No son rollos
Picault abandona el blanco y negro de sus obras anteriores para explorar desde el color el paso de la cotidianeidad familiar a lo patético

No son rollos
Álvaro Pons / Noelia Ibarra
La obra de Aude Picault se ha desarrollado desde hace casi dos décadas desde una mirada íntima a sus vivencias, que han derivado entre el relato autobiográfico de la serie Mis rollos a una aproximación a la ficción desde la experiencia personal. Siempre con el humor como eje de una contundente denuncia de una sociedad que intenta mantener el status quo maquillando la realidad, la dibujante francesa ha sabido señalar sin dudar esas incongruencias que afectan directamente a las mujeres creando un catálogo de exigencias de imposible cumplimiento.
En Mis rollos de cuarentona (Garbuix Books, traducción de Montserrat Terrones), la autora abandona el blanco y negro de sus obras anteriores para explorar desde el color una serie de anécdotas cotidianas de su vida familiar, de esos momentos con su hija y con su pareja que conforman lo que llamamos convivencia. Sin embargo, de forma progresiva, esa cotidianeidad se convierte en el espejo de lo patético, de esa insostenibilidad real de un estilo de vida en el que toda la exigencia sigue recayendo sobre la mujer, obligada a llegar a todo y fingir que puede asumirlo todo con una sonrisa. La ansiedad crece y los episodios actúan como radiografía de esa pulsión que carcome en el interior mientras se debe crear una fachada de normalidad para el resto, de asunción aceptada de los nuevos modelos de pareja y familia, pero que queda en papel mojado puertas adentro, donde las tradiciones asignadas a la mujer se reproducen fielmente una y otra vez, desde esa maternidad que debe ser función exclusiva de la mujer a la triple jornada laboral obligada como profesional, pareja y madre abnegada, creando una conciliación utópica, porque al final es ella la que debe ocuparse de la casa, de la crianza, obtener el éxito profesional y, por supuesto, mantener un ardiente deseo sexual constante.
El dibujo de la autora incorpora una paleta cromática de tonos pasteles ya amables que se une a ese trazo heredero de la limpieza minimalista de Sempé para componer un envoltorio de dulzura aparente, en el que la viñeta desaparece para ahondar en esa sensación de sinceridad del diario de bocetos, de situaciones vividas en la intimidad, pero que explotan en una lectura que coloca necesariamente en la incómoda situación de reconocer esa realidad como propia. Un grafismo que se une al humor para crear una herramienta de subversión demoledora y que pone el foco en esa mujer con un cansancio infinito, aceptando la carga continuada como propia frente a la ignorancia, la invisibilidad o el silencio de todo su entorno. Hay, sí, momentos de escape, de respiro personal, pero que no dejan de ser refugios para poder tomar aire y seguir en ese camino en el que la exigencia social se suma a la autoexigencia personal para crear una trampa de difícil resolución, que transforma todo lo que se retrata desde el ideal romántico en una realidad disfuncional donde hasta la sexualidad o el ocio se convierten en actividades programadas.
Picault acierta al señalar esas actividades que validan situaciones, desdramatizando esos pequeños actos obligados que asumen como normal lo que no debería serlo, que van conformando esa inmensa rémora que absorbe toda la energía y va alimentándose de todo lo no dicho, de todo lo no valorado, mientras la mujer intenta no diluirse en el rol de madre, en la función de pareja y compañera, para buscar su propio espacio, su propia voz, en un contexto sistémico de presión constante desde un patrón patriarcal que pervive en la intimidad del hogar pero oculta su forma en la fotografía mostrada a la mirada externa. Pese a todo, la mirada de esta cuarentona permite la filtración de un rayo de luz, a través de la toma de conciencia como base del cambio, al igual que el final abierto que el lector deberá aventurar.
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