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Manuel Benedito en el Museo de la Ciudad

Pasados los 150 años del nacimiento del pintor y en el centenario de la antológica que le dedicó el Museo de Bellas Artes, Benedito vuelve a ser protagonista en València. Discípulo de Sorolla, sus retratos influyeron posiblemente en el maestro más que seguirlo

Exposición sobre Benedito en el Museo de la Ciudad

Exposición sobre Benedito en el Museo de la Ciudad

Javier Pérez Rojas

En 2025 se cumplieron ciento cincuenta años del nacimiento del pintor Manuel Benedito Vives (1875-1963), y cien años ahora de la importante exposición antológica que en 1926 se le dedicó en el Museo de Bellas Artes, en aquella época alojado en el convento del Carmen. Hoy el pintor regresa de nuevo a su ciudad natal con una interesante muestra conmemorativa, no en el Centro del Carmen, como hubiese sido lógico, sino en las suntuosas estancias del Museo de la Ciudad. La exposición ha sido comisariada por Pascual Masiá, estudioso y máximo conocedor de la obra de Benedito, que ha realizado una buena selección de obras, procedentes en su mayoría de la Fundación Benedito, cuya colección, por cierto, debería ser objeto de mayor atención por parte de las autoridades culturales valencianas.

En 1925 Benedito ya había realizado el conjunto de sus piezas maestras. Era entonces un maestro consagrado que había triunfado en el medio oficial y labrado un sólido prestigio como retratista de la alta sociedad de su tiempo.

Aunque Benedito es uno de los mejores retratistas de su época, su arte no se constriñe a este único género, pues en su dilatada y brillante trayectoria se intercalan las escenas costumbristas y regionalistas, la pintura social, el retrato, el desnudo, la naturaleza muerta, el paisaje, la pintura decorativa y la ilustración gráfica. Su arte, al igual que el de la mayoría de los creadores valencianos de su generación, había encontrado su camino y definió un estilo propio al que difícilmente podían ya renunciar para integrarse en las nuevas directrices del arte de vanguardia. El pintor valenciano pertenecía a la misma generación que Zuloaga y Anglada Camarasa, que es también la de Antonio Fillol, Julio Vila Prades o José Mongrell, entre otros.

Aunque Benedito fue uno de los discípulos más apreciados por Sorolla, pronto se desvinculó del maestro, siguiendo sus propios dictados y derivando hacia un arte de espíritu más académico, aunque abierto a incorporar los aspectos más asimilables y aceptables de la modernidad: aquellos que no afectan a la estructura de la obra ni suponen un cuestionamiento del oficio, y de aquello que considera valores permanentes de la pintura. Benedito es un excelente pintor y un extraordinario dibujante, un artista de factura impecable, de una pulcritud y corrección que, con el tiempo, puede correr el peligro de derivar hacia un cierto estancamiento academicista. Cuando un artista alcanza tal nivel técnico no es fácil desembarazarse de estas sutilezas de oficio para buscar otras vías de expresión que, siendo más decididamente modernas, pueden suponer una renuncia o incluso una traición a sí mismo. Quizás hoy no interese todo el conjunto de la obra de Benedito posterior a los años treinta, pero su arte y su maestría nunca decaen.

Tan solo la magnífica serie de pinturas que Benedito realizó durante su estancia como pensionado en Roma, entre 1900 y 1904, sería suficiente para otorgarle un puesto de honor en el panorama artístico de su tiempo. La orientación simbolista no tuvo un peso muy fuerte en el pintor valenciano, pero sí afectó a algunas de las obras de estos años y alcanzó una de sus expresiones culminantes con el gran lienzo Canto V del Infierno de Dante, con el que obtuvo una primera medalla en la importante Exposición Nacional de 1904, certamen en el que también destacaron sus compañeros de Roma Eduardo Chicharro y Fernando Álvarez de Sotomayor. En Roma, Benedito se dejó influir por un simbolismo Liberty entonces en boga, que comenzaba a ser asimilado por las instituciones oficiales y académicas. Su estancia en la ciudad le permitió asimismo viajar a otros países como Francia, Bélgica y Holanda, y conocer de primera mano el arte desarrollado en ellos. En París pudo conocer de primera mano la obra de los impresionistas franceses.

La altura de Benedito como retratista se aprecia ya desde sus años iniciales, como indican su Autorretrato y el Retrato de la madre del artista, pero se consolida e impone en el medio artístico y social a partir, aproximadamente, de 1908.

Los retratos de Benedito están a la altura de lo mejor de Sorolla, y no sabría decir hasta qué punto influyó en este género sobre el propio maestro más que seguirlo. La exposición del Museo de la Ciudad ofrece, entre otros, un conjunto soberbio de estos selectos y elegantes retratos en los que se aprecia su conexión con la gran retratística europea y su admiración por figuras del pasado como Velázquez, Van Dyck, Reynolds o Gainsborough.

La gran maestría y nivel de Benedito se aprecian no solo en los excelentes retratos de Cleo de Mérode, Genoveva Vix o la Señora de Moncada, sino que brillan de manera especial también en los de modelos más populares, como Agustina (La Gavilana, que ahora no se expone) o los tipos populares castellanos. Las imágenes femeninas de Benedito están todas dotadas de una fuerza y una energía que se imponen de manera rotunda. El pintor dota a sus retratos femeninos de un poderío que se ve bien reflejado en el magistral retrato de Concha Piquer. Pero, aparte de esta magnífica colección de retratos femeninos y masculinos —como el de Pérez de Ayala—, es un lujo poder contemplar en la exposición obras como La vuelta de la montería, el estudio de esa extraordinaria pieza maestra que es Sábado en Volendam (cuyo original se conserva en el Museo de Santiago de Chile y ya se vio hace años en Valencia) y Los viejos holandeses, obra que obtuvo la Medalla de Oro en la Exposición Universal de Bruselas de 1910.

Benedito íntimo, por Luis Massoni

Finalizadas las cinco horas de dibujo durante las que mi tío me corregía diariamente, pidió que le acercase un cuadro. Bajo la claridad del ventanal, el óleo El forn de Benicalap ruborizaba sus colores a la vez que, de entre el silencio, brotaba su pregunta: Qué te parece. Le respondí con la sobresaltada cortedad de mis trece años. El tintineo de un antiguo reloj enaltecía la majestad del estudio, contrastando con la humildad de sus palabras: tu tío no debió abandonar ese camino…

Verano de 1958. En su mansión madrileña a Manuel Benedito le invade la nostalgia. El forn de Benicalap (que al poco donó a Valencia) luce el risueño costumbrismo de sus veintidós años (1897), tan cercano, por vernácula vivacidad, al inspirado verismo de Sorolla en El día felíz (1892). Con cuán contenida emoción nombraba a su mentor, qué escasa era su vanidad y qué sincera su admirativa gratitud. Sin embargo, y pese al mérito de sus mejores retratos, parecía lamentar su alejamiento de aquella sencillez de los inicios, del chispeante candor de lo muy libre y espontáneo.

Como pintor, Benedito se mantuvo fiel al buen oficio, al legado del Siglo de Oro y a la sacrosanta realidad, cuya copia, finalizado el XIX, ya era motivo de agrias disputas. Desde entonces, la imitación ha ido cayendo en tal descrédito y hoy en tanto olvido que ejemplos de excelencia como la de este pintor quizá nos vayan aproximando al natural, a mirar directamente, a imitar de nuevo la realidad en torno. ¿Existe mejor modo de restituir a su nativo cauce el omitido ser de la pintura?

Luis Massoni es pintor y sobrino de Manuel Benedito.

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