Heroicas mujeres del pueblo
Miguel Ángel Villena recoge en ‘Republicanas’ (Tusquets) las vidas de las únicas nueve mujeres que se sentaron en un escaño durante las tres legislaturas de la Segunda República

Portada de 'Republicanas', de Miguel Ángel Villena. / Tusquets
Bajo un paraguas que la protegía del sol, agobiada por el calor e intentando hacerse oír por encima del sonido de las campanas, es muy probable que, a finales del verano de 1933, María de Lejárraga se preguntase por qué había dicho que sí. Cuando llamaron a la puerta de su chalet en Cagnes-sur-Mer, en la Costa Azul, con la propuesta, dudó. Acabó diciendo que sí: que iría de número dos de la candidatura del PSOE por Granada para las elecciones de ese año, las segundas generales de la Segunda República. Así se acabó su retiro dorado y su temporada de lamerse las heridas después de que su marido, que estampó su nombre en todos los libros escritos por la autora durante años, la dejara por una actriz. Y así acabó, entre el verano y el otoño de 1933, haciendo campaña en Guadix para, más adelante, sentarse en el Congreso como diputada.
"Mientras la escritora arengaba a la multitud congregada en la plaza, se percató de que tenía que elevar continuamente la voz porque su discurso no llegaba al gentío. La culpa la tenía un continuo volteo de campanas en una iglesia cercana que no paró durante todo el mitin. Supieron los candidatos más tarde que las fuerzas vivas habían sobornado al campanero para que reventara el mitin". El episodio -las campanas como arma política- lo cuenta el periodista e historiador valenciano Miguel Ángel Villena (colaborador de Levante-EMV) en su ensayo Republicanas. Revolución, guerra y exilio de nueve diputadas (Tusquets). Una obra que es biografía grupal, manual de historia y casi se lee como novela coral.
María de Lejárraga es una de las únicas nueve mujeres que tuvieron escaño como diputadas en las tres legislaturas de la II República Española. Fueron la propia Lejárraga (PSOE), Clara Campoamor (Partido Radical), Victoria Kent (Partido Radical-Socialista), Margarita Nelken (PSOE y PCE), Dolores Ibárruri, más conocida como Pasionaria (PCE), pero también las menos reivindicadas Matilde de la Torre (PSOE), Veneranda García-Blanco (PSOE y, en los 40, PCE), Francisca Bohígas (CEDA) y Julia Álvarez Resano (PSOE).
En Republicanas, Villena, autor también de Victoria Kent. Una pasión republicana (Debate, 2007) y Ciudadano Azaña. Biografía del símbolo de la II República (Península, 2010), narra cronológicamente la historia de esos años de eclosión: de construcción institucional republicana pero también de vaivenes e incertidumbres. También relata el golpe de Estado, la guerra civil y las décadas oscuras del franquismo, que machacaron todos los avances y masacraron a quienes los habían hecho posibles. Y esa época de esperanza -primero- y de negrura -después- la entreteje con las biografías fragmentadas de estas nueve diputadas que, ante sus centenares de compañeros masculinos en el Congreso, representaron a toda una generación de mujeres.
En esa generación, recalca el autor, hay abogadas, escritoras, artistas, pero también profesoras, herederas, hijas de familias de tradición obrera. Mujeres diversas que escapan de toda imagen monolítica y simplificadora. Tanto es así que dos de ellas, Campoamor y Kent, protagonizaron un ya mítico -y muchas veces tergiversado- debate sobre el voto femenino en el Congreso. Un episodio de 1931 que también recoge el libro. "Señores diputados, yo no creo, no puedo creer, que la mujer sea un peligro para la República. En otras partes, digo yo, está el peligro del cura y de la reacción, no en la mujer. Yo he visto a la mujer reaccionar frente a la dictadura y con la República. Lo que pudiera ser un peligro es que la mujer pensara que la dictadura la quiso atraer, aunque fuera concediéndole la igualdad en la nada y que la República la rechaza", proclamaba Campoamor al hemiciclo. Contestaba Kent que creía que no era "el momento de otorgar el voto a la mujer española". "Lo dice una mujer que, en el momento crítico de decirlo, renuncia a su ideal", añadía. La tesis de Villena es que el tacticismo del partido de Kent no venció ni convenció y el debate recibió una especie de castigo social: en 1933, ni Campoamor ni Kent consiguieron ser elegidas como diputadas.
