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Otra liga

El Roig Arena, como espacio que coloca a València en los itinerarios de las grandes giras, se inauguró realmente en mi opinión con la parada del ‘tour’ de Hans Zimmer, toda una prueba de fuego

Hans Zimmer, en el Roig Arena

Hans Zimmer, en el Roig Arena / Ricardo Rubio

Enrique Monfort

València

Escribo estas líneas a la mañana siguiente de la visita de Hans Zimmer al Roig Arena, al que acudí como ciudadano, tras abonar 200 euros por dos entradas, con 26 euros de gastos de gestión, año y medio antes del concierto, el mismo día que salieron a la venta. Aun así, no eran las mejores entradas del recinto, sino las mejores que pude conseguir. Cuando me senté en mi butaca, de primera fila de anfiteatro, me encontré un respaldo algo recto para mi maltrecha espalda, a una distancia de teleobjetivo corto del escenario, y pensé que a lo mejor había pagado un poco de más para lo que, a fin de cuentas, sólo era otro concierto. Tres horas y pico después me había gastado aún más dinero y me dolía un poco más la espalda. Por el contrario, cambié de parecer sobre el precio de las entradas. Me pareció una auténtica ganga. Y no, no había sido un concierto como cualquier otro.

Hans Zimmer en el Roig Arena de València

Hans Zimmer en el Roig Arena de València / Mao

El Roig Arena nos ha puesto a distancia de paseo un tipo de espectáculo que antes sólo asociábamos a recintos que estaban a horas de vuelo. Sólo en una infraestructura así de ambiciosa puede resultar técnicamente posible y económicamente rentable haber montado un artefacto escénico tan desafiante como el de esta gira con este nivel de precisión. Mis felicitaciones públicas, que privadas ya las di, al equipo de programación de este nuevo auditorio por haber elegido precisamente este como el primer evento en salir a la venta, extensibles a todo el equipo técnico. En mi opinión, el Roig Arena, como espacio que coloca a València en los itinerarios de las grandes giras, se inauguró realmente con esta parada, toda una prueba de fuego. Hay en este periódico una crónica bien prolija del show firmada por María Bas, por lo que sería redundante explayarme sobre este particular. Las redes, además, deben de estar llenas de stories, reels, carruseles, estados y demás activos sobre lo vivido. Sólo puedo criticar que los silencios del Roig Arena no son tan pulsantes, vibrantes y ensordecedores como los que te ofrece la cercanía de un club de jazz, un auditorio o un teatro, pero es algo que parece bastante de perogrullo. El sonido es, como casi todo, de otra liga y no sólo por potencia sino también por control.

Sin embargo, aunque València gana recintos, escala y grandes eventos, por el camino también ha ido perdiendo algunos de sus pequeños lugares de descubrimiento. Había, por ejemplo, una tienda de artículos cinematográficos que era, en mi recuerdo, una caverna de las maravillas. Estaba en el Pasaje Artis y se llamaba, como no podía ser de otra manera, Rosebud. Allí adquirí, hace ya 35 años, la banda sonora de Thelma & Louise. Era, básicamente, una recopilación de canciones country que salían en la película, salvo el último track, un tema original de un tal Hans Zimmer, titulado Thunderbird, con una fascinante intro de guitarra y electrónica, en honor al descapotable protagonista de esa road movie. Me sonaba un poco a Dire Straits, pero, sobre todo, se veía como metal cromado destelleando en el desierto. Esa película también nos trajo a Brad Pitt y a Geena Davis, que años después se la pegaría con una de piratas. Curiosamente, fue otra de piratas la que convirtió a Zimmer, con toda justicia, en una superestrella mundial. Un auténtico dibujante de la música que ha trasmutado lo épico en popular y lo popular en épico con una técnica compositiva única, especialmente en su binomio con el director británico Christopher Nolan. Que Zimmer haya acabado en esta otra liga parece natural. Lo verdaderamente nuevo es que València tenga ya un recinto capaz de albergarla, aunque en el camino haya ido perdiendo lugares como Rosebud, donde la música se descubría de otra manera. Esa es también una pequeña paradoja generacional: mis hijos ya han podido disfrutar, en los escasos meses que lleva abierto el Roig Arena, de partidos de basket europeo, acrobacias de motocross y ahora de conciertos ‘world tour’ de los que sólo pasaban a 9.000 metros de altitud rumbo a otro aeropuerto, como esas ciudades del flyover country americano: lugares que los aviones sobrevuelan camino de otra parte. Pero nunca han podido perder la tarde en Rosebud, rebuscando entre cedés de novedades esperando descubrir, al llegar a casa, que en esa oblea de plástico sonara un compositor que, sin que tú lo imaginaras, fuera a llenar estadios.

Hans Zimmer llena el Roig Arena

Hans Zimmer llena el Roig Arena / Mao

El jazz, por otra parte, me temo, no pertenece a esta escala de los estadios y tendrá que jugar su liga. O no, al menos, el jazz más atávico, por más que haya unos pocos artistas que orbitan en torno a esa etiqueta y que, por tirón comercial, repertorio o perfil de público, podrían defender un recinto así. Además, el llamado Auditorio, una sala más pequeña dentro del Roig Arena, tiene un aforo equivalente al de otros espacios de la ciudad. Por ello, sería estupendo que en València hubiera una infraestructura para esa otra escala, más ambiciosa que la del teatro o el club, pero lejos todavía de la lógica del estadio.

Es materia quizá, si mi editor no se enfada, de otra columna: la ausencia en la ciudad de un auditorio estable al aire libre, con las condiciones adecuadas, tanto acústicas como estructurales, y el dimensionamiento preciso para este tipo de conciertos no tan multitudinarios, algo a medio camino entre el Hollywood Bowl y el Grec de Barcelona, en un lugar como, quizá, el nuevo Parque de Desembocadura. Ya casi se ha olvidado, pero València tuvo algo parecido a lo que describo en Viveros, en lo que hoy es la explanada, y hubo algún intento después de su derribo, en los años cincuenta o sesenta, de reconstruir algo allí. Pero, como les digo, eso es otra historia que quizá ahora convenga volver a poner sobre la mesa.

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