Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Estellés traducido al castellano

Al menos, una vez en la vida

‘Llibre de Meravelles’ de Estellés fue el libro que a Rafa Lahuerta le explicó la derrota de València y transformó su melancolía en conciencia. Y con el que soñó escribir algún día una carta de amor a su ciudad. El autor de ‘Noruega’ celebra ahora la traducción al castellano realizada por Paco Cerdà, porque «en manos de la poesía, el castellano no es el enemigo, es el cómplice necesario»

Mural de Estellés en Xàtiva

Mural de Estellés en Xàtiva / Perales Iborra

Rafa Lahuerta

Rafa Lahuerta

La primera vez que leí el Llibre de meravelles aún encendía bengalas en el paravalanchas del gol norte de Mestalla. Ese era yo, un muchacho atrapado en aquel delirio de fútbol y ruido, un joven airado y confundido. Tenía 19 años recién cumplidos, mi padre había muerto en primavera, y el horno de la calle Zurradores, mi primera casa, acababa de ser demolido y reducido a escombros en apenas una mañana. Lo vi en directo, acongojado, con lágrimas en los ojos, sin entender esa rabia que me atenazaba, sin saber ponerle palabras a ese dolor. Pocos meses después ya recorría la ciudad en bicicleta con el poemario de Vicent Andrés Estellés en la mochila. No era James Joyce reconstruyendo el material inflamable de Cos mortal, era un joven herido que necesitaba salir de su agujero en una ciudad olvidada por todos, masacrada como pocas, una ciudad a la que le habían hurtado las palabras, la memoria, el registro de su más íntima sustancia metafísica. En esa ciudad latía la poesía de Vicent Andrés Estellés. Ni siquiera era un canto patriótico, era mucho más. Llibre de Meravelles era el libro que explicaba la derrota, que encogía el alma, que transformaba la melancolía en conciencia. Poema a poema, verso a verso, Valencia se fue transformando ante mis ojos. El poder de la lengua utilizada, la lengua silenciada, la lengua de mi padre, fue adquiriendo vigor entre las calles. Lo comprendí todo gracias a Per Exemple, me llené de ternura con Una aigua bruta i trista, lloré desconsoladamente con l’ofici. Vi a mis abuelos en el obrador de la calle Cuenca, a mis tíos, a mi siempre añorado padre trajinando con la pala en la boca del horno. Vi ese oficio ancestral que yo no sabía defender con el coraje con el que mis antepasados lo habían hecho. Pensé, tras leer El cant de Vicent, que si la vida me daba salud y tiempo, mi única ambición sería esa, escribir algún día mi pequeño salmo, mi carta de amor a esa ciudad que vivía envuelta en una mentira; a ratos ostentación impostada, a ratos imposición coercitiva. Ahora ya sé que mi ambición era desmesurada y que la poesía es muy peligrosa. La poesía, la literatura, es subversiva, es revolucionaria, es sanadora, es barata. La poesía no busca la solemnidad, encuentra la vida. Es tan peligrosa que el poder acaba inventando mil maneras para desacreditar a quienes más y mejor cuentan las miserias que provocan la codicia y el egoísmo de unos pocos. De ese estiércol surge la esperanza. No es una esperanza de misa mayor y flores a la virgen. Es la esperanza de la lucidez, de la toma de conciencia, del respeto al prójimo, del amor propio y la dignidad. Es peligrosa la poesía. No se pliega dócilmente ante los discursos dominantes, no compra la caricia maleable de la publicidad, no enarbola banderas manchadas de sangre. Por eso mataban a los poetas, o los silenciaban, o los volvían enemigos de un pueblo que en muchas ocasiones sólo podía sobrevivir a duras penas. Esa era la Valencia de Vicent Andrés Estellés. Ya no era la mía, pero sí la que yo heredé. Como tantos otros mastiqué un solar, un desarraigo, una pena silenciada y en tránsito de ser olvidada. La memoria molesta, la memoria duele. La memoria no aspira a la revancha, aspira siempre a la alegría. Por eso es tan peligroso y necesario este Llibre de Meravelles, por eso sigue interpelando con una potencia inaudita. Ya no se mata a los poetas, ya no se les silencia. Lo han hecho muy bien los verdugos, hay que reconocerlo. En las burbujas de buen tono, la violencia se ha vuelto sutil, casi caricia en forma de chantaje. Ya nadie lee a los poetas. ¿Para qué? En tiempos de ansiolíticos, en tiempos de depresiones inducidas por la maquinaria aplastante del