Elogio del perseguidor

Ferrer Lerín y Falcó
El día de Reyes fallecía en València José Luis Falcó, uno de los poetas más importantes de la generación de los 70. Con ese motivo de fondo, Posdata en Abril pidió al escritor Francisco Ferrer Lerín un texto sobre su amigo y viejo compañero de letras. Falcó lo admiraba antes de conocerlo personalmente: lo había leído. Y emprendió una carrera de fan entregado al maestro. Un maestro con un gran «poder revulsivo» en lo que escribía y al mismo tiempo «desterrado», en palabras de Pere Gimferrer (entonces Pedro), de la fanfarria que luego daría pie a los novísimos. Finalmente se conocieron en Jaca, donde vive Lerín (así lo llamamos quienes andamos cerca y rendidos a lo que escribe, lo que vive y cómo escribe lo que escribe y lo que vive). Y de ahí surgió lo que es el motivo principal del texto de Falcó que hoy ofrece este suplemento literario: la amistad. Es un texto que debería haber leído el propio poeta hoy desaparecido en un acto de presentación en la Universitat de València en 2009. Pero nunca lo leyó. La timidez al hablar en público, pensar que lo suyo no era importante…
A la petición de Posdata en Abril respondió Ferrer Lerín que él no era crítico literario y ofreció, para gozo de estas páginas, el texto inédito. Se inventaba el poeta y estudioso valenciano personajes, se inventaba a sí mismo, sin ir más lejos. Aquí ese Omar perseguidor como un personaje de Cortázar. He sido testigo privilegiado durante cuarenta años de esas invenciones. La crónica de una amistad convertida en una magnífica, arriesgada y estructuralmente precisa fantasía literaria en la que están -me atrevería a decir- los puntos más exactos que vertebran a la perfección su vida personal y literaria.
Se juntan aquí dos escritores fundamentales para nuestra última (o penúltima o yo qué sé) literatura contemporánea. Me identifico totalmente con las palabras y la peripecia de José Luis Falcó en busca de su ídolo. Y de ese final que fue tan hermoso como ver convertida aquella búsqueda en una amistad no sólo luminosa para ambas partes sino también radicalmente insobornable. A mí me pasó -y disculpen el estúpido paralelismo- con Luis Eduardo Aute. Lo admiraba desde que escuché sus canciones por primera vez en las voces de otros (sobre todo, otras) artistas. No le perdía la pista en ningún momento. Y llegó el día -como Omar y Lerín en el texto de José Luis Falcó- en que nos encontramos, nos hicimos amigos y hasta acabamos cantando juntos Las cuatro y diez en la librería Sin Tarima de Madrid una tarde inolvidable de 2014.
Disfruten este texto inédito como una exclusiva literaria que es como abrir, a nuestras propias y más intransferibles fantasías literarias, el cofre pirata donde se agitaba, en su aparente tranquilidad, el mapa dibujado a mano alzada de La isla del tesoro.
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