero para comprarle un vestido a su hija, pero en algún momento decide postergar el regreso para enredarse en un peregrinar por la ciudad que tiene mucho de versión a la húngara y a lo Márai con rondas nocturnas tan memorables en la literatura como las de Max Estrella o Bernard-Marie Koltès. El romanticismo ambulatorio por rutas que ya pertenecen a la memoria y, muy especialmente, a esa memoria que únicamente habita y se aloja en la prosa de Márai; la verdadera tierra que duele y que quema porque ya no está, que no otra cosa son a veces las palabras y de la que es difícil no acordarse en tiempos como los actuales, que si bien no acusan a priori excesivo paralelismo con la Hungría de entreguerras, sí que arrastran esa gravedad inevitable de esa cultura que parecía inmutable y que en realidad está a punto de desvanecerse.
En esta crónica, más trágica de lo que aparenta, Márai nos pasea en coche de caballos por un mundo de restaurantes y baños desaparecidos, de costumbres y gestos que empezaban a diluirse y que constituían hasta en lo más mínimo el santo y seña de una manera de vivir. También a través de los inspirados juicios del protagonista, que no tienen piedad en demonizar los nuevos modos de beber, salir y comportarse –divertidísima esta retahíla de aseveraciones– y que dulcifican el homenaje vívidamente mortuorio a esa Budapest perdida en alguna parte. Y más aún viniendo de todo un europeísta como fue Márai: el sacrificio de toda una idea de Europa. Tantos siglos al rifle y a la carrera y al final resulta que funcionaba al revés: la poesía, y no a la inversa, es la patria.
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