Un infierno vernacular
El diario de este joven doctor trata de conocer la realidad y, a la vez, protegerse de ella. Hace uso de un narrar seco, frontal; los hechos arrastran a las palabras y no son las palabras las que imantan a los hechos

CUADERNO DE FONTILLES. UN JOVEN MEDICO FRENTE AL FANTASMA DE LA LEPRA Y POSGUERRA
R. Ballester Añón
Precedido por un prólogo del historiador de la medicina Josep Lluís Barona y un epílogo del periodista y escritor Ignasi Mora se publicó la transcripción de un diario de notas del joven médico Vicente Sorribes Santamaría durante su estancia en el sanatorio para leprosos de Fontilles durante el verano de 1943, concretamente desde el 3 de julio hasta el 6 de septiembre. Recordemos que hacía sólo tres años que había concluido la Guerra civil en España y que proseguía la II Guerra Mundial en Europa.
En esa época la leprosería acogía a 173 pacientes (105 hombres y 68 mujeres).
El diario da constancia de la situación del sanatorio y de su funcionamiento cotidiano que acogía a los sectores más desfavorecidos, aquejados de esa terrible enfermedad.
Las razones de este joven médico para permanecer ese verano en Fontilles eran ayudar a la frágil economía familiar con 800 pesetas de sueldo, así como iniciarse en el ejercicio de su profesión.
El sanatorio se reduce a una extensión de terreno montañoso poblado de pinos y aislado por una muralla de 5 kilómetros de perímetro, que tiene pequeños fallos que aprovechan algunos enfermos para fugarse alguna vez, ya sea para hacer vida marital con su cónyuge o por cualquier otro motivo.
Además de los pabellones para los pacientes, hay casitas para matrimonios, cárcel, iglesia, casino, centro politico nacional-sindicalista, laboratorio, farmacia, cocina, lavaderos... En la zona no leprosa, está la casa del Director, los Padres Jesuitas , el médico bacteriológico y el farmacéutico.
Describe estampas conmovedoras:
«Una enferma con una cara verdaderamente espantosa tiene sobre una mesita de noche su fotografía de boda, está guapísima. Resulta increíble que en tan pocos años aquella mujer hermosa, fresca, sonriente y feliz se haya convertido en este ser horrible, caquéctico, podrido, y desgraciado que yace sobre el lecho con una temperatura de 40º».
O escenas de una fascinación surreal:
«A salir me encuentro con una espectáculo desolador. Parejas de enfermos de aspecto grotesco y horripilante están sumergidos en coloquios amorosos. La lepra destruye sus cuerpos pero no sus espíritus; los instintos permanecen y todavía aumentados quizá. La necesidad de amar y ser amado persiste y mas en la soledad de este pequeño mundo...»
Episodios que conturbarían a don Luis Buñuel:
«Por la noche ha habido una función de teatro por los leprosos que, a pesar de sus caras, salían a escena todos pintados. La impresión es espantosa».
A veces encuentra momentos de cierta expansión lírica:
«Mientras escribo oigo el rezar monótono de los enfermos que están rezando el Rosario Santo mezclado con los sonoros cánticos que llegan desde la Iglesia y el gorjeo de los pájaros que cantan en las ramas de los árboles. Todo parece en perfecto equilibrio».
Las estribaciones de la reciente Guerra Civil se perciben con nitidez:
«He ido conociendo a los individuos de malos antecedentes, como el que dirige los motines de los enfermos en la leprosería, procedente de penales de delitos graves, que ha dado ‘paseos’ en la época roja, etc. Pero como sanitario dentro de la leprosería todos los enfermos son para mí iguales. Son sólo enfermos».
O también:
«Al lado de esta sala hay otra donde más de 50 enfermos indiferentes al padecimiento de su camarada enfermo oyen a toda voz Radio Moscú la palabras de los canallas marxistas».
Hay pasajes de serenidad y efímero recogimiento:
«Me gusta hablar con las Hermanas. Su pureza, su conversación , un candor tan grande, que parece que entre uno en el camino de acercamiento a Dios. Siempre que hablo con ellas quedo contento. He terminado el domingo, después de estudiar un rato».
O prácticas confortativas de un joven doctor de observancia religiosa:
«Me encuentro solo en este miserable mundo pequeño, tan miserable como el mundo grande. Me confieso y comulgo».
En ocasiones, el joven médico emplea con pertinencia su acervo literario:
«Deseo conocer la ciudad leprosa de Fontilles por la noche. Un día de éstos bajaré a ese infierno como Dante lo hizo en su Divina Comedia».
Caben también casos de entereza admirable:
«Tengo la impresión que este monstruoso cuerpo encierra una bella alma que envidiarían muchos cuerpos bellos en cuanto emprendieren el último viaje. Esta enferma casi nunca se ha quejado. Casi nunca una frase de protesta contra su carroñera carga. Siempre resignada. Siempre la misma respuestas. “vamos pasando”- a idéntica pregunta -¿cómo estás?»
Y casos opuestos:
«Hoy me he enterado que un enfermo quería pegarle un tiro al Padre director».
A veces el joven doctor realiza breves excursiones a los pueblos de alrededor -Orba, Pego..:
«Estuvimos en Pego. Entramos en la farmacia: encontramos allí como en El niño de la Bola de Alarcón, al médico, pero este médico se había adaptado de tal forma al ambiente que iba en alpargatas de esparto, sin calcetines, en pijama; me daba la impresión que aquel hombre estaba dentro perdiendo más que a la carrera, la poca ciencia que su cabeza hubiera contenido alguna vez».
El diario de este joven doctor trata de conocer la realidad y, a la vez, protegerse de ella. Hace uso de un narrar seco, frontal; los hechos arrastran a las palabras y no son las palabras las que imantan a los hechos ( actitud canónica de cualquier escritor); lo cual convierte a este fascinante texto en una involuntaria obra maestra de la literatura y la microhistoriografía del siglo XX.
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