Federica Montseny ¿Quién teme a la Nueva Mujer?
Federica Montseny fue novelista antes que ministra en la II República. ‘La victoria’ es su primera novela y en ella, ahora rescatada, vibran ideas feministas que siguen resultando subversivas e incómodas hoy.

Federica Montseny durante un mitin en la II República / L-EMV
Purificació Mascarell
Antes de que la ministra Federica Montseny se trasladase a vivir a la calle Colón de València durante la Guerra Civil, antes de que proyectase lugares de acogida para la infancia, comedores para embarazadas, liberatorios de prostitutas, listados de profesiones para personas con discapacidad o el primer proyecto de ley del aborto en España, antes de su exilio en Francia y de su regreso a la España democrática para seguir defendiendo, hasta el final de sus días, las ideas anarquistas de su CNT, Federica fue novelista. Sí, llegó a escribir casi cincuenta novelas a lo largo de su vida. Y lo más sorprendente es que su carrera como narradora comenzó cuando solo tenía quince años, en 1921: sus padres, los anarquistas y editores Soledad Gustavo y Federico Urales ofrecieron las páginas de La Revista Blanca a una jovencísima Federica. Y ella se lanzó a crear y, sobre todo, a hacer pensar.
Cuatro años después publicaba su primera novela larga, La victoria, rescatada ahora por la editorial La Oveja Roja. En sus páginas se escuchan los ecos de una joven libertaria y feminista. Vibran ideas que, un siglo después de su aparición en una sociedad atrasada en derechos femeninos, siguen resultando subversivas, valientes e incómodas para muchos hombres. Quizá esto sea lo que más impacta: su condición visionaria de los conflictos del feminismo contemporáneo; la lucidez a la hora de representar el miedo patriarcal a la mujer libre. Ayer y hoy.
Subtitulada como ‘Novela sobre los problemas de orden social y moral que se le plantean a una mujer de ideas modernas’, La victoria es un prototipo perfecto de novela de tesis, tan vinculada a los movimientos de lucha obrera anteriores a la guerra civil. La ficción sirve como pretexto, como marco idóneo para desarrollar los principios ideológicos de la autora y fundamentarlos en un caso concreto: el de Clara, encarnación magnífica de la New Woman europea de entreguerras.
Clara es una joven culta, trabajadora, comprometida con las causas emancipatorias, defensora acérrima de la libertad. Posee una belleza que no proviene de la imagen femenina tradicional, sino de su fuerza interior, de su moral, de su oratoria y de su magnetismo intelectual. Se gana la vida como docente en una academia propia y también imparte clases gratuitas en un ateneo obrero por las noches. Y aunque goza de una plenitud física y mental envidiables, no puede evitar sentir una punzada de dolor al ver a las parejas de enamorados. ¿Algún día podrá ella vivir el verdadero amor? Los lectores la acompañamos en su búsqueda de un hombre que sea un igual, un compañero con quien compartir ideales, experiencias y estima, y somos testigos del paulatino desencanto de la joven: ni el más moderno, progresista y tolerante de los hombres será capaz de aceptarla sin reservas.
El decadente y escéptico periodista Lucerna le espetará: «Es usted demasiado fuerte; demasiado poco mujer». El anarquista Roberto, pese a pregonar en sus discursos la emancipación femenina, concluirá para sus adentros: «Es demasiado poco mujer. Esta mujer no es mujer que convenga a ningún hombre». A todos asusta Clara con su transparencia, su carencia absoluta de doblez y servilismo, tanta fe en sí misma y esa inagotable capacidad de superación.
Como buena novela de tesis, los personajes responden en gran medida a arquetipos y, por ello, sus diálogos pueden recordar a ejercicios de retórica con opiniones contrapuestas, pero La victoria rezuma actualidad y sus temas siguen apelándonos: la sororidad, la educación de los más pobres, la tentación del nihilismo, el individualismo con sello libertario o la dificultad de encontrar hombres que acepten a las «nuevas mujeres» —véase el movimiento de los Cuatro Noes de Corea del Sur o la epidemia de hombres solitarios que crece en nuestro país—.
«Han de pasar muchos años, muchos, antes de que todas las mujeres sean como yo y los hombres se acostumbren a ellas», admite con resignación la protagonista diseñada por Montseny a su imagen y semejanza. Años después, Federica encontrará a Germinal Esgleas y disfrutará de una relación amorosa bajo los principios anarquistas del respeto y el apoyo mutuo. Sus tres hijos se llamarán Vida, Germinal y Blanca. Las jóvenes de hoy se parecen cada vez más a Clara. Ojalá nuevos hombres comiencen a germinar para ellas.
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