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Intermitencias

Prueba de que Constant es un artista es el tono distinto que adopta cada narración, pese a que todas están hermanadas por un indiscutible aire de familia. El cuaderno rojo es un delicioso conjunto de apuntes sobre la juventud, escrita en una frívola y despreocupada intimidad que hubiese firmado Stendhal

Benjamin Constant

Benjamin Constant

Gonzalo Torné

València

La reunión de las cuatro nouvelles de Benjamin Constant (Lausana, 1767-París, 1830) en Los amores inconstantes supone uno de los acontecimientos literarios del año. Un festín literario de los que conviene no pasar por alto. Pero antes una prevención: las nouvelles de Constant suelen leerse en el marco equívoco de la escritura autobiográfica. La decisión no es un disparate: una de las piezas se presenta como un cuaderno biográfico, otra remite a la escritura biográfica y una tercera se superpone a dos amoríos contrastados del autor. Pero se trata de un marco empobrecedor: la procedencia del material es secundaria, lo decisivo es la alquimia del novelista, los procesos psicológicos, artísticos y lingüísticos que transforman esa base biográfica en Adolphe o en Cécile. Un proceso alquímico que nunca deja rastros y que nos deja de nuevo a solas con los textos.

La caza del trasunto biográfico de un texto es empobrecedor en la medida que lo sería un turista que viaja por el mundo despreocupado de otra cosa que no sea el estudio comparado del alumbrado, desatendiendo el paisaje, el urbanismo, el carácter, y las costumbres. Después de tantos años el empecinamiento en buscar las claves de una novela en su sustrato biográfico supone un esfuerzo perseverante por negar la mayor evidencia que nos arroja la escritura de ficción: que partiendo de las mismas experiencias, 10 novelistas escribirían diez novelas distintas y que, tratándose de novelistas, las mismas experiencias se vivirían como 10 experiencias distintas.

Quizás sea más interesante enmarcar Los amores inconstantes dentro de un tema muy querido por la literatura francesa desde Blaise Pascal: las intermitencias del corazón. Toda la narrativa que surge de la sospecha de que «el corazón tiene motivos que la razón no comprende» y del que sacarían oro Honoré de Balzac y Marcel Proust. Constant nos ofrece un estudio continuado e implacable de las discrepancias entre «lo que nos conviene» y los motivos secretos del corazón que a menudo operan contra nuestros intereses, nuestra dignidad y nuestra alegría.

Constant prescinde de los grandes frescos sociales y las telarañas de relaciones que surgen del infatigable cuerno de la abundancia de Balzac, y también esquiva los amplios marcos temporales (donde los pensamientos sobre un asunto parecen perseguirse, mutar y matizarse a lo largo de décadas) de Proust. Nos ofrece a cambio una concentración de recursos en una pareja (o dos) y en un lapso de tiempo despojado de densidad: una escritura aforística, donde cada página contiene un pensamiento literario valioso, donde brillan las escasas observaciones sobre la naturaleza como metales raros, y las contadas metáforas están situadas para soltar su carga de iluminación en el momento preciso. Obras de cámara.

Prueba de que Constant es un artista es el tono distinto que adopta cada narración, pese a que todas están hermanadas por un indiscutible aire de familia. El cuaderno rojo es un delicioso conjunto de apuntes sobre la juventud, escrita en una frívola y despreocupada intimidad que hubiese firmado Stendhal. Amélie y Germaine propone una descripción en contrapunto de dos mujeres por la misma conciencia amargada y misógina, precisa por cruda. Amélie nos ofrece un travelling por las vicisitudes amorosas de un narrador que percibe con tanta transparencia el amor que le conviene como parece resuelto a tomar otros caminos.

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