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Medio siglo de las 'falles folles' de 'Ajoblanco'

Amadeu Fabregat recuerda el ‘caso Ajoblanco’ que estalló en la València de 1976 por un número de la publicación contracultural sobre las Fallas en el que participaron el periodista y otros autores, perseguidos por «antivalencianos» mientras la revista se prohibía en unos hechos que anunciaban la ‘batalla de València’

Medio siglo de las 'falles folles' de 'Ajoblanco'

Medio siglo de las 'falles folles' de 'Ajoblanco' / Levante-EMV

Amadeu Fabregat

València

Aquella temporada de comienzos de 1976, no salía de mi casa de Doctor Collado sin que Pep Laguarda, (o en su defecto Joan Monleon, otro experto en el asunto) me echara las cartas del Tarot. Y en eso andábamos en aquella remota tarde de enero, entre los presagios de la cartomancia y los aromas del hachís, cuando sonó el teléfono y una voz al otro lado —diría que la de Javier Valenzuela— me invitaba a colaborar en un especial de Ajoblanco dedicado a las fallas de Valencia. No era lector de esa revista, ni tampoco me interesaba su compota de ingredientes anticapitalistas, libertarios, anarquistas y etc., porque me ponían mucho más las duquesas de Marcel Proust, pero yo era entonces un progre de manual, el colmo de lo moderno, y me apunté sin dudar a la propuesta.

Pisé Valencia por vez primera con diecinueve años, y allí seguiría durante un cuarto de siglo. A finales de los sesenta, aquella ciudad solo era una lejana referencia geográfica para un nativo del norte de Castellón, donde privaba mucho más la influencia laboral de Barcelona. Y con el asombro de un extraño, viví en directo las fallas en el icónico 1968, perplejo ante la magnitud desaforada de una fiesta que solo conocía por los telediarios en blanco y negro, sin el abigarrado technicolor del evento. En la grisura de aquellos tiempos —tan luminosos, por otra parte, para un joven de pueblo incorporado a los exiguos cenáculos culturales de la capital-- publicar lo que fuera y donde fuera resultaba tan trascendental como comer y respirar. Y al día siguiente me lancé a la Olivetti Studio y tecleé de una tirada un par de artículos para el especial fallero de Ajoblanco, sin imaginar los disgustos y las repercusiones jurídicas y profesionales que habrían de venir.

Para la progresía cultural y las izquierdas clandestinas de los primeros setenta —cualquiera podía ser etiquetado como tal, entonces, solo por estar en contra de la Dictadura— las fallas eran un tinglado reaccionario controlado desde las alturas, un poderoso instrumento del régimen franquista para mantener «alienada» —término muy en boga entre los fieles de Marcuse, Althusser, Foucault y cía.— a la sociedad valenciana. Era un relato irreal y maniqueo, como tantos otros provocados por la contestación a la Dictadura, aunque del todo plausible en aquellos tiempos sin libertades políticas. Pero al menos en mi caso, la idea de las fallas como evento maligno del régimen pronto entraría en colisión con el impacto deslumbrante de la fiesta, que me sirvió de inspiración para escribir una vehemente elegía fallera. Una novelita gloriosamente ilegible —como también era moda por aquel entonces, cuando confundíamos lo moderno con lo complejo y hasta con lo incomprensible— pero cuyo título, Falles Folles Fetes Foc, ya forma parte del acervo festivo, sin que la mayoría de sus usuarios conozcan el origen de la popular aliteración. Al fin y al cabo nunca fui marxista, que era otra moda de la época en sus innumerables variables, porque a la izquierda española siempre la han perdido los matices —por fortuna en algunos casos—, pero al pequeño esnob que yo era le seducían mucho más Witold Gombrowicz o Llorenç Villalonga que los delirios marxianos.

Los textos de aquel Ajoblanco, en la órbita alternativa de la publicación, iban dirigidos a lectores que ya estaban en el ajo, y nunca mejor dicho, de los movimientos contraculturales del período. Papeles que abogaban por unas fallas «del pueblo» liberadas de los corsés institucionales, y por recuperar el sentido pagano y mediterráneo del fuego redentor, y teorizando nada menos que sobre el «Eros Fallero», que sigo sin saber en qué podría consistir. Y no parece que los prohombres de la Junta Central Fallera, epicentro del terremoto ajoblanquista, se hubieran empapado previamente de la revolución cultural de Theodore Roszak o del dichoso «anti-edipo» de los Deleuze y Guattari, y de tantas otras referencias intelectuales esparcidas por las páginas de la publicación. Recuerdo mis dos artículos como un par de disparatadas fantasías literarias aderezadas con unas gotas del kitsch de Gillo Dorfles y del camp de Susan Sontag , pero algunos de cuyos párrafos, arteramente reproducidos fuera de contexto, sirvieron de coartada para desatar una campaña desenfrenada en contra de la revista y sus colaboradores. Una cruzada orquestada por el búnker político de mediados de los setenta, pero que caló con desmesura entre los sectores populares de la fiesta, en contra de los cuales nada tenía la publicación. Hechos que sucedieron cuando Franco ya llevaba cuatro meses en el Valle de los Caídos, a pesar de seguir tan vivo como siempre en las almas censoras de sus adictos.

