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¿Quiénes son los monstruos?

Kondo construye una historia de gran lirismo a partir de la cruel capacidad del ser humano de reírse de la diferencia ajena

La barca de los cinco colores. Yoko Kondo y Gallo Nero

La barca de los cinco colores. Yoko Kondo y Gallo Nero / Levante-EMV

Ávaro Pons y Noelia Ibarra

València

Los espectadores que acudieron al estreno en 1932 de Freaks pensaban que la nueva película de Tod Browning, tras el éxito de su adaptación de la novela de Bram Stoker, les proporcionaría un buen rato de sustos, pero no que les congelaría la sangre en sus butacas. Mostrar en pantalla a los que se escondían hasta entonces en las oscuridades de las barracas de feria, sin el filtro de los maquillajes, solo con la veracidad de lo real, trasladaba la monstruosidad de los cuerpos deformes a las mentes de los que miraban. Una realidad insostenible que hundió la película, reconvertida en título de culto que solo enseñaba abiertamente lo que siempre había llenado los carromatos de los circos. La barca de los cinco colores, de Yoko Kondo (Gallo Nero, traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés) adapta un relato de Yasumi Tsuhara para recordarnos que esa realidad ha sido global y atemporal. La cruel capacidad del ser humano de reírse de la diferencia ajena constituye la base para la historia de cinco personas que coinciden en recorrer en su barca el país exhibiéndose como monstruos de feria, siguiendo un río que es tanto geográfico como vital, moviéndose en la periferia de una existencia donde es mejor ser invisibles en lo cotidiano, relegados a la visibilidad del rechazo.

Kondo construye una historia de gran lirismo, definiendo con precisión a cada uno de los personajes, pero coincidentes en la percepción de una idea descarnada de la supervivencia que lleva a la resignación ante un destino de sufrimiento, a la asimilación del odio como parte de la normalidad. Pero dentro de esa mirada poética, la autora japonesa no evita los elementos más perturbadores, desde esa sociedad que actúa como el verdadero monstruo ante todo aquello que no encaja con las normas aceptadas. Da igual que sean diferencias en la forma del cuerpo o en la manera de amar… Son vistos como monstruosidades que les permiten proyectar los sentimientos podridos que esconde, en una ceguera colectiva que inhumaniza, que persigue.

Sin embargo, las viñetas permiten también encontrar una humanidad que no depende de cómo son percibidos los cuerpos y que evita el discurso maniqueo de una bondad disneyniana para descubrir que esa familia encontrada y aceptada esconde sus secretos, sus miserias, diluyendo el concepto de bondad en una vida real que no sabe de bien y mal, quizás tan solo de fingidas felicidades efímeras.

Desde ese blanco y negro con estilo deudor de Tatsumi, Kondo va creando un escenario de podredumbre sobre el que los colores de la barca nos generarán la sinestesia necesaria para embarcarnos en una lectura diferente, incluyendo elementos fantásticos que comienzan a conducir la historia hacia un sutil juego de máscaras, en el que el contexto histórico de la II Guerra Mundial actúa de escenario para que esos protagonistas que no han elegido serlo actúen según sus ilusiones o sus aspiraciones. Esas que antes solo quedaban en el espacio de los silencios, de las miradas esquivadas, de esos ojos que miran desde la deformidad con la lucidez de una tristeza infinita, que se saben objeto de otras miradas en las que no existe empatía, sino rencor y resentimiento ante todo aquello que sea diferente. Liberados de la realidad, el relato se dirige al espacio de unas ilusiones de normalidad, de aceptación de la diferencia, que tras lo leído se nos antojan como utopías de difícil resolución. Como si la realidad no tuviera salida, ni siquiera la posibilidad de la esperanza.

Una obra que plantea esa pregunta tan universal como la existencia de la humanidad: ¿quiénes son realmente los monstruos?

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