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La mirada del arte

Luz, que salvó su vida en la masacre de Charlie Hebdo, reflexiona ahora sobre la historia del arte y los extremismos

La mirada del arte

La mirada del arte / Levante-EMV

Alvaro Pons y Noelia Ibarra

València

Las primeras páginas de Dos mujeres desnudas, de Luz (Reservoir Books, traducción de Carlos Mayor) nos desconciertan: vemos un trazo en el que apenas podemos reconocer formas mientras oímos hablar a los protagonistas, escondidos tras el blanco de la página, que se va rasgando para poco a poco descubrir una sorprendente perspectiva: estamos observando a través de una pintura que se está creando. La mano de Otto va delimitando la forma de dos mujeres desnudas mientras mira a su musa, y comenzamos a aceptar nuestro papel de espectadores silentes asistiendo desde una ventana privilegiada a un momento concreto de la historia, la Alemania de 1919 y el progresivo ascenso del nazismo. Luz convierte la obra del pintor en una inesperada viñeta desde la que atendemos a lo que nos recuerda a la cámara subjetiva de La dama del lago de Robert Montgomery o la que propone Will Eisner en su historieta El asesino, pero desde un planteamiento radicalmente distinto: es la mirada subjetiva de un cuadro, que se convierte en cómplice del lector, en objeto sintiente. Una mirada casi inversa a la que planteaba Berger, en tanto serán los lectores los que le otorgarán esos sentimientos al cuadro mediante la interpretación de esos momentos históricos que contemplarán sin poder intervenir, sin poder actuar, solo reflexionar.

El tiempo pasa y la obra sobrevivirá a su creador, y la muerte del artista, como anunciaba Barthes, dará paso a una existencia propia de la creación, que ya solo pervive como un diálogo entre ella y sus espectadores. La inmutabilidad del arte, eterno, demostrará que esa capacidad inmanente resulta profundamente frágil ante los excesos humanos, porque ese marco silencioso contemplará la llegada del nazismo o la noche de los cristales rotos, mientras el cuadro pasa de mano en mano mostrándonos la terrible realidad de una historia que arrastra a sus protagonistas. Sentimos una profunda impotencia, contagiados de esa inmovilidad impuesta por la obra, que asiste indefensa a la locura que ataca el arte como provocación. Esos desnudos que se leen como perversión y que se convierten en actos de resistencia, aunque lleven a la obra a formar parte de la tristemente célebre exposición de «arte degenerado», mientras que algunos lloran que aquellos trazos no despierten la misma pulsión de amor por la pintura y el arte, pasando a protagonizar un expolio cultural como forma de borrado de la identidad de un colectivo.

El protagonismo de la pintura permitirá a Luz no solo realizar un recorrido por la cronología de Alemania, sino también una profunda reflexión sobre la propia historia del arte, del movimiento expresionista, considerando esa realidad comercial paralela que subyacía tras las obras y autores, contrastando la cuestión artística con la necesaria implicación de coleccionistas como Ismar Littman, mostrando esa extraña convivencia entre el arte y el capitalismo.

Sin embargo, la historia no acaba ahí, pues el creador francés prosigue hasta nuestros días para reclamar esa capacidad eterna del arte frente a la finitud de la existencia humana, para reivindicar su poder sanador y su necesaria conversión en refugio de supervivientes como el propio autor. La persistencia a lo largo del tiempo de la obra de Mueller frente a la agresión de los extremismos desvela un claro paralelismo con la propia experiencia del autor, que consiguió salvar su vida casi por casualidad en la terrible masacre de Charlie Hebdo en enero de 2015, como retrató en Catharsis.

Una obra diferente en su planteamiento que obtiene una lectura poliédrica en la historia, que cuestiona nuestro papel en ella, pero también refleja cómo la contemplación de una obra supone también formar parte de su historia, de su preservación, como parte necesaria e implicada en el amor al arte.

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