El silencio gritado de Alfons Cervera
Los jóvenes de la periferia (la cercana, la de València) a los que la Transición marginó y estigmatizó, encadenándolos a crisis, drogas, hurtos y cárceles, esos a los que algunos llamaron «quinquis», son a los que Alfons Cervera otorga el presente del pasado en su nueva novela, ‘Singapur’, una evolución natural en una narrativa muy personal

Alfons Cervera presenta en la librería Arribada Llibres de València su última novela 'Singapur' / José Manuel López
«Hondo es el pozo del pasado. Es más, podríamos llamarlo insondable». Así comienza José y sus hermanos, de Thomas Mann, para hablarnos de la memoria; una memoria a la que el narrador de Singapur —la última novela de Alfons Cervera— le cambia la figura metafórica, pero no el sentido. No es un pozo, sino un circuito de Fórmula 1 lleno de curvas por las que unas veces se transita más rápido y otras más lento; unas veces se avanza y otras se retrocede o se llega a la vía muerta del abandono que rescata la escritura, aunque «tampoco sé si se puede escribir sin torceduras de la memoria lo que recordamos», nos dice el narrador.
La memoria es una constante en la literatura de Alfons Cervera. No es una poética, sino una ética y una acción política en el tiempo presente, algo que lo diferencia de esos narradores de la «memoria histórica» dados a la justicia poética acalladora de conciencias. Rastrear la memoria no es construir un aggiornamento del relato oficial para llenar el vacío institucional que impuso el silencio de la Transición en la configuración de nuestra democracia incompleta; es un acto de resistencia, de dignidad y de voz colectiva para aquellos a quienes el silencio, el miedo y el dolor del largo franquismo convirtió en fantasmas. La memoria es el presente del pasado para entender no solo qué somos, sino, lo que es más importante, cómo somos.
Toda la obra narrativa de Cervera gira en torno a esta memoria ética y política. Ya lo exploró en su ‘Ciclo de la Memoria’ (El color del crepúsculo, Maquis, La noche inmóvil, La sombra del cielo, Aquel invierno), llevándonos desde el microcosmos mítico de Los Yesares a la ruptura del olvido impuesto por la dictadura y la Transición. También lo hizo en su ciclo familiar (Esas vidas, Otro mundo, Claudio, mira, Tantas lágrimas han corrido desde hoy...), convirtiendo a sus padres y hermano en metáforas del silencio. Y, finalmente, lo ha hecho con su propia biografía en novelas como La noche que los Beatles llegaron a Barcelona, Todo lejos o El boxeador, para contar el paso de lo rural a lo urbano tras el Plan de Estabilización de 1959. A este último grupo pertenece Singapur.
La nueva novela de Cervera nos habla de los barrios periféricos que se convirtieron en zonas de aluvión con gentes venidas de todas partes, con su hambre y su «no futuro». Barrios como el Pozo del Tío Raimundo, en Madrid, o Torre Baró, en Barcelona. O como nuestros Nazaret, La Fonteta, Las Casitas Rosas, la Fuensanta, Campanar, el Barrio del Cristo o el Barrio de la Luz, en los que al éxodo rural se añadía la memoria de quienes lo habían perdido todo en la riada de 1957.

Alfons Cervera / José Manuel López
En estos barrios del desarrollismo nació una generación de jóvenes que no encajaban en el sistema ni eran absorbidos por él; una generación que sabía que nunca alcanzaría el futuro. Jóvenes de la periferia a los que la Transición marginó y estigmatizó, encadenándolos a las crisis, las drogas, los hurtos y las cárceles. A estos jóvenes, a los que algunos llamaron «quinquis», les otorga Alfons Cervera el presente del pasado en Singapur, siempre con la dignidad de quien pierde la batalla, pero jamás con la moral de la derrota.
Esta novela es un paso más en la evolución natural de la narrativa de Cervera, siempre fiel al grito político. El relato posee todas las señas de identidad de su literatura: desde el narrador ondulante al monólogo interior polifónico y los capítulos breves, sin olvidar el hipérbaton y la aliteración, su oralidad y su poesía del desgarro. Con un hilo argumental sencillo y pocos personajes, teje una constelación de la memoria de clase: del «qué somos» y «aquí hemos llegado». Es una historia de coches y seres abandonados en descampados, de huidas imposibles que recuerdan al Chevrolet de Javier Maqua, a quien Cervera dedica la obra.
Singapur es un collage de memoria. Es un Ford Fiesta, un descampado, el bar Kaola. Es un aluvión de vidas —Lola, Manuela, María, Lomax, Chispa, Búnker, Marisa, Silvio...—, de tebeos y novelas del Oeste donde nunca falta Silver Kane. De hurtos en el Continente, de drogas y de fronteras. Un «cómo somos» que nos obliga a reflexionar sobre la Cañada Real en Madrid, o nuestras chabolas de Pinedo, el cauce del Turia o la desembocadura del Carraixet. Singapur son las canciones de El Fary, Los Chunguitos, Madonna, Tom Waits y Patti Smith; melodías que activan las emociones de un tiempo que, como dice el autor al final de la novela, «solo nos daba para ver pasar la vida sin saber que la vida era otra cosa lejos de los barrizales de nuestras calles». Y esto, hoy más que nunca, sigue siendo el «silencio gritado» de muchas personas periféricas con viejas y nuevas mochilas, a los que la extrema derecha con su populismo y perversidad dice darles la voz ante el abandono de una izquierda aburguesada.
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