Ventana de oportunidades
En ‘La fiesta del fin del mundo’, Natalia Castro propone una nueva mirada en torno al actual «imaginario apocalíptico»
Antonio González Carrillo
Estamos asistiendo a un «imaginario apocalíptico» que lo contagia todo: desde el mundo del cine hasta la literatura, desde cómo los medios de comunicación nos muestran la realidad hasta los discursos públicos, la música y también en las artes escénicas y gráficas. Cuando hablamos del «fin del mundo», de qué «apocalipsis» estamos hablando es lo que se pregunta la profesora de Filología Hispánica Natalia Castro, ganadora del Premio Anagrama de Ensayo con La fiesta del fin del mundo. Apocalipsis cultural en el periodo entre crisis (España 2008-2023).
En sentido etimológico, apocalipsis es una revelación o manifestación de algo oculto. En sentido moderno más allá de su sentido bíblico, se usa para describir la victoria del bien sobre el mal como destino final del mundo.
Este extraordinario ensayo se sitúa entre la rabia y el espanto, entre la euforia y la provocación lúcida, posicionándose a favor de una nueva Ilustración radical contra la reaccionaria Ilustración oscura, donde aún hay un lugar para las esperanzas y utopías contra toda distopía.
Para Castro, docente en Princeton, que fue becaria de la Fundación Gala de Córdoba, la idea de «fin del mundo» o «imaginario apocalíptico» está muy presente en nuestra cultura contemporánea y se ha acentuado en la España que va de la crisis económica de 2008 a la pandemia de covid de 2020. Pero en su opinión ya había un claro precedente en los siglos anteriores: el marxismo/materialismo histórico concebido como teoría revolucionaria contra el fin del mundo capitalista. Los antropólogos, por su parte, como se indica en el ensayo, entendieron que el apocalipsis era más que un subgénero, por lo que hay que entender un narrativo final apocalíptico más allá de todo fatalismo, más como una necesaria herramienta crítica para pensar el presente.
Castro se atiene a ejemplos actuales de «momentos apocalípticos» como son la guerra contra las mujeres (con especial referencia al feminismo radical de Rita L. Segato), el ascenso del neofascismo en el mundo, la desaparición de las culturas originarias de los pueblos colonizados, el nuevo imperialismo, la voracidad destructiva del urbanismo capitalista (Rafael Chirbes), la epidemia del juego, las crisis ecológicas del clima, las guerras como estado permanente, las democracias puestas en cuestión, las vidas desperdiciadas, las no-ciudades (no-lugar) como espacios de anonimato (vacío urbano), el feroz neoliberalismo, las periferias urbanas y el descampado, el precariado laboral, el espacio público confiscado... Todas ellas serían representaciones que en el imaginario colectivo expresan desconcierto y miedo, pero también «ventanas de oportunidades», alternativas de cambios políticos y sociales, de combate contra el pesimismo nihilista.
La disponibilidad apocalíptica debe estar poseída, en este caso, por un acento reintegrador y claramente transformador, dado que el llamado apocalipsis no es para la autora un fin absoluto en sí mismo; por el contrario, hay que concebirlo como un fructífero «presente cultural», lleno de significados y energías, con un gran potencial de novedosos cambios, como un gran proyecto de mundos futuros frente al espectáculo del «apocalipsis como estetificación» que pretenden sin conseguirlo las agoreras distopías. Se trata de manera estratégica, a juicio de la autora, de volver a la posibilidad de soñar con grandes transformaciones del mundo real.
Castro, en su particular «guerrilla de la comunicación contracultural», se muestra partidaria de la «invención de lo cotidiano» (Michel de Certeau), del «derecho a la ciudad» (Henri Lefevbre), de las ecotopías del socialismo verde, por una decidida defensa de las políticas de los cuidados, apelando a la revuelta o revolución por un mundo mejor, frente a todo nihilismo pesimista.
Contra las inaceptables tesis de los «colapsistas» y a la contra del individualista sálvese quién pueda, reivindicando el carácter político de la imaginación, proponiendo un enfoque novedoso como es el «uso del apocalipsis» como poética política. En definitiva, defiende un pensamiento libre no confinado. El apocalipsis no debe ser percibido como una suspensión del tiempo, sino como nueva cultura del espacio común. Los milmillonarios no nos salvarán del apocalipsis. Es la suya una audaz lectura posmoderna del apocalipsis, de la fiesta frente a apocalipsis, defensora de organizar la rabia para defender la alegría.
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