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Las desventuras del hombre tortuga

La esperada ‘La promesa dels divendres’ es, igual que ‘Noruega’, ese rarísimo prodigio de la literatura excelente

Rafa Lahuerta sobre el Pont de la Mar

Rafa Lahuerta sobre el Pont de la Mar

Alfons Cervera

Alfons Cervera

 «… Y empiezas a preguntarte que dónde andabas tú mientras los sitios que fueron los tuyos se iban convirtiendo en ruinas, como si la infancia y la adolescencia fueran tan sólo un espacio navegable que ha extraviado su cuaderno de bitácora, como si vivir en tu ciudad de siempre hubiera sido un sueño y al despertar te encontraras en la cara oculta de la luna que cantaban los Pink Floyd, o en ese planeta amenazado antes de que lo salvaran Starman y Ziggy Stardust a las órdenes del maestro David Bowie». Estas líneas las escribía yo cuando se publicó Noruega, la segunda novela de Rafa Lahuerta Yúfera, si no recuerdo mal hace cinco o seis años. Aparqué ese artículo porque en aquellos días no paraban de salir noticias, reseñas y no sé cuántas cosas más sobre ese libro sorprendente. Y ahí sigue, en la pantalla del ordenador, como la huella imborrable de un deslumbramiento que ya venía de su primera novela: La balada del Bar Torino. Nunca había visto a Rafa Lahuerta en persona personalmente, como diría el genial Catarella en las novelas de Andrea Camilleri. Luego lo conocí y estuvimos hablando -con Joan Carles Martí, entusiasta seguidor de la escritura del autor, como padrino del encuentro- de una València herida, de aquellos tiempos en que él era poco más que un adolescente curioseando por los cafés del Carme y yo empezaba a inventar poemas y novelas por una ciudad que hoy tampoco existe. Ahora tengo aquí dos versiones de La promesa dels divendres, su última novela: la que salió en 2024 escrita en valenciano y la que acaba de publicarse en la magnífica traducción al castellano a cargo de Toni Sabater y Vicent Baydal.

Era un libro esperado después del éxito de Noruega. Y desde ya mismo lo escribo: la exuberancia de aquella novela-río era ese «milagro» al que en sus propias palabras aspiraba el escritor. Pero La promesa dels divendres -en ambas ediciones- es igualmente ese rarísimo prodigio de la literatura excelente. El párrafo que encabeza este recorrido por las páginas de Posdata sirve perfectamente para ilustrar las desventuras de ese joven Werther que cae rendido a los pies del vómito adolescente de una chica a las puertas del Bar Mestalla, en esa València también rendida a las botas de un equipo de fútbol que no vive precisamente sus mejores tiempos. Y surge la locura de un amor que si no se emborracha de lo que sea a cada paso ni es amor ni es nada. Las calles de una ciudad recorrida por los versos de Andrés Estellés y los jóvenes flâneurs perdidos en los efluvios cerveceros de madrugadas infinitas. Y en medio de ese deambular sin brújulas en mano, se descubre el protagonista como lo que en realidad es: «Soc un home tortuga». Eso se dice a sí mismo, eso nos dice en un libro que, al menos a mí, me parece -en su aparente inocencia y humilde desprendimiento- el mejor de los suyos. La mirada ausente sobre un paisaje de ausencias. Lo que fue y ya no es. Los sitios y la gente que poco a poco han ido desapareciendo de nuestra memoria: «Desde muy pequeño tuve la sensación de vivir en un país financiado por el olvido». Desde el mismo instante en que cerré el libro supe que sería uno de los que nunca faltaría en mis relecturas favoritas, como esa My favorite things de John Coltrane que mi nunca olvidado Víctor Orenga sacaba en la maravilla que fue en los años setenta -y sigue siendo- Material de derribo. La conservo con la dedicatoria más hermosa que existe en el mundo mundial.

Pertenece Rafa Lahuerta Yúfera a familia de horneros. Como el poeta Andrés Estellés. Como yo mismo. La diferencia es que ellos son hijos de horneros. Yo fui desde los diez u once años hornero fetén: a currar toda la noche para que el pan de horno moruno no faltara en el mostrador desde primerísima hora de la mañana. Y otra referencia que me junta a esta novela y a su autor: la huelga general del 14 de diciembre de 1988. Lo cuenta en esta última novela. El hombre tortuga y su pandilla se lo pasaban como dios aquel día. Por la noche, al final de una de las manifestaciones más multitudinarias que ha recorrido las calles de València, leía yo el manifiesto que reunía en su articulado los motivos de la convocatoria. Espectacular la cantidad de gente que se veía desde lo alto de las escaleras de la Plaza de América. Y mientras tanto, el joven anclado en una desazón insufrible de palique con una chica que, la verdad sea dicha, no le hacía demasiado caso. Y poco a poco, como cantaban los del Dúo Dinámico, el final… Sí, uno de los finales más conmovedores que he leído en mi ya larga vida de lector sin concesiones.

Lejos ya las huellas de La balada del Bar Torino y de Noruega, toca anclarse en la lectura de La promesa dels divendres. O en la de La promesa de los viernes. Como dice Rafa Lahuerta en esta última: «las historias suelen repetirse, pero nunca son iguales». Pues eso mismo pueden aplicarse ustedes si deciden hacerme caso y encarar la lectura de esta buenísima novela en cualquiera de sus lenguas. O en las dos, que tampoco estaría mal, ¿no les parece? Ya me dicen, ¿vale? Ya me dicen.

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