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El espejo de Velázquez y la cabra

No hay mejor manera de estar en el mundo que estar sin trampa de ninguna clase, postureo o impostura con uno mismo. Constantino Molina lo demuestra en ‘Niño parabólico’, libro llamado a ocupar un lugar en cualquier biblioteca

La portada del libro de 'Niño parabólico' de Constantino Molina

La portada del libro de 'Niño parabólico' de Constantino Molina / Levante-EMV

Alfons Cervera

Alfons Cervera

València

«Hacia mil novecientos noventa y seis, por poner una fecha concreta como ejemplo, mi madre untaba la punta del cable de la antena de la televisión en aceite, que era un aceite denso, de garrafa y de almazara, y me lo introducía unos tres o cuatro centímetros en el recto. Luego yo subía a la terraza de casa, me sentaba en una silla y la familia, en la planta de abajo, podía disfrutar de Canal plus». Leo este párrafo y me voy a cinco siglos atrás, al comienzo del Lazarillo, la mejor novela del mundo mundial de todos los tiempos. Bueno, ya sé que están Hamlet y el Quijote, y que entonces no existían la televisión y aún menos aquella tontería megalómana y prisística de Canal Plus. Pero, incluso con esos ilustres competidores literarios, no resulta fácil superar las escasas cien páginas donde se cuentan las desventuras del crío pobre y gafe que no acertaba una en sus ansias por salir del mundo de mierda en que le tocaba vivir. Depobre y flâneur lazarillo de sí mismo o de su personaje en Niño parabólico hace Constantino Molina por las calles de Madrid. Apúntenlo ya mismo: uno de los libros que deberían ocupar un lugar especial -el de los libros invencibles- en cualquier biblioteca pública, privada o enfermizamente personal que no quiera ser una birria de campeonato.

Conozco y sigo a este escritor de Pozo-Lorente (Albacete) desde hace muchos años. Sé de qué terraza habla, del bar de su pueblo, de cómo miraba al mundo entre la timidez y el andar sobrao de quien ya sabía entonces que escribir era algo serio, que a escribir bien sólo se aprende leyendo a quienes han tenido antes la grandeza de convertir en algo grande lo que se les pasaba por la cabeza. Nombres que no faltan en este libro antológico de nombres, títulos y emociones a destajo. Desde Claudio Rodríguez y Rimbaud a Vicente Aleixandre, Montaigne, Velázquez, Goya y un Cortázar que acompaña al autor como hermano invisible por el callejero madrileño al que ha regresado después de aquellos años que contaba -igual de magistralmente- en El canto de la perdiz roja en interior (2021). Entonces había trabajado -o buscado trabajo- también en Madrid. Pero escribía: «Yo no sé andar por Madrid, por sus calles llenas de tránsito, por Fuencarral y Gran Vía, por Goya o Argumosa. Mi sensación es la de ir siempre esquivando obstáculos, no sé adaptar mi ritmo al del resto de transeúntes». Y se volvió al pueblo.

Pero ningún regreso es definitivo y, alguno, imposible. Y Constantino Molina vuelve a Madrid. Y trabaja en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Y escribe Niño parabólico como si estuviera cachondeándose del mundo y al mismo tiempo -seguro que sobre todo- de sí mismo porque no hay mejor manera de estar en el mundo que saber cómo estar sin trampa de ninguna clase, postureo o impostura con uno mismo. Qué es sino eso esta solemne afirmación: «Mirar Las Meninas es mirarse a uno mismo». Y se mira en los pasillos del Prado, y en los libros que admira, y en los bares que frecuenta, y en la terraza desde que se ve todo Madrid para no desprenderse un solo momento de lo que en realidad es: habitante de un tiempo en que ya nada es como era. Y no hablo de nostalgia tontorrona -como tantas lo son y además sin prospecto de efectos secundarios-, sino del sentido de una pertenencia que nos sitúa en el centro de la tierra. O sea: de ese poema que el autor de Niño parabólico nunca dejó de escribir, ahora en prosa, pero que antes ya lo había hecho en Silbando un eco extraño (2016): «Aunque penséis que no / yo siempre tiro al monte».

Esa cabra indomable que es, tantos años después, el emoji (vaya palabra horrible y para mí extraterrestre) de marca de una escritura que no acepta ninguna conciliación con el enemigo de clase. La poesía es ese territorio al que se regresa porque quien se la cree de verdad nunca la ha abandonado. La poesía que habla de lo que nos pasa, no de la otra, de lo que impunemente la convierte en una ficción como la de las novelas indecentes. El título que el flâneur y lazarillo de sí mismo ha pensado para su próximo -no sé si ilusorio- poemario: Premio Cervantes. Lo animo a que lo escriba. A ver qué le sale. A ver si encaja la antena de la tele en el culo del mercado literario y lo que sale por la pantalla es -a lo mejor sin sorpresas- la explosión volcánica de tanto enchufe camuflado en las ridículas fajas a colorines que quieren convertir en obras maestras muchos de los libros más detestables de nuestra literatura contemporánea. Creo que casi siempre son peores esas fajas que las estrellitas analfabetas de Amazon.

Desde aquella humilde terraza en Pozo-Lorente mira el niño Constantino Molina cómo el padre y la madre viven la vida que un tiempo de mierda les depara. Y ensancha la mirada más allá de lo que el monte reseco le permite. Dice que no es eso. Que el mundo es precisamente lo que no se ve desde la terraza, desde ninguna terraza: tampoco desde la de Rosales 82 en su vagabundeo madrileño. Y que algún día escribirá sobre eso, sobre el sentido de pertenencia, sobre la literatura que nos enseña a escribir tanto o a veces más que la propia vida, sobre el regreso a los sitios que una vez abandonamos pensando que volver siempre es difícil o imposible. Y lo escribe, escribe ese libro invencible que seguirá en sitio preferente de mi tal vez enfermiza biblioteca personal en la casa de Gestalgar, mi pueblo del monte valenciano, casi la copia exacta del suyo en Albacete. Lo escribe a la espera de que la poesía regrese, sin que nada altere la posibilidad de ese regreso o todo lo contrario: «Mientras tanto me entretengo con esta otra poesía lúdica, amorosa, juguetona, algo quinqui y con menos pretensiones metafísicas». O sea: Niño parabólico. ¿Lo leerán, ¿no? Ojalá que sí. Ojalá.

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