Un pequeño punto negro
BOUM parte en ‘La medusa’ de la autoficción a partir de la experiencia de la pérdida en la visión en un ojo para explorar el espacio alrededor de la enfermedad

La medusa / L-EMV
Álvaro Pons y Noelia Ibarra
La medicina gráfica ha demostrado con solvencia su capacidad para la representación de la enfermedad, a través del desarrollo de un discurso íntimo que persigue la humanización de la patología para conseguir un diálogo que con frecuencia no se produce en la práctica diaria de unos sanitarios desbordados, obligados a ampararse en la objetividad y tecnicismos del diagnóstico. Sin embargo, la traslación a viñetas del padecimiento de la enfermedad genera todo un universo de síntomas y consecuencias que no necesariamente responden a cuestiones físicas, sino que pueden ser psicológicas y sociales.
En La medusa (Ediciones La Cúpula, traducción de Sara Díez) la artista canadiense BOUM (pseudónimo de Samantha Leriche-Gionet) parte de la autoficción a partir de la dura experiencia de la pérdida en la visión en un ojo para explorar todo ese espacio periférico desarrollado alrededor de la enfermedad como parte fundamental de la realidad del paciente. A partir de las fases del duelo, la dibujante transforma el dictamen de la patología en el inicio de un proceso en el que la soledad se convertirá en amplificadora de un destino que se presenta como irreversible. Con la metáfora de esas pequeñas medusas que se multiplican de forma progresiva, la joven Odette conectará directamente sus emociones ante el avance degenerativo con el lector, que ve cómo esos pequeños puntos negros que se mueven salen del espacio de la viñeta para invadirlo todo, trasladándole esa impotencia ante la pérdida de algo que consideramos parte nuestra, intrínseco a nuestra realidad cotidiana, como es la capacidad de ver todo lo que nos rodea.
Pero BOUM da un paso más allá en su planteamiento narrativo y, en paralelo a esta historia, irá desarrollando un relato de búsqueda de la identidad personal a través del amor. En un escenario en el que de forma completamente natural todos los personajes son personas racializadas o de colectivos LTGBQ+, la relación entre la joven Odette y Naina va creciendo en un entorno de desmoronamiento personal, en el que la pérdida de elementos que parecen necesarios en nuestro día a día deben ser sustituidos por otras opciones que permitan ir más allá de un destino que parece marcado. Muestra de forma abierta las dudas y los miedos, esos momentos de pérdida de esperanza que parecen borrar un futuro que se ve escrito sin nuestra intervención, empatizando con naturalidad con un lector que acepta la mano tendida que le da la artista para acompañarla en su camino.
Ante la fragilidad descarnada que la protagonista descubre en esa lucha contra un porvenir imposible de medir, la construcción de una red de apoyos entre la pareja y las amistades aparece como un cimiento fundamental para la supervivencia emocional, como un anclaje necesario para poder transformar el sentido de ese destino que parece definitivamente escrito, pero que puede no ser irrevocable ayudando a modificar nuestra actitud para realizar los cambios en nuestra vida necesarios para convivir con la enfermedad, sin que eso implique necesariamente un final. Poder nadar junto a esas medusas que ya lo han invadido todo para pasar a formar parte obligada de una vida que no tiene porqué ser peor, solo diferente a lo que habíamos imaginado, pero sostenida en aquellas personas que te quieren y aprecian.
Desde la honestidad y la sinceridad, BOUM compone una obra llena de esperanza, que no elude la dificultad en comunicar el dolor y el padecimiento personal, pero que logra conectar con el lector desde dentro, desde la oscuridad de una enfermedad que modifica vidas, pero no las apaga.
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