poder neoliberal, en tiempos de carencias espirituales, en tiempos de miseria moral y cinismo a raudales, la poesía es más necesaria que nunca. La poesía calma, serena, obliga a prestar atención al rumor imprescindible de la conciencia. En los versos de Vicent Andrés Estellés, una ciudad cosida a machetazos por sus enemigos declarados deja de ser una máscara idealizada para convertirse en escenario real del miedo y del silencio, del duelo sostenido y las cautelas inducidas, del hambre y la ignorancia de los más, privados del lenguaje, sin palabras, sin derechos, sin poder siquiera utilizar en público la lengua que hablaban en casa. Esa fue la ciudad de nuestros abuelos, la de nuestros padres, la que heredamos. Ahora parece amable, y a ratos lo es. Amable a fuerza de olvido, de resignación, de mirar hacia otro lado, de caminar hacia el cadalso de los parques temáticos. Pero no es verdad, ese disfraz no explica la historia, no da con el tono. Estellés si supo dar con la voz que reflejara la verdad escondida y silenciada. Leerle es asomarse a un destierro doloroso. Ese pozo es una cicatriz luminosa. La pena levanta el vuelo, la pena se transforma en luz. El poeta no busca revancha, busca consuelo, algo de justicia, una reparación lírica a heridas que ya no pueden sanar. No es un pacto de silencio, es un pacto adulto entre adultos necesitados de mirarse a los ojos y tenderse la mano en igualdad de oportunidades. Es un pacto de misericordia y progreso, esas palabras que Josep Vicent Boira suele utilizar para explicar lo que fue la mejor Valencia posible, lo que debe ser Valencia: misericordia y progreso. La misericordia no es caridad, no es paternalismo, no es bajar la cabeza ante el cacique de turno. El progreso no es la depredación del territorio, ni la claudicación ante los mercaderes del templo. Misericordia y progreso son un solo estandarte. Es educación, es responsabilidad, es libertad, es urbanismo saludable, es alegría, la alegría que nace de la convivencia civilizada, ese misterio que se nos hurta como si fuera una maldición, como si leer, pensar y querer desde la bondad y no desde el afán de posesión fueran hijos del aburrimiento. También, eso parece, la alegría fue secuestrada en nombre del alboroto y la imposición del ruido. Que Paco Cerdà haya traducido al castellano Llibre de Meravelles es una inmejorable noticia para todos. En manos de la poesía, el castellano no es el enemigo, es el cómplice necesario, mi lengua materna sin ir más lejos, una lengua a la que no pienso renunciar jamás. Ni siquiera es necesario justificarse. No lo hago. Leer a Vicent Andrés Estellés en castellano tampoco es una novedad. Uno de sus mejores libros, Primera soledad, fue escrito en la lengua de Cervantes. Se trata de un poemario colosal, un libro que mira a los ojos al Mortal y Rosa de Francisco Umbral, un poemario que estuvo perdido durante más de 30 años, un libro casi clandestino. Se asocia a Estellés con la poesía patriótica valenciana y se olvida que es un poeta superior, con una obra que no desentona entre los grandes poetas europeos del siglo XX. Cambian las palabras, pero se mantiene la música y la mirada. En ese sentido, el trabajo de Paco Cerdà es sobresaliente. Lo es también el prólogo, un vibrante homenaje al abuelo del traductor, ese electricista de Burjassot que forraba con papel los libros de su paisano para que nadie supiera lo que estaba leyendo. Ese hombre, que vio como fusilaban a su padre en los muros de Paterna, habría valorado enormemente el trabajo de su nieto. Cualquier lector castellanoparlante lo hará: en Valencia, en el resto de España, en Sudamérica. En Paco Cerdà se dan las tres virtudes que convierten la literatura en pasión indiscutible: sensibilidad, respeto y una clara convicción en el poder sanador del lenguaje. Al menos una vez en la vida, hay que leer este Libro de maravillas, en valenciano o en castellano; es un regalo igualmente. No es la gran novela del Cap i Casal, es mucho más: es el gran libro de Valencia durante la postguerra. Es, sin caer en la hipérbole, sin recurrir al énfasis, un poemario maravilloso, la clau que obri tots els panys de l’obra del fill del forner.

*Rafa Lahuerta es autor de Noruega y La promesa del divendres

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents