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La gran discípula de Goya, rescatada del olvido del tiempo

Sergio del Molino firma con ‘La hija’ su novela más ambiciosa, una portentosa recreación de la vida de Rosario Weiss, criada y adiestrada por el pintor

La gran discípula de Goya

La gran discípula de Goya / Pablo García

Javier García Recio

En su aún corta carrera como novelista (comenzó en 2012 con No habrá más enemigo), Sergio del Molino (Madrid, 1979) ha tenido una querencia especial por las narraciones híbridas, o a caballo, entre un personaje o acontecimiento histórico y la ficción que sostiene y engrandece dicho relato histórico. De esa atracción surgieron relatos tan depurados como Los alemanes, Calomarde y Un tal González.

Ahora el escritor ha encontrado el tiempo y el espacio y, sobre todo, la conjunción ideal de los genios que alimentan su talento para abordar, en La hija, la historia de Rosario Weiss, discípula y ahijada de Francisco de Goya, su hija para muchos, y de quien aprendió a pintar y dibujar para convertirse en una gran retratista y litógrafa pese a vivir solo 28 años.

Dicho esto, hay que señalar que en La hija hay una superioridad palpable respecto a sus trabajos anteriores. Por ambición literaria, por sus pretensiones de recreación histórica, por su lenguaje tan apropiado al fondo y a la forma del relato, esta novela supone un significativo paso adelante de un escritor que ha ido creciendo con los años hasta conseguir este relato monumental de la vida de dos personajes como Goya y Rosario y de una época histórica tan denostada y olvidada como el periodo del absolutismo de Fernando VII.

Dos escenarios

Del Molino reparte su relato en dos momentos distintos. En el primero, más alimentado por la ficción, la historia es contada por Juan Antonio Rascón, conde de Rascón, periodista y amigo de la familia, quien estuvo enamorado de Rosario y recrea los años de la pintora en Madrid tras la muerte de Goya y el escenario liberal de la capital, recompuesta tras sacudirse los abusos del rey absolutista.

En el segundo, es el propio escritor el que toma el pulso del relato mientras contempla, cautivado, el autorretrato que exhibe el Museo del Prado desde octubre de 2024, donde Rosario se representa a sí misma como una alegoría de La atención. En este segundo escenario, Del Molino reconstruye la vida de la pintora, una vida que muchos han intentado borrar con el ridículo e inútil argumento de que no hiciese sombra a Goya, sin pensar que no hay sombra posible que oscurezca el genio del maestro.

El autor resalta lo que es imposible de borrar, que Rosario, a quien llamaban Rosarito o Mariquita, pasó su infancia y adolescencia junto a Goya, que este sintió siempre una debilidad absoluta y pasional por ella, que fue la niña de sus ojos, que se encargó de su educación pictórica y que ambos mantuvieron una relación intimísima y cómplice hasta la muerte del pintor en 1828.

Rosario había nacido en octubre de 1814 en casa de Isidoro, un joyero de origen alemán. Además de Guillermo, había otro hermano mayor y cuando su madre Leocadia Zorrilla se separó del joyero se quedó con Guillermo y Rosario, mientras que el mayor se quedó con su padre. Luego Goya y Leocadia, parientes lejanos, compartieron casa y cama. Rosario se crió allí y conocía a Goya desde siempre, como un padre, su casa era La Quinta, la Quinta del Sordo que llamaron después. Rosario vivió en la Quinta tres años, de los 6 a los 9. Él le enseñaba a pintar mientras pintaba; no le daba instrucciones sino que la dejaba hacer y luego le decía cómo conseguir el efecto del volumen, cómo modular las sombras o corregir las proporciones o las leyes de la perspectiva, y tanto él como Leocadia le dejaban hacer y vivir como le viniera en gana.

Cuando Goya dejó la Quinta para marchar a Burdeos, Rosario quedó al cuidado de don Tiburcio, un arquitecto amigo de Goya. En su casa Rosario se dedicó a copiar los Caprichos de Goya, también, de la mano del arquitecto aprendió el dibujo técnico, que le valió años después. Más de un año después, marchó con su madre y su hermano Guillermo a Burdeos. Tenía 10 años, era 1824. Cuatro años después, moría Goya y se iniciaba uno de los periodos más negros de Rosario. Javier, el hijo del pintor, que detestaba a Leocadia y a la niña, llegó y las desahució sin nada, las echó a la calle apenas sin nada. No tenían derecho a nada de las inversiones y propiedades que había logrado Goya en vida. No encontraron ningún documento en el que Goya les otorgara algo, y Javier, el hijo, fue despiadado. Se mudaron a un pequeño apartamento de dos habitaciones.

Regreso a España

Cuando las cosas estaban peor para ellas comenzó Rosario a hacer dinero con su trabajo. Primero fue una litografía que vendió muchas copias entre los exiliados españoles. Fermín Remón, el antiguo amigo de Goya, la introdujo en el mundo del retrato y Rosario empezó a retratar a la burguesía de Burdeos. Así hasta que en marzo de 1833 el rey declaró la amnistía para todos los exiliados que no fueran rebeldes. Rosario, su madre y Guillermo volvieron a España. Rosario, tras vivir ocho años en Francia, ya era una mujer.

Volvemos aquí a la primera parte del relato donde nos habla Juan Antonio Rascón, conde de Rascón, que pasa por un enamorado de Rosario en los años de la pintora en Madrid. Primero conoció a su hermano Guillermo, que se ganaba la vida importando pianos de Francia para venderlos en Madrid, un hombre bien conocido en el Madrid liberal y progresista. En el entresuelo de su almacén estaba la vivienda donde vivían su madre, doña Leocadia y su hermana Rosario, la pintora.

Desde el inicio de conocerse ella le hizo saber que no podía casarse, que estaba casada con sus pinceles y sus lápices. Fue el de ellos un amor de paseos y risas. Rosario le sacaba siete años, era una mujer imponente. En esos años se ganaba la vida como retratista. Ella hacía del silencio su vida, lo necesitaba para dominar su arte, para pasar el día observando con paciencia, meditando entre sombras y volúmenes.

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