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Cosas que perdimos en el fuego

El hombre que dio la orden de disparar contra la biblioteca de Sarajevo era un profesor universitario, ensayista y erudito que cambió la literatura por el fanatismo

El niño Edo, en una fotografía icónica de la destrucción de la biblioteca de Sarajevo en 1992

El niño Edo, en una fotografía icónica de la destrucción de la biblioteca de Sarajevo en 1992 / Gervasio Sánchez

Susana Fortes

Susana Fortes

València

Era septiembre en Madrid. Había quedado con dos amigos en la cervecería alemana de la Plaza de Santa Ana, el periodista Alfonso Armada y el fotógrafo Gervasio Sánchez, que acababan de regresar de cubrir el conflicto de los Balcanes. Fue ese verano. El verano en que las milicias serbias incendiaron la Biblioteca de Sarajevo.

El edificio había sido construido en 1896 por el arquitecto austrohúngaro Alexander Wittek, inspirándose en la Alhambra de Granada. Está situado muy cerca del puente de Gavrilo Princip, donde fue asesinado el archiduque Francisco Fernando con aquel pistoletazo de salida que marcó a sangre y fuego el comienzo del siglo XX.

La conversación giraba en torno a eso. Los libros quemados. Más de dos millones y medio de ejemplares, entre los que había numerosos incunables. Las personas que trabajaban en la biblioteca lograron salvar algunas de las obras más antiguas, manuscritos, rarezas bibliográficas y piezas únicas, sacándolas en cajas de fruta y escondiéndolas en lugares secretos por toda la ciudad. El documental The love of books: the brave librarians of Sarajevo cuenta la hazaña de aquel maravilloso equipo de bibliotecarios.

Entre todas las cosas increíbles que contaban mis amigos hay una que no he olvidado en todos estos años y creo que no lo haré nunca. Un detalle menor, pero realmente extraño. O mágico, si lo prefieren. Cuando entraron en las ruinas con su cámara al hombro y sus botas de reporteros, descubrieron que las estanterías se habían quedado intactas, sobreimpresionadas, como congeladas. Y en ellas todavía podía distinguirse con toda nitidez la silueta en relieve de los libros que habían ardido con sus títulos perfectamente legibles en el lomo y los tejuelos de catalogación, igual que en un holograma. Cuando los tocaban con un dedo, de repente se deshacían en polvo. La explicación científica seguramente tiene que ver con el potencial calorífico de las bombas y la difracción de la luz. Aunque yo prefiero quedarme con la metáfora poética.

La fotografía que ven salió publicada en la prensa junto a otra imagen de la sala de lectura completamente derruida llena de cascotes y con un rayo de sol filtrándose en diagonal por un boquete de la cúpula acristalada iluminando el polvo con esa levedad etérea y estremecedora que tienen todos los lugares en los que habitan fantasmas. Desde entonces se ha reproducido miles de veces. Ha dado la vuelta al mundo y el paso del tiempo la ha convertido en un icono contra la barbarie.

El crío tenía nueve años en la foto y conocía la biblioteca como la palma de su mano. El chándal verde clarito, un brazo en cabestrillo, medio descalabrado, cara de ratón que te pilla el gato. Jugaba a descubrir tesoros entre las ruinas cuando una barandilla de arabesco del primer piso se vino abajo y cayó al vacío. Les dijo que se llamaba Edo y que era el guardián de las cenizas. Fue él quien les mostró el secreto de las estanterías mágicas.

El año pasado le pedí a Gerva que me dejara reproducir la foto en mi novela sobre Albert Camus y María Casares por razones personales que ahora no vienen a cuento, y Gerva, sin preguntar más, me la cedió. Así que Edo está ya a salvo de los francotiradores, refugiado en otras muchas bibliotecas caseras en estanterías con baldas de madera o en mesitas de luz que seguramente es lo más parecido a un hogar que nunca tuvo.

Hay un dato especialmente siniestro de aquel bombardeo que poca gente conoce. La noche del 24 al 25 de agosto de 1992 el hombre que dio la orden de disparar los proyectiles de fósforo que redujeron a escombros la biblioteca era un profesor universitario, ensayista y traductor, una de los más importantes estudiosos de la obra de Shakespeare, un erudito que había visitado la biblioteca en múltiples ocasiones con sus alumnos. Se llamaba Nikola Koljević. Un hombre que amaba las palabras y podía recitar en inglés el monólogo completo de Hamlet, el príncipe de la duda. Con el estallido de la guerra, su cabeza experimentó una llamarada resplandeciente, amarilla y anaranjada en los bordes, que es el color del fuego y de las certezas absolutas. Abandonó la literatura por una idealización política fanatizada de pureza étnica que resultaba incompatible con el lugar de convivencia que representaba una biblioteca como la de Sarajevo, con textos recopilados de distintas culturas: católica, ortodoxa, musulmana, gitana, judía… que iban desde la época otomana y la austro-húngara hasta la actualidad. Es lo que hace odio al otro en las neuronas de algunas personas. Las inflama. Y saca en primer plano al psicópata que llevan dentro.

Me acordé de Edo estos días cuando acaba de saberse que grandes fortunas italianas y de otros países pagaron sumas astronómicas durante la guerra por ir de safari a Sarajevo para practicar tiro al blanco sobre mujeres y niños que como él se movían por las ruinas de la ciudad. Se cobraban diferentes tarifas. Las embarazadas, por ejemplo, cotizaban doble. Ocurrió durante el cerco de la ciudad que duró 1.260 días y mató a más de diez mil personas, entre ellos centenares de niños.

El caso está siendo investigado por la Fiscalía de Milán. La denuncia fue presentada por el periodista y novelista Ezio Gavazzeni, quien describe una «cacería humana» llevada a cabo por «personas muy ricas», con una gran afición por las armas que, «pagaban para poder matar a civiles indefensos» desde posiciones serbias en las colinas que rodean Sarajevo. Una actividad deportiva de fin de semana, puro entretenimiento.

Nikola Koljević se suicidó en 1997. La biblioteca de Sarajevo fue completamente reconstruida con ayuda de la Unión Europea y el emirato de Qatar. Se reinauguró en 2014, veinte años después del incendio. Gran parte de sus fondos fueron recuperados. Una buena noticia.

Pero de vez en cuando, en determinados momentos de máxima confusión y locura colectiva -y éste que estamos viviendo sin duda lo es- no viene mal volver a ver viejas fotos. Nos parecía imposible superar la crueldad del oficial de la SS, Amon Göetz, uno de los personajes más siniestros de la Historia del cine, retratado por Spielberg en La lista de Schindler.

Tantas cosas nos parecían imposibles y, sin embargo, ya ven...

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