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Viñetas Raras

Rotulador, tijeras, celo y la muerte

Montatore asimila y fagocita una multitud de referencias para recordarnos que solo el recuerdo y la creación pueden rescatarnos

Rotulador, tijeras,
celo y la muerte

Rotulador, tijeras, celo y la muerte

Álvaro Pons | Noelia Ibarra

La muerte siempre ha transitado por la obra de Lorenzo Montatore, ya sea como un personaje más como en La muerte y Román tesoro o como un concepto para explorar, tal y como la aborda en Queridos difuntos. En su nueva obra, No sé, pero… creo que moriré (Astiberri), ahonda en esa reflexión y construcción de un cosmos totalmente singular, desde su personal noción del cómic, siempre atento a la forma y el fondo desde el respeto reverencial a la obra de los grandes del cómic y del humor gráfico, que recorre de La Codorniz a la escuela de Bruguera de los años 50, buscando más que respuestas, preguntas, a esa relación íntima y obligada que el ser humano mantiene con la muerte.

La elección de un momento iniciático, ese en el que en la niñez pasamos la frontera del idealismo eterno a la conciencia de una finitud que imprime por primera vez el miedo secular a dejar de existir, representado mediante la voz de un niño, Lorenzo, que interroga a sus mayores sobre la mortalidad, articula una compleja estructura. Montatore despliega una composición fragmentada, en la que une secuencias, ilustraciones y viñetas en forma de secuencia, a través del juego con el lenguaje del cómic pero dejando patente la textura orgánica de la creación, desde los lápices sin borrar a la composición realizada con tijera y celo, en un desarrollo que evita lo digital conscientemente para que la forma tenga su propio discurso y protagonismo. Viñetas en apariencia inacabadas, con las que compone una metáfora realista de la vida, de esa existencia en la que cada uno elige el camino personal lleno de fragilidades, de imperfecciones cotidianas.

Sin embargo, Lorenzo no está solo, otro protagonista lo acompañará: su propio fantasma, ese que habrá pasado el Aqueronte y vuelve como una sábana flotante tejida con el hilo de nuestros recuerdos, de nuestra memoria. Dos personajes que se dirigen el uno al otro, dos caras de una moneda condenadas a nunca poder verse. Sofisticada estrategia de apariencia sencilla que usa el humor como disolvente de lo lúgubre para desmitificar la muerte y devolverla a su espacio más próximo y cotidiano, pero introduciendo de paso una multitud de referencias que Montatore asimila y fagocita para crear un discurso en el que es posible encontrar desde Azcona hasta Almodóvar, pero llevados al Carabanchel de Manolito Gafotas para recordarnos que solo el recuerdo y la creación pueden rescatarnos cuando la inocencia infantil ha desaparecido ante ese miedo primordial a la Parca.

Muertos y vivos compartirán espacio sabiendo que uno es el futuro del otro, recordando esa presencia de la muerte que lo urbano olvidó pero que lo rural mantiene viva como una lectura campechana de una mística reescrita con carajillo y tertulia vespertina en la puerta de la casa. Con una cuidada estética donde cada detalle de diseño está cuidado y perfectamente pensado, No sé, pero…Creo que moriré nos recuerda que nos iremos de este mundo, que es la única verdad absoluta que el ser humano conoce, porque la vida conduce indefectiblemente a la muerte, pero también nos recuerda que, después de expirar nuestro último aliento, seguiremos en este mundo presentes en los recuerdos de aquellos espacios que habitamos, en la memoria de aquellos que nos conocieron y amaron.

Paradójicamente, hablar de la muerte es celebrar la vida, y Montatore consigue una propuesta fluida y coherente en la que deja al lector la creación de esas conexiones entre tiempos y preguntas para encontrar sus propias respuestas, jugando con esa poesía de lo doméstico que aporta una frescura que deslumbra y, en el fondo, nos reconforta.

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