Reportaje
La difuminada generación del 70
La reciente muerte de José Luis Falcó ha devuelto actualidad cultural a la efervescente generación poética valenciana de los 70, de la que Falcó y Eduardo Hervás (murió el mismo día de publicación de su única obra) fueron exponentes destacados, pero en la que sobresalen otros muchos nombres del ámbito poético novísimo con trayectorias dispares.

Jenaro Talens, José Luis Falcó y César Simón / VORO CONTRERAS
R. Ballester Añón
En memoria de José Luis Falcó
Hablando en el ámbito que nos compete aquí, de las últimas décadas del siglo pasado seguramente una de las más brillantes y llenas de acontecimientos novedosos, es la de los años setenta.
En 1970 se publica una antologia de nuevos poetas españoles, Nueve Novísimos de José María Castellet, que ocasionó notorio revuelo e inusual influencia. Su programa doctrinal no adoptó la actitud -habitual entre los jóvenes poetas- de agresivas actitudes contra la poesía anterior, sino más bien la de equívocos pellizcos practicados en las nalgas de un desconcertado Poeta Social. En esta antologia se incluía a dos poetas valencianos: Vicente Molina Foix y Guillermo Carnero.
En un ensayo introductorio a la poesia de Guillermo Carnero, el profesor Carlos Bousoño encontraba un valor modélico en algunos poetas valencianos; habla de lo que él denomina la «realidad verdadera» que en el caso de Carnero y, por extensión, de la generación a la que pertenece, sería el de la «marginación».
Es el primer colectivo poético en cuyos supuestos lirico-formativos aparece la cultura de masas -cinematógrafo, televisión, música pop-rock...- restándole relevancia a la tradición literaria humanista.
Aunque no incluido en la esa antología pero participando en esa misma atmósfera novísima, encontramos al poeta Jaime Siles con su obra Canon.
Por estos años surge en Valencia la colección Hontanar, con tres poetas vinculados al proyecto: César Simón, Jenaro Talens y Pedro J. de la Peña. Bizarro intento de crear desde Valencia una colección de poesía en castellano que no dependiera de la fuerte imantación cultural de Madrid o Barcelona. El proyecto duró tres años en los que se tradujo al castellano a Ausiàs March, Friedrich Hölderlin, Andreas Grophius...; y en el que publicaron los tres poetas mencionados, y también Eduardo Hervás, cuyo primer y único libro, Intervalo, apareció el mismo día de su trágica muerte. Hervás constituye, en cierto modo, un melancólico símbolo de lo que fue el exaltado ambiente cultural de Valencia en los años 70.
En cuanto a César Simón se trata de un poeta excepcional en varios sentidos. Y aunque pertenece a la generación anterior, publicó su primer libro, Pedregal, en 1971 y pocos depués Erosión en la colección Hontanar.
En 1972, y con Fondos de la Delegación de Cultura de aquellos años, Eduardo J. Vercher dirige la colección de poesía Azul, que tuvo breve vida pero que dio tiempo de publicar Penumbra del cuerpo que ilumina de José Maria Ribelles, Quasida de José Piera y Escorzo del agua del mencionado Vercher.
En 1973, aparece la revista Múrice que fue quizá la expresión más genuina del ambiente poético-novísimo que se respiraba en la Valencia de aquellos años. Su cabeza visible, y buena parte de la invisible, fue Pedro Besó, quien por estas fechas publicó Cenáculo de sombras. En esta revista publicaron poetas como Carmen Soto, Blas Muñoz, Laia Bonet, Vicente Contreras, Alfonso Guirau...Vinculado a ella también estuvo el poeta prematuramentee desaparecido Germán Gaudisa.
En 1974 se publica Carn fresca, unas analectas de poetas valencianos preparada por Amadeu Fabregat. Una eficiente modalidad vernácula de los Nuevos Novísimos de Castellet. Incluía, entre otros, a poetas como Josep Piera, Rafael Ventura Melíà, Joan Navarrro, Salvador Jàfer... Resultaba deslumbrador -al menos entre nosotros- el hecho de utilizar una lengua de uso en esencial oral y poco normalizado, para componer poemas que remedaban delicados ritmos de Ezra Pound, las temeridades compositivas del surrealismo más críptico o la sofisticada retórica de las últimas corrientes franceses.
