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Una historia de amor

Si Emma Cohen no hubiera dejado a Fernán Gómez, él no habría sentido la necesidad de contarse a sí mismo ni habría existido su libro de memorias

Emma Cohen

Emma Cohen / Levante-EMV

Susana Fortes

Susana Fortes

València

Un día, no importa mucho cuándo ni dónde, se encontraron. Ella iba disfrazada de dama antigua dentro de un coche de caballos. A él le hizo gracia el atuendo y aquel desbarajuste temporal. Le gustó su juventud airada, los ojos pensativos, verdes a veces. A ella en cambio lo que más le fascinaba de él era su voz tan simpática de ogro. Fue un flechazo imposible.

La chica se llamaba Enmanuela Beltrán, barcelonesa de pura cepa, acababa de aterrizar en Madrid después de abandonar sus estudios de Derecho para unirse al Teatro Universitario Español. Quería ser actriz. Quería ser bohemia. Quería cambiar el mundo. Tenía veinticuatro años.

Él rondaba ya los cincuenta. Arrastraba un divorció con una importante cantante de fama mundial y una relación tormentosa con una actriz de cuyo nombre no quería acordarse. Tenía fama de gruñón y maniático. Además era pelirrojo. De joven había estado perdidamente enamorado de Marlene Dietricht, su musa. Aspiraba a encontrar una mujer así, bellísima, como la cantante del cabaret El Angel Azul, una verdadera femme fatale capaz de destrozarle la vida por completo.

-Eso es imposible- bromeaba ella- tu vida ya está destrozada.

Y en parte era verdad. Nadie daba un duro por aquel romance. Y menos en el mundillo de la farándula donde la norma era acostarse tarde y divorciarse pronto.

Volvieron a encontrarse en un plató de TVE tres años después para rodar una serie juntos. Ella había cambiado su nombre artístico por el de Emma Cohen. Él seguía siendo Fernando Fernán Gómez. Desde entonces se hicieron inseparables. Su casa se convirtió en una luz siempre encendida en la noche madrileña que acogía a escritores, cineastas, actores, músicos y náufragos de toda condición. La fueron llenando de libros, de música, de unas alfombras de colores donde a ella le gustaba tumbarse a leer descalza. Él prefería su sillón orejero. La casa era un barco del que salían risas, tintineo de copas, recuerdos, versos de Lope de Vega, de Garcilaso, de Antonio Machado… A veces ella parecía una libélula que ardía al lado de una luz muy fuerte. Otras, estar juntos era como caminar por la quietud de un bosque. Eran felices.

Pero un día ocurrió. Fue en 1980 a la vuelta de una gira teatral. Al regresar a Madrid, ella lo abandonó. Se fue con un escritor de culto que era ingeniero de caminos. El barco se apagó.

A él las paredes de la casa se le cayeron encima. Los muebles, los discos, una figurita de artesanía que habían comprado en un viaje por el Alentejo…. Dentro de los cajones bullía un silencio atronador. Volvió a leer los libros que habían compartido juntos. Seguía teniendo que comer cada día y lo hacía, aunque la comida no le sabía a nada. Deambulaba por el pasillo y le parecía la casa de otro señor que se llamaba igual que él, pero que ya no era él. Se sentía capaz de seguir viviendo, por supuesto, pero la vida se había convertido en una cosa sin sal. Una especie de condena. Hay que entender que era un hombre orgulloso, poco dado a exhibir públicamente sus sentimientos. No sabía salir del atolladero. El amor para él era un hecho geológico como una montaña y no tenía las herramientas necesarias para escalarla.

Un día se sentó frente a su máquina de escribir y tecleó: «De destrozo en destrozo, de derrota en derrota (…) ha ido transcurriendo mi vida sentimental». No era exactamente una carta, sino un artículo largo de tono autobiográfico para la revista Triunfo. Casi siete páginas. Lo tituló: El olvido y la memoria. Más que a los lectores de la revista, el artículo iba dirigido a una única persona, claro. En él, Fernando Fernán Gómez le pedía a Emma Cohen que volviera y lo hacía de una manera realmente peculiar y arriesgada para un hombre tan tímido y tan celoso de su vida privada. Fue su forma de escalar la montaña.

En el texto en ningún momento se refería a ella por su nombre, sino como la compañera de su vida. «Compartimos nuestros proyectos, confundimos nuestros recuerdos […] llenó la casa de risas, de bromas, de juegos, de amigos. Cuanto ella podía tener de hospitalario me lo entregó, procurando, con su gran instinto, restañar viejas heridas, y, con minuciosa delicadeza, no abrir ninguna nueva».

Después continuaba hablando de otras cosas para regresar a Emma en las últimas líneas: «A la vuelta a Madrid, mi compañera me abandonó. Aquí termina mi autobiografía y aquí empieza la biografía de otro señor. Ojalá me lleve bien con él».

En La silla de Fernando -la película documental dirigida por Luis Alegre y David Trueba- Alegre contaba que aquel artículo no había sido otra cosa más que «un subterfugio para colar de contrabando una declaración de amor». El efecto fue fulminante.

Ella andaba de puntillas por otra casa, desayunando, preparando proyectos… Los periódicos estaban desparramados encima de la mesa. Se fijó en la portada de la revista Triunfo con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca. Encendió un cigarrillo y empezó a pasar las hojas hasta que llegó al mensaje encriptado.

Lo que pasó después fue algo que podría parecer menor para el devenir de la humanidad pero tuvo consecuencias colosales en la galaxia privada de un universo en particular. Ella metió sus cosas en una bolsa de viaje y volvió a su lado. Había algo en las palabras del artículo que la abarcaba por entero. No sabía exactamente qué era ni qué significaba, pero significara lo que significase, fue suficiente para que rompiese con Juan Benet. Las palabras.

Y aquel fue el único breve paréntesis a lo largo de treinta y siete años juntos. Siguieron siendo compañeros eternos en la vida y, de vez en cuando también en la pantalla. La última película que compartieron fue en El abuelo, de Garci, ya al final del siglo XX.

Así es cómo a veces se dirimen las cosas. El mundo cambia, las montañas están ahí. También, las grietas. El universo es todo lo que existe. Materia, luz, espacio y tiempo. En su libro El amor después del amor Marta Ferrero y Marc Pallarès plantean una hipótesis cuántica. Si Emma no hubiera dejado a Fernando a la vuelta de aquella gira, él no habría sentido la necesidad de contarse a sí mismo para decir algo tan aparentemente sencillo como «Te echo de menos». Y si no hubiera existido el embrión de esas páginas, tampoco habría existido probablemente el maravilloso libro de memorias que Fernando Fernán Gómez escribió años más tarde, cuyo título procede de los versos de Miguel Hernández: «Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía».

También lo hará sobre las fotografías de todos nosotros. Pero eso no impedirá que cada mañana salgamos a escalar la montaña. Así es como funciona el universo.

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