Una correspondencia entre Lisboa y València
Del poder del arte en la vida pública
Nuria Enguita destaca que «no podemos pensar en la posibilidad política del arte sin acercarnos a de qué manera las políticas, en su sentido mas inmediato, atraviesan el arte y hacen posible la creación contemporánea»
La autora responde al crítico Nacho París y comenta el caso de las Galerias Municipais de Lisboa y Oporto y su funcionamiento al margen de intereses partidistas hasta ahora

Obra 'La rueda que no tiene fin'. / TBA. Lisboa
Querido Nacho:
Gracias, antes de nada, por esa carta en la que, de forma poética, nihilista e irónica, nos recuerdas que nos constituimos tanto en la afirmación, el reconocimiento y el compromiso, como en la duda y la rectificación, y que en ese proceso somos tiempo, lanzados al pasado y al futuro, navegando los diversos presentes. En aquel texto citabas un trabajo de Mar Reykjavik, To the wind. ¿Recuerdas su performance en la exposición Hacer Paisaje hace ya dos años? La acción se articulaba a partir de la idea de «traducción afectiva» (también presente en To the Wind). La performance, que se repitió cuatro veces con actores diferentes —dos cada vez, y cada uno con lenguas distintas—, se titulaba A gap between two adjacent teeth / Una font raja. Se planteaba, según define la propia artista, como una operación de lenguaje en la que la realidad efectiva y pragmática de la traducción es sustituida por una traducción afectiva, que atendería a la subjetividad de quien traduce y a la singularidad de los idiomas que intervienen. En definitiva, la artista cuestiona la domesticación del lenguaje y, en el sentido posesivo, la propiedad de la palabra. Un ejercicio de subjetividad, de libertad y desobediencia, de apropiación impropia de la lengua que consigue tensando el hecho y la concepción más alicorta de la traducción, poniendo en el centro las relaciones que el proceso establece, subvirtiendo las lógicas dominantes del lenguaje.
Se hacen presentes en ese proceso las posibilidades (del arte) de dar forma y hacer texto, de mostrar una interioridad y mantener un diálogo, de ocupar un espacio, superponer tiempos, desplegar una experiencia, evocar recuerdos y afectos y, sobre todo, visibilizar el vínculo que hace posible el relato en el encuentro entre dos personas y dos lenguas, aprendiendo a convivir con lo extranjero sin intentar anular su diferencia. Y resuena aquí, como un eco, la posibilidad del arte de hablar políticamente. O, como dice Marie-José Mondzain, que el campo de lo visible o lo sensible, en tanto que lugar de creación (de alegría y de libertad), sea vinculo cultural, social, humano, «a la vez simbólico, emotivo, sensible y por ello mismo un vínculo a secas», espacio político, «vida política en el sentido griego» y posibilidad de vida en común, de convivencia.
Sin embargo, como decías en tu carta anterior, no podemos pensar en la posibilidad política del arte sin acercarnos a de qué manera las políticas, en su sentido mas inmediato, atraviesan el arte y hacen posible la creación contemporánea, es decir, en qué medida colaboran en pensar el presente, dar forma a una comunidad y fortalecer un contexto. Las políticas de apoyo y articulación para las artes deben facilitar la experimentación, promoviendo la diversidad y proponiendo nuevas maneras de pensar el mundo. Deben ser políticas que faciliten la comunicación entre diferentes, entre «cualquieras», creando ecosistemas complejos, y articulando territorios.
Aquí, en Lisboa y en Portugal, hay iniciativas que han permitido un ecosistema artístico a varios niveles, apoyado sobre todo por un programa estatal (DGArtes) que funciona con un sistema de subvenciones cuadrienales y apoya todo tipo de iniciativas culturales de muy variadas tipologías. A nivel municipal, en Lisboa está EGEAC, una empresa pública de cultura que engloba todos los equipamientos municipales y la acción cultural independiente, dotada de 22 millones de euros. O Ágora, en Oporto, con 13 millones de euros… para una ciudad de 250.000 habitantes! Pero te quería hablar específicamente de las Galerias Municipais, presentes en ambas ciudades y dependientes de sus ayuntamientos. En Lisboa constan de cinco equipamientos, cada uno de carácter singular (se ubican en edificios de interés urbanístico, histórico y patrimonial): son polos de producción, exposición, publicación, archivo y producción de discurso, y cada galería tiene una línea propia, trabajada con cuidado y rigor por equipos profesionales, creando un verdadero contexto de trabajo para los artistas y los trabajadores culturales de la ciudad, desarrollando un tejido compacto y dinámico. Lo que les otorga una operatividad envidiable es que se han desarrollado en el tiempo al margen de intereses partidistas (o al menos hasta ahora). Quizá lo más cercano en nuestro país sean la red de iniciativas del Gobierno Vasco, como Eremuak, o el CoNCA en Cataluña, con planes estratégicos de cultura elaborados por un vasto número de agentes culturales y dotados de medios y presupuestos que han permitido una actividad sostenida para las artes.
Escribiendo y pensando en esta cuestión de las políticas culturales, una cierta inquietud va tomando forma: la falta de políticas culturales sólidas, diseñadas de la mano de la comunidad, corre el riesgo de debilitar el tejido creativo y ciudadano. En lugar de potenciar el pensamiento contemporáneo y la construcción de un presente compartido, se dificulta la creación de nuevos relatos y de los vínculos necesarios para imaginar otros futuros. Confiscado el lenguaje al servicio de pasados gloriosos —con frecuencia inventados—, los recursos se orientan excesivamente hacia visiones nostálgicas o perfiles conservadores que cuentan con desorbitados presupuestos, o hacia propuestas comerciales que quizás no requerirían del apoyo público si las políticas se centraran en lo común.
Decía «hasta ahora» más arriba porque… mientras termino este texto, sendos directores de un museo y un teatro pertenecientes a EGEAC, en Lisboa, han sido apartados de sus cargos: profesionales brillantes que habían llenado de sentido y personas sus instituciones. Proyectos con un gran éxito social: el Museo de Aljube, que revisaba tanto la historia colonial como otras historias, y el Teatro de Bairro Alto (TBA), con un programa experimental de altísimo nivel en los campos de la danza, la performance o las prácticas teatrales. Propuestas que plantean la diversidad en nuestro mundo o que revisan relatos históricos hegemónicos no pueden existir en los gobiernos apoyados por la ultraderecha, necesaria ahora para el gobierno de la ciudad. El autoritarismo avanza, implacable, por doquier y la cultura es, de nuevo, confiscada. Ahora bien ¿acaso la necesidad de controlar la cultura no demostraría su importancia y centralidad?
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