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Las calles de la huida

‘Las buenas intenciones’ es, como las anteriores de Víctor del Árbol una novela en la que entras y de la que sales con cara de satisfacción

Víctor del Árbol

Víctor del Árbol / EFE

Alfons Cervera

Alfons Cervera

València

Leo las novelas de Víctor del Árbol desde que cayeron en mis manos sus primeros renglones. Nada tenían de lo que en situaciones normales podemos entender como una escritura primeriza. Para nada era eso El peso de los muertos, publicada en 2006. Y cuando, cuatro o cinco años después, leí La tristeza del samurai ya no tuve ninguna duda: quien escribía esa enrevesada historia -mezcla de infinitos géneros literarios- era -y disculpen ustedes la filiación un tanto pedestre- un escritor de pura cepa. Fue con esa novela cuando lo conocí personalmente. En Montpellier. Una de esas giras francesas literarias a las que los dos estamos acostumbrados. Él más que yo. Por algo -debido a sus éxitos en el país de Annie Ernaux y Jean-Claude Izzo- tiene colgado en la pared el título de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. No es que yo sea un acérrimo defensor de ese tipo de laureles, pero en esta ocasión no puedo estar más de acuerdo con ese reconocimiento.

Recuerdo que en aquella ocasión -una especie de templo histórico reconvertido en centro cultural- nos acompañaba un escritor que luego se convertiría en otro amigo de los que se llaman -nunca he sabido por qué- del alma: Gildas Girodeau. Desde aquel día, la amistad jamás fue un juguete de usar y tirar, como piensa y ejecuta más de un impresentable que conozco y no precisamente del gremio de la literatura. Llegados aquí, una necesaria aclaración para las miradas escépticas que me estén leyendo: lo que pienso y escribo de los libros de Víctor del Árbol nada tiene que ver con esa amistad que -en todos los casos de mi vida- siempre será insobornable.

Sirva todo este rollo introductorio para afirmar que Las buenas intenciones es, como las anteriores, una novela en la que entras y de la que sales con esa cara de satisfacción que Roland Barthes y Carmen Martín Gaite exigían a quien escribía y a quien leía. Si no somos capaces de disfrutar escribiendo, será difícil que quienes nos leen salgan con una sonrisa profidén en la cara. Aunque la historia que se cuenta sea un auténtico calvario para sus protagonistas, aunque se te encoja el ánimo lector a cada paso de la narración, aunque a ratos te entren ganas de taparte la nariz porque resulta difícil soportar las toneladas de mierda que se acumulan casi en cada una de las páginas, aunque todo eso haga difícil acabar felizmente una lectura, las novelas de este autor nunca te dejan en el limbo de la tranquilidad. Inquietantes sería la palabra que mejor les va a sus historias. Las buenas intenciones es la última de una trilogía que completan Nadie en esta tierra y El tiempo de las fieras. Regresan personajes de esas dos novelas en una aventura que toca todos los palos literarios: la venganza, el sentido de la culpa que atormenta a quienes lo sufren con una intensidad que ríete tú del Raskólnikov de Dostoievski, el amor que mueve tantas situaciones y a tantos personajes en ese «territorio oscuro» donde apenas entra una pizca de luz y siempre mortecina, como en las inmensas películas en blanco y negro basadas en las magníficas novelas de John Le Carré y Graham Greene. Y sobre todo, las traiciones. Todo dios dispuesto a traicionar más que en un bolero de Toña la Negra y Paquita la del Barrio juntas en una inacabable noche de farra mexicana.

Otro de los logros de Las buenas intenciones es su banda sonora. Confieso que mi lectura subió la tira de kilovatios cuando apareció Bob Dylan cantando Boots of SpanishLeather, seguramente, con If You See Her, Say Hello, una de las canciones suyas que más amo. Hay muchos más cortes musicales en este relato que, como todos los suyos hasta ahora, son estructuralmente complejos. No me explico cómo al final todo cuadra, de qué manera se logra que ningún cabo quede suelto, como le pasaba a Raymond Chandler en El sueño eterno: le sobraba uno en la ensalada de muertos y cuando Faulkner (que ejercía de guionista) y el director Howard Hawks le preguntaron que dónde se había metido el muerto que no encontraban, los mandó a la mierda.

Lo más importante en las novelas de Víctor del Árbol, sin embargo, no es la perfecta trama de sus historias. Lo que más importa es esa tormentosa moral que aprisiona muchas veces a sus personajes. Qué se cuece en la profundidad de su conciencia. Hacia dónde tirar cuando la calle de la huida se cierra sin contemplaciones impidiéndote la salida a ninguna parte. Cómo descubrir, en el rincón más apartado de la historia, un gesto que te cambia la perspectiva desde la que venías leyendo las primeras líneas de una escritura que se revela, como en un giro inesperado y sin añadiduras falsas, sorprendente. Lo que no sorprende en ningún momento es el palo que le arrea a la Iglesia destapando sus negocios fraudulentos, su siniestra catadura de vendedores de humo disfrazados de tahúres con alzacuellos y gaseosas envolturas cardenalicias a tutiplén. Y por si me faltaba algo para la rendición absoluta, ya casi al final del relato: ese tono cercano a la melancolía que me llevó directamente a las novelas y personajes de Jean-Claude Izzo dando tumbos por la ciudad de Marsella: «Su mejor amigo, Julián, estaba muerto. Su mejor amiga, Virginia, estaba a punto de traicionarle y ya no podía confiar en ella. Su mujer lo había cambiado por Jehová y de su hijo apenas sabía nada. Ahora, Vesna y Clara eran su familia, su responsabilidad. Su tabla de salvación».

Acabo. Si no han leído antes a Víctor del Árbol, pueden hacerlo ahora. Se van a encontrar la crónica casi en negro de una sociedad en bancarrota. Ese mundo que huele a podrido casi siempre y en casi todas partes. «Por qué te sorprendes? Es el mismo mundo en el que siempre hemos vivido», pregunta y afirma Virginia. Y el expolicía Soria: «Una mierda de mundo». Y la chica: «Depende de lo que estés dispuesto a esperar de él». Y el otro, categórico: «Yo no espero nada». Yo sí que espero algo: que ojalá lean ustedes Las buenas intenciones. Y si les gusta, pues echen la vista atrás y sigan leyendo las novelas anteriores de un escritor que, y no lo digo porque sea un amigo del alma, es, como suele decirse en plan conversación cotidiana, un escritor de pura cepa.

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