Desde la Junta Central se mandaron cartas a todas las comisiones y casales falleros, conminándoles a manifestar su indignación por aquella «infamia» que la Hoja del Lunes tituló «Un insulto a Valencia y a sus fallas». Y abierta la veda, la carcunda política de la época —desde la diputación hasta el último chiringuito del régimen— se sumó con entusiasmo a la caza de brujas. Por su parte, los periódicos locales dedicaban generosos espacios para «informar» de las airadas protestas y de paso echar más leña al fuego, y los vendedores de prensa —raza prácticamente extinguida hoy en día— acordaban cerrar sus quioscos a la «asquerosa revista».

Y en el clímax del vocerío, debidamente instruidas por los popes de la Junta Central, las falleras mayores de no sé cuántos años firmaron un manifiesto exigiendo al ayuntamiento acciones judiciales contra los «antivalencianos» autores del dosier —lo raro es que no pidieran la pena de muerte, como algunos vecinos nos desearon—, cuyos nombres no cito porque igual prefieren no recordar los trastornos de aquel maldito embrollo.

Fue un eficiente modelo de manipulación de masas, una pieza maestra del agitprop que habría merecido una sesuda investigación sociológica. Porque el ‘caso Ajoblanco’ estalló masivamente a pesar de que muy pocos pudieron acceder a una revista secuestrada en los quioscos por orden gubernativa, y que solo había vendido unos 1.500 ejemplares entre sus habituales lectores valencianos. Por suerte para mí y mis cuatro compañeros de infortunio, no había entonces la viralidad de las redes sociales, en cuyo caso nos habríamos tenido que exiliar, igual que los editores de la revista tuvieron que esconderse en Menorca durante unos meses, a causa de las amenazas personales y de bombas en la redacción de Barcelona. También resultó muy artificioso el recurso demagógico al anticatalanismo, promovido por las autoridades aún franquistas y la derechona mediática del lugar, aunque tanto les daba con tal de soliviantar al personal, porque Ajoblanco se editaba en Barcelona, ciertamente, pero en la lengua del Imperio, y sus promotores y la órbita de la revista estaban a años luz del catalanismo, que debía de parecerles una minucia aldeana.

Además del secuestro, el gobierno suspendió por cuatro meses la publicación, amén de una multa de 250.000 pesetas, y el ayuntamiento recurrió al abogado y escritor valenciano Fernando Vizcaíno Casas para llevar adelante las acciones judiciales en contra de los abajo firmantes.

Un interminable –y a veces surrealistacalvario jurídico que comenzó en la Audiencia Provincial de Valencia (donde Manuel Broseta realizó sin éxito algunas discretas gestiones en nuestro favor), y siguió dando vueltas por la de Barcelona para acabar en el temido Tribunal de Orden Público de Madrid, donde se juzgaban los casos por terrorismo, tanta fue la desmesura que provocaron mis dos tontísimas pero delirantes columnitas de aquella infausta tarde de enero. Hasta que editores y colaboradores fuimos indultados, o como técnicamente se diga, por el gobierno de Felipe González.

Recuerdo con una sonrisa algunos incidentes procesales —por más que en aquellos momentos no me hicieron ninguna gracia— como cuando en la Audiencia de Barcelona, su señoría preguntó quién de los cinco imputados era Visanteta la Traca, y yo respondí que un servidor, porque se trataba del pseudónimo empleado en uno de mis artículos. El siguiente llevaba por título La fallera mecánica y lo firmé como La Otra, en homenaje a de doña Concha Piquer, más valenciano imposible. Y según leo en un viejo recorte de prensa de Levante, Pedro Zamora, concejal comunista y alcalde accidental por breve tiempo, ordenó la retirada del consistorio en la causa que se seguía contra nosotros en la Audiencia de Barcelona, lo que motivó duras críticas por parte de la oposición popular. Porque el estigma de Ajoblanco me persiguió durante mucho tiempo entre las derechas valencianas —de normal más derechas que valencianas o puede que sea lo mismo—, y Martín Quirós, concejal de la entonces Alianza Popular, puso el berrido en el cielo cuando a mí, el infame colaborador del dosier fallero, me nombraron director del Centro de TVE en la Comunidad. «Si Fabregat es director, Tejero puede ser presidente»(sic), declaró a este periódico en primera plana. Y recuerdo también que Vicent Àlvarez, concejal de la UPV, me entregó un voluminoso legajo con los textos de la demanda que encontró en algún cajón del ayuntamiento, y que debí de extraviar en alguno de mis cambios de casa.

