Música
El frío y la guerra en 1812, por Tolstoi y Chaikovski
La ‘Obertura 1812’ del compositor ruso es un resumen musical del conflicto convertido en clásico de la literatura universal y es una de las mejores muestra de la música descriptiva y el género del poema sinfónico

Imagen de ‘La retirada de Napoleón de Rusia en 1812’, obra de Andy Scheffer que se expone en Yale. / L-EMV

El invierno fue la trampa letal para la campaña bélica de Napoleón frente a los rusos en 1812; un error repetido más de un siglo después por el ejército de la Alemania nazi. Pocos acontecimientos históricos evidencian la relación tan directa entre la fatalidad del invierno y la adversidad de las bajas temperaturas, un factor conocido, pero tal vez no previsto por el emperador francés, con la resolución de un conflicto. Así lo refleja León Tolstoi en el tercer tomo de su aclamada Guerra y paz, medio siglo después de la contienda: «Ahora vemos claro lo que originó el desastre del ejército francés en 1812. Nadie negará que la causa de la derrota de Napoleón fue, por una parte, la entrada demasiado tardía y sin preparación para la campaña de invierno, en el corazón de Rusia […]. No sólo nadie lo preveía, sino que todos los esfuerzo, por parte de los rusos, estuvieron constantemente encaminados a impedir aquello que únicamente podía salvar a Rusia [la llegada del invierno a las puertas de Moscú]».
Fuera la victoria eslava fruto de la casualidad meteorológica, fuera resultado del genio militar de los integrantes del Estado Mayor; el zar Alejandro I —y todo su imperio— impregnaron un halo de heroicidad a su victoria frente al general más audaz del momento. La epopeya eslava se convirtió en música casi 70 años después, en 1880 en pleno auge de los nacionalismos, cuando el compositor Piotr Ilich Chaikovski recibió el encargo de escribir la Obertura 1812 para inaugurar la catedral del Cristo Salvador de la capital rusa, edificada para conmemorar la victoria frente a Napoleón. Finalmente, se estrenó en el interior para disgusto de su creador.
Más allá de sus excelentes y conocidos ballets —El lago de los cisnes o El cascanueces son sus máximos exponentes—, de sus conciertos de piano —el primero es una muestra del más audaz virtuosismo— y de su excelente ópera Eugenio Oneguin —se puede disfrutar estos días en el Palau de les Arts de València—; Chaikovski merece una mención específica por su obra sinfónica, entre la que podría ubicarse este poema sinfónico que narra, con la música como lenguaje, la campaña; la contundencia del avance francés y el retroceso ruso inicial y la victoria rusa final. Los cañonazos —impactan y sorprenden en la primera escucha— en la parte final son el primer atisbo del desenlace de la historia de 1812.
La partitura de Chaikovski sirve también para abordar el género del poema sinfónico, tan conreado por los compositores románticos. El musicólogo José Luis García del Busto definía así esta forma musical, en Melómano allá por 2012. «La denominación poema sinfónico no indica una forma musical, sino más bien un género, una manera de enfocar la composición —, escribe—, basada en la supuesta capacidad de la música si no para describir, sí al menos para evocar y sugerir situaciones: escenas, paisajes, estados de ánimo, hilos narrativos, tensiones dramáticas…».
Una historia musicada
Bajo esta premisa, a lo largo de sus casi 500 compases, la música evoca y describe a la perfección los diferentes episodios de la contienda bélica. La espiritualidad rusa, tan presente también en la prosa de Tolstoi, abre la obertura con una versión orquestal del Dios proteja al pueblo, una popular melodía de la Rusia ortodoxa, etérea y reposada, un símbolo de la paz, que se ve interrumpida ‘inesperadamente’ por la amenaza de la invasión francesa. La espiritualidad se ve truncada por un diálogo entre los vientos —el penetrante oboe es el primero en sonar como señal de aviso de alerta— y las cuerdas, cada vez más fugaz y trepidante, símbolo de la tensión y el peligro para la continuidad del imperio ruso que debe hacerle frente. Cabe recordar que ambas potencias tuvieron un conflicto precedente en 1807, cuyo desenlace fue favorable a Napoleón con su afamada victoria en la batalla de Austerlitz
El tercer arco narrativo planteado por Chaikovski simboliza, con una marcha de militar dominada por la caja, el alzamiento en armas del pueblo ruso; el reclutamiento. Esta melodía, con cierto aire de hit de finales del siglo al ser muy pegadiza, da paso a una sucesión de melodías rusas —el nacionalismo del compositor es muy evidente y claro en esta pieza— que contribuyen a generar momentos de tensión y calma paralelos al desarrollo de la contienda.
El oyente más audaz podrá escuchar fragmentos de La marsellesa, el actual himno francés, el cual no deja de ganar presencia en la partitura conforme se suceden las victorias de Napoleón y los «ochocientos mil hombres del mejor ejército del mundo», como lo define Tolstoi en su novela. El ascenso solo precede a la debacle gala, anunciada por los cañones que Chaikosvki usa a la perfección en su partitura, junto al repique de campanas y los sones del Dios salve al zar con la que cierra su composición para legar a la historia la victoria del ejército ruso, conseguida el 14 de diciembre, en forma de música y brindarle al propio compositor una de sus partituras más emblemáticas.
Su Obertura 1812 es una de las composiciones de mayor loa al patriotismo ruso; tanto es así que, 61 años después, bajo asedio alemán, la Orquesta de Radio de Leningrado la interpretó como símbolo de resistencia. También lo es la crónica del estreno de la Séptima Sinfonía de Shostakóvich en Moscú, mientras el ejército ario bombardeaba la ciudad. Pero esa ya es otra historia, aunque el frío como desenlace de la guerra es su denominador común pese al casi siglo y medio de lapso entre guerras.
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