Ventoleras
Empleamos el verbo 'ulular', pero la Academia nos dice que el sustantivo 'ululido' no es correcto, y que debemos utilizar 'ululato' (que suena a adjetivo para indicar que alguien está mal de la cabeza -turulato-, y que nadie en su sano juicio usa). Empleamos el sustantivo 'alaridos', pero el verbo 'alaridar' está en desuso, y solemos decir 'dar alaridos'. Aullar y aullidos, en cambio, son de uso frecuente y el diccionario de la RAE los recoge. A mí, la verdad, me encantaría dar ululidos y alaridar, cuando me viniese en gana. A menudo nome parecen del todo bien los caprichos del idioma, aunque sé que el capricho de la costumbre es la verdadera ley por la que los idiomas serigen. Una lengua representa una forma de sentir el universo: una forma caprichosa, espe-cial, extravagante de sentirlo. El español supone también un extenso inventario de manías, eleccio - nes verbales azarosas y hallazgos. La ciencia etimológica tiene algo de disciplina para el estudio policial del temperamento de un pueblo.
He estado pensando en estas vaguedades y en otras muchas, durante estas últimas semanas, cuando el viento ululaba, y alaridaba, yaullaba por las noches, sin dejarmedormir. El patio de luces de mi casa se convirtió en una suerte de teatro para un orfeón de gatos consumidores desustanclas psicoactivas. No recuerdo en mi vida una temporada con semejantes ventoleras. (Para que luego la gente ponga en duda el asunto del cambio climático...).
A mí el viento me pone de los nervios. Es el fenómeno climatológico que más miedo me da. Las tormentas no me asustan. Los relámpagos, truenos y rayos los encuentro exóticos, como elementos teatrales de naturaleza romántica. Pero el viento me da ganas de meterme debajo de la cama, como hacen los perros asustadizos. Estoy convencido de que los lugares ventosos acaban por trastomar las mentes de sus habitantes. No sé si se ha estudiado con rigor, pero doy por un hecho científico el que en los lugares con grandes vientosabunden los psicópatas, los asesinos en serie, los caníbales.
En mi juventud, estudié un verano en Santa Cesarea Terme, un pueblecito de la Puglia, en Italia. Durante más de una semana sopló el scirocco, un viento húmedo y cálido que nos tenía empapados. Nos lavábamos el pelo y permanecía mojado varios días, la ropa tendida no se secaba jamás. Por suerte, el viento cesó, cuando los participantes en aquel curso de verano empezábamos a mirarnos de una manera extraña los unos a los otros, como si fuéramos un apetitoso pastel de chocolate
Las ventoleras transportan por el mundo las malas ideas, para que aniden en las cabezas de la gente. Aún tengo en la mía los alulidos de las ventoleras que alaridaban estos días con la intención de trastornarme.
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