Voces del río
Libertad Demitrópulos hizo gala de un lenguaje tan torrencial como el agua que de todo se apodera en la gran novela ‘Río de las congojas’

Libertad Dermitrópulos.
Ricardo Menéndez Salmón
Rescatada del olvido en 2014 por Ricardo Piglia (y hay que otorgar a este gesto el valor que posee, pues el autor de Plata quemada no solo fue un escritor muy notable, sino también un crítico y un lector admirable), que la publicó en el Fondo de Cultura Económica de Argentina, Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos (Ledesma, 1922-Buenos Aires, 1998), es una novela extraordinaria. Piglia, de hecho, la sitúa como parte de lo que denomina «una trilogía inconsciente» que reconstruye, sirviéndose antes de la imaginación que de lo histórico, la conquista del Río de la Plata, y la pondera, en régimen de igualdad, junto a dos obras capitales de la literatura en español del siglo XX: Zama, de Antonio Di Benedetto, y El entenado, de Juan José Saer. La filiación con estas dos obras insinúa la potencia del libro que ahora aquí nos ocupa.
Río de las congojas desplaza el foco desde los actores privilegiados de la historia (Juan de Garay, en este caso, el fundador de Santa Fe y de Buenos Aires) hasta los hombres y mujeres anónimos que nutrieron esa peripecia. Así, la novela, dueña de un lenguaje exquisito, entrega el timón de la narración a un soldado de fortuna, el centenario Blas de Acuña, y a tres mujeres muy distintas: una prostituta fina y educada, Ana Rodríguez, una mujer guerrera («heroína con tetas», la define Belén López Peiró en su aquilatado prólogo) que alcanza la condición de leyenda, María Muratori, y una costurera tan resignada como orgullosa, Isabel Descalzo.
Siempre con el trasfondo de la conquista española, las relaciones de Blas con estas tres mujeres (de espectador en el caso de Ana, de amante desgarrado y marido in articulo mortis en el caso de María, de padre de los hijos y abuelo de los nietos en el caso de Isabel), pautan, a través de las riberas de ese personaje omnímodo que es el colosal río Paraná, el despliegue de esta bellísima ficción, en la cual, además de los textos mencionados por Piglia, resuenan ecos de otras dos novelas ineludibles del pasado siglo: Gran Sertón: Veredas, de João Guimarães Rosa, y La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender. Aunque, como ha sido ya insinuado, el protagonista soberano de Río de congojas es el lenguaje, tan torrencial como el agua que de todo se apodera, tan irresistible como las pasiones que colman los corazones, tan formidable como el empuje con el que se acomete la desmesura de ciertas empresas. Las voces del río que Demitrópulos libera despliegan un arco sensorial apabullante. Los colores y los olores expanden nuestro ánimo; las músicas nos desbordan y nos exaltan. Cada párrafo esconde un hallazgo; en cada página el idioma se adueña de nuestro ánimo con la intensidad de una resaca. Un brevísimo ejemplo de esta prosa mesmerizante, de fenomenal aliento, servirá para rendir elogio a una novela de rango: «El agua no tiene sinembargos, se va en limpideces. ¿Ónde se ha visto un agua que no sea más rápida que el hombre?».
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