El sentido de una historia

La periodista valenciana Emilia Bolinches / Levante-EMV

Un día encontró en casa una carpeta de color verde. Estaba llena de papeles que habían traspasado la frontera hacia lo desconocido. Dormían ahí desde hacía años. Ella ya ni los recordaba. Los sacó, igual los alisó con la palma de una mano o las puntas de los dedos. Entre todos aquellos papeles destacaban las cartas. Muchas cartas. De las de antes, de las que se escribían cuando los tiempos eran otros y en algunas cosas tan distintos. No daba crédito a lo que leía en algunas de ellas, de las cartas digo. De muchas era ella misma la autora y en otras aparecía como destinataria. Su nombre: Emi. Diminutivo de Emilia. Apellido Bolinches. Una periodista de toda la vida. Curtida en ese oficio que hoy atraviesa tal vez su momento más difícil. No entro ahora en las razones. Son además bastante obvias. Las redes. La falta de transparencia a la hora de declarar públicamente de dónde sale la pasta para que el negocio no sea un pacto entre tiburones. O entre mafiosos. El auge del fascismo también en los medios.
Desde muy joven, Emilia Bolinches, niña de familia bien y conservadora como tocaba a gente de su clase, sintió que el periodismo era lo suyo. Adelante con los faroles. Pasaron los años y, como en los boleros, nos vamos llenando de recuerdos y de olvidos. También le pasó a la autora de Cartas marcadas, el libro que cuenta una parte importante de su propia historia. Cuando se trata de un texto «basado en hechos reales» me saltan las alarmas. Como dice precisamente Pilar Carrera en Basado en hechos reales, esa referencia sirve casi siempre como reclamo del mercado y tiene poco o nada que ver con la realidad. En este caso esas alarmas no me hacían falta. Llevo siglos compartiendo oficio y amistad con la periodista y escritora y lo único que me faltaba saber, con el libro delante, era lo más importante: qué escritura apuntalaba la historia que se cuenta en sus páginas. Porque, a fin de cuentas, no nos equivoquemos: una historia se salva o se condena por su escritura. Me da igual que sea realidad o ficción: la escritura no miente. Estoy harto de que muchos truhanes de la literatura se agarren a la milonga de que en la ficción cabe todo. En la ficción no cabe todo: en la ficción sólo cabe la verdad. En la carpeta verde que Emilia Bolinches descubre después de tanto tiempo habita esa verdad. Ella prefiere, para explicar lo que escribe, el término de «autoficción». A mí -como a su admirada Annie Ernaux- me gusta más el de «novela». Pero no importa cómo se llame lo que encontramos en un libro donde nada se sale de su sitio. Bien lo afirma Vivian Gornick en La situación y la historia: «Lo ocurrido a quien escribe da igual; lo que importa es el sentido amplio que quien escribe es capaz de extraer de lo ocurrido». No resulta fácil conseguir ese sentido cuando se trata de escarbar en la confusión de los años transcurridos, deslindar lo importante de lo superfluo, sujetar los excesos si tenemos en cuenta que el libro tiene nada más y nada menos que seiscientas veinticuatro páginas. Y yo, que miro los libros gordos con el morro torcido…
«Los periodistas -y Emilia Bolinches es, sobre todo, una periodista de oficio- tenemos a menudo dificultades para encararnos con los sucesos del pasado». Son palabras del breve, intenso y aclaratorio prólogo de Adolf Beltran para adentrarnos en cómo la escritura periodística y la estrictamente literaria están condicionadas por el tiempo. La inmediatez, la fijación de los hechos que nos exige la primera. El punto de sosiego que necesita la segunda porque «somos conscientes, casi por instinto, de que nos adentramos en otro tipo de terreno que reclama recursos con los que no estamos tan acostumbrados a movernos». Las cartas que encuentra la periodista después de casi haberlas olvidado se convierten en riquísima materia literaria. Faltaba llenarlas de vida, traerlas al presente, ver qué demonios se hace cuando el pasado regresa y los recuerdos -siempre fluctuantes- se agolpan en un barullo sentimental que te vuelve la cabeza del revés. El coronavirus estuvo a punto de acabar con la vida de la protagonista. La correspondencia cruzada con los otros personajes de la historia ponía a prueba el paso de la escritura periodística a la literaria. Al final, la ciencia consiguió dominar las embestidas del bicho. Y, también finalmente, la escritura de Cartas marcadas sentenciaba una vez más que el riesgo estaba saldado a favor de un libro que rezuma verdad de la buena por donde lo abras.
Los sueños de una joven periodista se ven alterados cuando conoce a un colega que empezaba a ser ilustre: Jesús Hermida. Se cruzan cartas durante mucho tiempo. Se ven algunas veces. Aquí, allá, en todas partes, como cantaban mis Beatles inmortales. Es la parte más extensa de un libro que crece a cada página como crecen a cada página los libros excelentes: sacudiendo la tranquilidad de la lectura, diciéndote que el pasado nunca pasa del todo y eso resulta tan inquietante como cuando la muerte se anuncia y nadie conoce cómo decir adiós a lo que fuimos, sacándote sin compasión ninguna de la zona de confort en que a veces sin darnos cuenta nos instala la nostalgia. Otras cartas hablan de su relación con Vicente, el amigo de la juventud, de los veranos familiares en Benidorm, de una vida compartida hasta que la vida ya es algo que se parece poco a los veranos. Porque este libro inmenso cuenta el fin de una época, las traiciones de clase de las que tanto sabía y escribía Annie Ernaux (aunque una y otra pertenecieran a clases diferentes), saber lo difícil que resulta salir como si tal cosa después de ponerte a conversar con los recuerdos.
Un día de hace poco tiempo Emilia Bolinches encontró una carpeta de color verde que andaba perdida en los rincones más oscuros de la casa y descubrió que ella misma era, no sólo la protagonista de la historia, sino su propia escritura.
Desdoblarse en dos Emilia y Emi, querer ser una y la otra al mismo tiempo y que quien las lee esté deseando todo el rato que ojalá esa historia no se acabara nunca. No la historia que nos cuenta magistralmente Emilia Bolinches en Cartas marcadas no: no sólo eso sino y seguramente sobre todo su escritura.
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