Entre la gala y el club
La marginalidad del jazz en los Grammy no implica irrelevancia: el premio a Fortner dice que aún hay espacio para la legitimidad musical

Sullivan Fortner, al piano, en una actuación en València / Levante-EMV
Enrique Monfort
Seguro que usted se ha enterado de quién arrasó los últimos premios Grammy. O, al menos, los nombres de algunos ganadores. Es probable que incluso haya navegado por una galería con los outfits más sonados de la alfombra roja. Lo que es menos probable que haya visto es la palabra «jazz» entre los apresurados resúmenes de la prensa generalista. No los busque: se los digo yo —Sullivan Fortner (mejor álbum instrumental), Samara Joy (vocal), Christian McBride Big Band (gran conjunto) que repite, a título personal, con su participación en el mejor directo junto al fallecido Chick Corea y Brian Blade y, finalmente, Gonzalo Rubalcaba, Yainer Horta y Joey Calveiro en la categoría de jazz latino.
El jazz, de hecho, forma parte troncal de los premios prácticamente desde sus inicios. Ya en la primera edición, a finales de los años 50, existían categorías específicas dedicadas al género. Con el paso del tiempo, esas categorías no han desaparecido, pero sí se han ido encapsulando en compartimentos cada vez más especializados. Un pequeño archipiélago dentro de una gala continental pensada, ante todo, para otros públicos y otros mercados.
Esa marginalidad relativa no implica irrelevancia. Las categorías de jazz funcionan a menudo como un espacio con reglas propias, menos sometido a la lógica del impacto inmediato y, en ocasiones, permeable a proyectos que no encajan en el molde de la gran industria.
El premio de este año al Mejor Álbum de Jazz Instrumental es un ejemplo de ello. El galardón ha recaído en Southern Nights, del pianista Sullivan Fortner, un disco publicado por Artwork Records, sello independiente. Que un álbum de trío acústico, grabado sin artificios y editado fuera de las grandes autopistas del mercado, se alce con un Grammy introduce un matiz interesante en el discurso mainstream de estos premios. Es, por cierto, el tercer Grammy de Fortner —los dos anteriores llegaron como colaborador, junto a Cécile McLorin Salvant y Samara Joy (precisamente)—, pero el primero que le reconoce como líder.
Los Grammy no miden trayectorias artísticas en sentido amplio ni están pensados para detectar escenas periféricas. Son, ante todo, un reconocimiento otorgado desde dentro de una industria muy concreta, con sus propias jerarquías y centros de gravedad. Que dentro de ese marco se premie un disco como Southern Nights no convierte a los Grammy en un termómetro infalible del jazz actual, pero sí señala que, al menos en ciertas categorías, todavía es posible que prime la legitimidad musical del pequeño engranaje sobre el tamaño del volante de inercia.
El disco se grabó en los estudios Sear Sound, aunque mantiene la energía orgánica del propio Village Vanguard, capturada justo después del último set del domingo de la semana de residencia de Fortner en el club neoyorquino. Ashley Kahn, autor de las notas del disco, describe ese instante del directo —que el álbum en estudio logra atrapar— como algo más cercano a una celebración compartida que a una grabación pensada para perdurar en vitrinas: músicos en la sala, la música abierta al riesgo, margen para el azar. Peter Washington al contrabajo y Marcus Gilmore a la batería completan un trío que funcionó desde la primera nota con la fluidez de quien lleva años tocando juntos.
Southern Nights se mueve con naturalidad entre tradición y voz propia. Hay versiones de Allen Toussaint, Clifford Brown o Woody Shaw, y una composición original de Fortner, el «9-Bar Tune», que rompe con la simetría habitual del compás de jazz. También hay un guiño a la música cubana con el bolero Tres palabras de Osvaldo Farrés. Fortner no busca deslumbrar por acumulación técnica sino construir un discurso rítmico y armónico coherente, atento al pulso colectivo y al espacio.
Que un trabajo así, delicioso por lo demás, reciba un Grammy dice tanto del disco como de la categoría que lo acoge: en el jazz, el premio no suele recaer en la novedad estridente ni en el éxito masivo, sino en propuestas que saben de dónde vienen y no necesitan justificar su existencia con grandes gestos.
¿Y los premios Carles Santos?
Sin embargo, nuestros Grammy de kilómetro cero, los Premios Carles Santos (sea el que fuere su futuro nombre), que durante un tiempo aspiraron a ser un marco propio de reconocimiento para la creación musical valenciana, están en un impás de indefinición. El galardón, en sí mismo, no es importante. Sí lo es su valor como herramienta simbólica para generar relato y continuidad.
Pero no dejemos aún la Comunitat. Antes de ganar este Grammy, Sullivan Fortner pasó por València en, al menos, dos ocasiones. En 2019 actuó en el Jimmy Glass, el club que sostiene la programación jazzística valenciana con constancia admirable. Y en julio de 2021 regresó esta vez al Festival de Jazz de València, en el Teatre Principal, en formato de dúo junto a Cécile McLorin Salvant, en un concierto íntimo que en cierta manera fue un raro, por escaso, regalo de la pandemia y que confirmó que estábamos ante un músico de largo recorrido.
No hubo entonces grandes titulares ni alfombra roja, pero sí algo más relevante: una escucha atenta, en directo, donde la música se mide por lo que sucede en el escenario. Sirva el dato como recordatorio y como consejo: acudan a conciertos, a clubes, a festivales bien programados. No es descabellado pensar que, quizá esta misma noche en un club como el Jimmy estén escuchando, sin saberlo, al próximo premio Grammy.
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