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Un escritor se despide

Kingsley Amis, Martin Amis, Pat Kavanagh y Julian Barnes en 1978.

Kingsley Amis, Martin Amis, Pat Kavanagh y Julian Barnes en 1978. / Ángela Gorgas

Susana Fortes

Susana Fortes

Algunas de las cosas más hermosas del mundo las he visto desde el aire. A través de la ventanilla de un avión. Los Alpes al amanecer en un viaje sorpresa de París a Milán leyendo una novela de Julian Barnes, claro que eso era una escena que ocurría a su vez dentro de otra novela (una de las mías), así que no estoy completamente segura de que fuera verdad. Lo que sí es verdad es que Barnes y yo mantuvimos unas cuantas conversaciones, algunas muy serias, casi todas divertidas.

Siempre tuve debilidad por los escritores ingleses de los ochenta, aquel grupito de Oxford, los que salían en la foto de la revista Granta, la llamada Best of Young British Novelists. La mayoría fue publicada en España por Anagrama. Jorge Herralde, con su habitual ojo clínico, los calificó con un símil deportivo: The dream team. El equipo perfecto. Lo fueron. A su manera, claro. Barnes, Rushdie, Ishiguro, Hitchens, Ian McEwan, Martin Amis…

Con Martín Amis también tuve mis más y mis menos cuando él estaba en el apogeo de su éxito literario y ocupaba la mejor mansión de Notting Hill y yo vivía de alquiler en el mismo barrio, en una habitación de treinta metros cuadrados donde cabían todos mis sueños, apretándolos mucho. Una tarde lo vi pasar por Portobello Road con una chaqueta de ante preciosa y los periódicos bajo el brazo, aunque no sé si fiarme mucho de mis recuerdos, porque eso ocurría también dentro de otra novela que por aquel entonces estaba escribiendo en Londres. Julian Barnes y Martin Amis fueron amigos. Muy amigos. Pero acabaron peleados. Nada nuevo entre escritores por otra parte. Con ellos aprendí los juegos metaliterarios y esas cosas.

La memoria se va transformando cada vez que las olas arrastran hasta la playa los restos de un barco. Da igual que barco. O dicho de otro modo «El tiempo es un océano pero termina en la orilla», como cantaba Bob Dylan. De eso precisamente va Despedidas de Barnes.

No es exactamente una novela. Ni quizá sea un libro para todos los públicos. Está a medio camino entre la ficción, el ensayo, las memorias, o vete-tú-a-saber, como todos los suyos. Barnes reflexiona sobre el amor, la pérdida, la amistad, el duelo, los recuerdos y el lugar que ocupa la literatura en todo esto. Y se despide.

Tampoco es una despedida cómo podríamos imaginar. En las primeras páginas ya nos avisa que este libro será el último suyo, pero nos advierte que no esperemos grandes aforismos ni verdades filosóficas de última hora. No los esperábamos, desde luego, tratándose de él. Nunca fue de soltar sermones. Sin embargo…- continua diciendo como quien se guarda un último as en la manga con la misma voz que si estuviese contándonos un cuento al calor de la chimenea- Sin embargo, dentro del libro hay una historia.

Y es verdad. Se trata de la historia de Jean y Stephan, dos compañeros suyos de la Universidad a quienes el autor prometió que jamás convertiría sus vidas en material literario. La promesa que más veces rompen los escritores (aviso para navegantes). Ambos se conocieron de estudiantes y fue él propio Barnes quien los presentó. Así que tenemos un amor del pasado que se malogró y rompió una amistad. Y un reencuentro a tres bandas, muchas décadas más tarde, que no sabemos si funcionará, porque el escritor utiliza a sus amigos como si fueran los personajes de una novela a los que puede conducir a su antojo. Y claro… El riesgo de confundir la vida con la literatura es que el escritor quedé atrapado en medio del fuego amigo. Pero Barnes sabe muy bien lo que se trae entre manos. No sabemos qué hay de real en todo lo que nos cuenta. Nos basta su verdad literaria.

El motivo por el que Barnes y Amis se pelearon tuvo que ver con la forma en que Amis rompió con su agente literaria Pat Kavanagh, (esposa de Barnes) para irse con el famoso representante de escritores americano, Andrew Wyle, conocido como el chacal. Las maneras no debieron de ser muy corteses.

«Cuando alguien te hace daño, con el tiempo puedes perdonarle»- confesó Barnes en una entrevista- «Pero si hace daño a la persona que tú más amas y se comporta con ella de un modo vil, es imposible. Con los años Pat lo perdonó, pero yo no podía».

Martin Amis nunca entendió esa dureza de su amigo. Cuando ya estaba muriéndose le envió lo que era claramente su email de despedida. El correo decía: «Mi salud es precaria, como sabes, pero la moral no va tan mal». Volvía a ser el Martin de siempre, como en sus mejores tiempos de Oxford. El chico de la chaqueta de ante y los periódicos bajo el brazo, el joven destroyer. Entonces Barnes bajó la espada.

El tiempo pasa para todos. Tampoco él se encontraba demasiado bien. Desde hace algunos años arrastra una enfermedad incurable, aunque tratable como la vida, lo que podría llevarnos a pensar que esta Despedidas es una novela triste. Para nada. A lo largo de 200 páginas destila humor, ironía, anécdotas graciosas y réplicas desternillantes.

Barnes podía conseguir que un país entero se partiera de risa cuando participaba en una charla. También es uno de los mejores narradores de su época.

Sin embargo jamás se dio importancia. Nunca quiso ser un escritor didáctico. Ni se le ocurrió decirle a los lectores cómo pensar ni cómo vivir. Ni mucho menos por dónde debían cruzar la calle. Su relación con los lectores es de otra naturaleza. Para muchos de nosotros se ha convertido en un amigo más íntimo, fiel e interesante que la inmensa mayoría de los que frecuentamos en la vida real. Así que su despedida se parece más a la imagen de dos personas en la terraza de un café de una ciudad indefinida, de un país cualquiera, de clima preferiblemente templado, compartiendo un cerveza. Están sentados uno al lado del otro, viendo pasar la vida, intercambiando algún comentario de vez en cuando, como: «¿Qué piensas tú de esa pareja, están casados o teniendo una aventura?». O «¿Adónde irá tan deprisa ese cura?», «No parece que vaya a llover, ¿no?», «¿Tú crees que existe un Dios? Ya sabes que yo no». Murmullos de una conversación cotidiana que a los dos les hace sentirse realmente acompañados.

Por eso cuando al final Barnes descansa un momento la mano en nuestro antebrazo, antes de esfumarse, ocurre algo extrañísimo que pasa muy poca veces en la Literatura. No contaré de qué se trata, porque es algo que corresponde al lector descubrir. Pero sí diré que cuando sucede es una especie de maravilla, como ver arder unas ramitas de noche en la arena del desierto.

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