En el relato de Villena aparecen las palabras de ellas, pero también las que se dijeron sobre ellas. Muchas veces, las que dijeron los hombres que las despreciaban. Se recoge, por ejemplo, un artículo en prensa sobre Victoria Kent a la que se llama "esa gran lumbrera de las mujeres zocatas, que no saben hacer batas ni zurcir las zancajeras ni despumar el puchero ni hacer una ensaladilla y pierden la campanilla envenenando al obrero, que ni entienden de oraciones ni de cosas femeninas". Tampoco entendía de oraciones, a juicio de sus vecinos de Llanes, Veneranda García-Blanco, de quien se llegó a decir que "llevaba el demonio dentro" por ser socialista.
Eso, entre otras lindezas. Como las que tuvo que escuchar Julia Álvarez Resano, casada con Amancio Muñoz, también diputado socialista. A ellos se refería irónicamente Azaña como "los reyes católicos". Los conservadores, por su parte, la tildaban de "la puta del Congreso" por haberse casado con un hombre divorciado y, quizá también, por el imperdonable pecado de ser una mujer progresista en un cargo de representación.
"Heroicas mujeres"
"Todo el país vibra de indignación ante los desalmados que quieren, por el fuego y el terror, sumir a la España democrática y popular en un infierno de terror. Pero no pasarán; España entera está en pie de lucha". Las palabras de Pasionaria, Dolores Ibárruri, ante el golpe de Estado franquista y la guerra civil han sido leídas, repetidas y hasta estampadas en pancartas y camisetas en miles de ocasiones. Pero son un reflejo de la participación de muchas de las diputadas en la guerra civil. Villena relata cómo la mayoría de ellas participaron activamente, algunas fueron a visitar el frente, muchas ayudaron a la evacuación de refugiados, en la organización de hospitales u hospicios. Defendieron la República con las armas, ya fueran estas metafóricas o literales.
Mientras lo hacían, las arengaba, convertida ya en símbolo, Pasionaria: "Mujeres, heroicas mujeres del pueblo, acordaos del heroísmo de las mujeres asturianas; luchad vosotras al lado de los hombres para defender el pan y la libertad de vuestros hijos amenazados". Escribía Lejárraga sobre ella: "Los rebeldes, los vencidos, los muertos, los encarcelados, los atormentados eran los suyos, pueblo como ella, sangre de su sangre. El pueblo que la oía, y especialmente las mujeres, arrastrado por ella, hubiera marchado sin vacilación, si ella hubiera iniciado la marcha, a morir o matar".
También marchó sin vacilación Margarita Nelken. Lo cuenta ella misma en un escrito recogido en Republicanas, sin épica y sin grandilocuencia: "Durante el asedio del Alcázar yo fui varias veces a Toledo: pegándome a las murallas del Alcázar repetidamente hablé a los del interior, en particular a las mujeres allí tenidas como rehenes. Y cuando se vio que ya era inminente la pérdida de Toledo, por órdenes de Largo Caballero, y con todo sigilo, saqué el tesoro de la catedral y lo traje a Madrid, al Banco de España. Lo traje en un camión conducido por unos compañeros". Mujeres que luchan al lado de los hombres, como exclamaba Ibárruri.
El "desván de la historia"
También durante y después de la guerra, la mayoría de ellas corrieron la misma suerte que sus compañeros de filas masculinos. Ocho de las nueve diputadas tuvieron que exiliarse. Solo se quedó en España Francisca Bohígas, representante de la derecha de la CEDA. Si se hubieran quedado, reconoce Villena, es muy probable que se hubieran enfrentado, en el mejor de los casos, a la cárcel o, directamente, a pelotones de fusilamiento.
Así que parten al exilio, que no es tan sencillo como suena. Cinco de ellas recalan en México. Pasionaria, primero en Francia y posteriormente en la Unión Soviética. El periplo de Lejárraga es más largo y complicado: Francia, México, Estados Unidos, Argentina. Una odisea.
"Pasajes de la memoria de los vencidos, y todavía más de las vencidas, permanecen en sombra y no sin dificultades buscan la luz tras una Transición en la que se hizo tabla rasa del periodo republicano", escribe Miguel Ángel Villena.
Campoamor, Kent, Ibárruri y Lejárraga han sido estudiadas y reivindicadas, pero no sus compañeras. En cualquier otro país, lo más probable es que Matilde de la Torre, Julia Álvarez Resano, Francisca Bohígas o Veneranda García-Blanco tendrían calles, plazas e institutos a su nombre. Cómo no reconocer, por ejemplo, a la primera mujer de la historia que fue gobernadora civil (Álvarez) o a una pionera periodista y escritora que hizo crónica de un tiempo único en la historia de España (De la Torre). Pero critica Villena que han sido relegadas al "desván de la historia", aun hoy. Por eso, el autor decide nombrar al epílogo de su libro como una promesa: ‘Perdonar, sí; olvidar, no’.
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