Por parte de las figuras y figurones intelectuales y de la oposición democrática, no recuerdo que nadie saliera en nuestra defensa en aquellos primeros momentos, quizás porque el asunto debió de parecerles algo frívolo —«demasiado turbio», le dijo José María de Areilza a Luis Racionero—, y porque cualquiera se atrevía a discrepar del alterado gentío que pedía nuestras cabezas como en la Furia de Fritz Lang. Pero Vicent Ventura si publicó un artículo, calificando los hechos como «la movilización de la ignorancia», en el Avui que salió a la calle por aquellas mismas fechas, y que me contrató como columnista diario coincidiendo con mi despido de Radio Peninsular. Por algo a mi querido Rafa Ferrando le dió por llamarme Molly, en alusión a la famosa superviviente del Titanic interpretada por Debbie Reynolds en Molly Brown, siempre a flote. Pero si obtuvimos, al año siguiente, un eco muy favorable en las publicaciones progresistas de la Transición, como la icónica Cambio16, que se lanzaron en tropel contra «las fallas del franquismo», lo cual indignó más aún a los gerifaltes de la Junta Central, que se aprestaron a convocar un «homenaje de desagravio a la mujer valenciana». Años después, Berlanga me comentaría lo mucho que le divirtió la trama coral y esperpéntica del ‘caso Ajoblanco’.

El castigo gubernamental a la revista acabó volviéndose en contra de sus censores, porque el dosier fallero solo había vendido 10.000 ejemplares en toda España, según fuentes de la publicación, pero después de las sanciones la tirada fue aumentando hasta alcanzar la cota de los 120.000. Cosas así sucedían en aquellos intensos años, cuando lo prohibido y represaliado terminaba en ocasiones por convertirse en un buen negocio, siempre que no te metieran en la cárcel. Porque el ‘caso Ajoblanco’ sirvió para mitificar más aún a una publicación investigada en ensayos y tesis doctorales, y que en el siglo presente sería objeto de culto en exposiciones del IVAM y del Centro Cultural Conde Duque de Madrid. Por mi parte, Las Provincias prescindió de mis colaboraciones, no iban a estar cada día repartiendo leña con el prefabricado «escándalo» y teniendo a uno de los implicados dentro. Pero María Consuelo —que también se merece un ensayo, o una tesis doctoral— no llegó a airear nuestros nombres, consciente del riesgo incluso físico que corríamos, y centró sus afilados dardos en la «catalana» publicación. Mucho más grave resultó, para mi paupérrimo bolsillo de la época, el despido fulminante de Radio Peninsular, la radio nacional de entonces, donde dirigía desde hacía un par de años el programa De dalt a baix. Porque en el fragor de los hechos, Eduardo Sancho, director de la emisora, no pudo resistir las presiones del alcalde Miguel Ramón y del gobernador civil Enrique Oltra Moltó —también conocido como Enrique Altra Multa—, y muy a su pesar acabó por firmar mi despido, aunque el programa siguió en antena dirigido por Toni Mestre, que hasta entonces había sido uno de los locutores del espacio. Y años después, las vueltas que da la vida, recuperé el De dalt a baix, conducido igualmente por Toni Mestre, al ocupar la dirección de Radiocadena, otra emisora pública, en la Comunidad Valenciana.

Al año siguiente Ajoblanco apareció despectivamente representado en la mayoría de las fallas de la ciudad, ilustrado con todo tipo de insultos escatológicos. Y aún me recuerdo con Rafa Ventura —otro de los abajo firmantes pero que le dará igual ser citado— observando con temor, casi furtivamente, los ninots alusivos a los «antivalencianos» y «traidores» articulistas, aterrado por la posibilidad de ser identificado como el autor de La fallera mecánica. Un temor que, en el balance de todo aquello, llegó a pesar mucho más que mis infortunios laborales y los inquietantes trámites judiciales, de los que siempre acabé por salir a flote, como Molly Brown en el Titanic, según Rafa Ferrando. El ‘caso Ajoblanco’ fue el síntoma de una época, y todos estos hechos, ya convertidos en batallitas de la memoria histérica (siempre con é), sucedieron hace medio siglo en Valencia, en tiempos remotos y turbulentos, pero era otro mundo, y otra ciudad.

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