Recordemos que en esta década se crean los Premis Octubre auspiciados por la editoral Tres i Quatre, que tanta relevancia van a tener el ámbito cultural valenciano y no sólo en él. Premios que -para mal o para bien- este pasado año han dejado convocarse.
Si la figura tutelar del grupo de Carn fresca fue el escritor y activista Joan Fuster, quien con su obra Nosaltres els valencians se configura como una suerte de Discurso del método del nacionalismo valenciano a principios de la década que nos ocupa, el poeta y escritor Juan Gil-Albert pasó de un obstinado anonimato a convertirse en admirada figura pública; su obra comienza a ser editada y reconocida. Una parte significativa de los jóvenes poetas valencianos ven en él una sabio ejemplo moral, una suerte de un padre paradójico, que son los que a la larga más educan.
Recordemos también que por estos años se crea la editorial Pre-textos. Admirable y benemérito proyecto cultural que comenzó a publicar corrientes foráneas, sobre todo francesas, de pensamiento crítico y creativo, más atractivas del momento, y eso lo hizo de la mano de traductores tan solventes como Manuel Arranz.
En 1975 y por encargo de la editorial Prometeo, Ricardo Bellveser publica Un siglo de poesía en Valencia, primer intento de inventariar la poesia valenciana escrita en castellano, donde se incluyen entre otros, a Alfonso Cervera, Marcos Granell y el mencionado Eduardo Hervás. La cuestión de la convivencia de las dos lenguas le preocupa a Bellveser; prueba de ello es que buena parte de su introducción la dedica a este asunto; postula como armoniosa solución a esa duplicidad el concepto de «mediterraneidad», que, por cierto, con el tiempo adquirió creciente receptividad entre diversas iniciativas públicas en el terreno cultural.
En 1976 se crea la colección de poesía Lindes, cuyo consejo de redacción lo formaban Ricardo Arias, Pere Bessò y Ricardo Bellveser. Fue otro intento de crear en Valencia una colección literaria con el ambicioso deseo de editar textos en las dos lenguas del país, tanto de poesía como ensayos teóricos. Dio a conocer, entre otros poemarios, dos textos de Juan Gil-Albert, Estupor final de César Simón e Imágenes de Pere Bessò...
Asímismo en 1977 hace su aparición Texto-Poético, que fue una sucesión de 7 carpetas literalmente manufacturadas por Bartolomé Ferrando y David Pérez, en las que se mezclaba letrismo, poesía visual, objet trouvé, y otras modalidades de experimentación extrema.
Al final de la década de los 70, se advierte un discreto deseo de «vuelta al orden». La publicación universitaria Revista de Literatura que dirigen Jesús Costa y Alberto Gimeno refleja esa incipiente actitud que pronto se sustanciará con Círculo de nieve, antología que fue un buen compendio de lo que en esos años y los siguientes comenzará a priorizarse en las prácticas poéticas. Antología que estuvo a cargo de Jesús Costa y Santiago Muñoz. Su introducción es un modelo de documentación y claridad. Los poetas elegidos muestran una homogénea e irreprochable calidad: Miguel Mas, José Luis Falcó, Miguel Romaguera, Miguel Herráez y Juan José Romero Cortés.
En esa selección podían haber estado incluidos poetas como Juan Luis Ramos, Salvador F. Cava o Amós Belinchón; la presencia de estos dos últimos se hará patente un poco más tarde con la creación de revistas como Zarza Rosa, Septimoiau o Taberna de Cimbeles.
En 1985 aparece Última Poesía en Valencia, antologia que estuvo a cargo de José Luis Falcó y José V. Selma; recoge a 23 poetas que publican sobre todo a lo largo de los años 70, y que va desde el de mayor edad, José Maria Ribelles, al más joven, Uberto Stábile. Esta antología es un documentado trabajo expuesto con la pulcritud y solvencia académicas propiciadas por su doble condición de poetas e investigadores.
Para concluir digamos que como reflejo de los acontecimientos que se produjeron en España a lo largo de esa década, la generación de los 70 experimentó fuertes cambios y transformaciones de cariz ideológico-moral, que incluía a menudo militancias políticas, transgresoras prácticas amorosas o cambio de lengua de expresión -por imperativo personal o, en ocasiones, por meditada decisión ideológica-; todo lo cual influyó naturalmente en la creación de nuevos modelos poéticos.
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