Dialéctica necesaria del arte y el poder
La política tiende a entender el arte de una manera instrumental: el ejemplo de la ciudad de València

Unos sintecho en la nave del Parc Central / JM LOPEZ
Nacho París
Querida Nuria:
Nada que ver. Lo que me cuentas sobre las políticas culturales de apoyo al arte contemporáneo que, desde hace años, llevan a cabo los ayuntamientos de Lisboa y Oporto no existen en València. Y digo nada que ver, porque nada pone este ayuntamiento ante nuestro ojos. Nada que ver ni casa que habitar. Y luego vamos nosotros, los de aquí, como mirando por encima del hombro a nuestros vecinos lusitanos. Yo creo que hablar de las políticas culturales de apoyo al arte contemporáneo en esta ciudad no tiene ningún sentido porque no existe ni actividad, ni un plan estratégico, ni un proyecto. Y si lo hubiera, resulta patente a la mirada cotidiana que nunca se ha ejecutado. Así que no hay nada sobre lo que hablar. Es un puro desinterés. Ni plan, ni criterio, ni maquinaria, ni espacio. Ni una estructura institucional ni una infraestructura que funcione con continuidad. También es cierto que la cosa no es de ahora, que viene de antiguo. Supongo que con la presencia en la ciudad de espacios gobernados por otras instituciones ya se sienten eximidos.
El Ayuntamiento de València mantiene la Beca Velázquez, el Premi Senyera d’Arts Visuals, algún premio para artistas menores de treinta años y una tímida y rácana presencia en el Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana. Poco más. Poco bagaje. Esfuerzo dominical, y gracias. La alcaldesa Catalá habla de «revolución cultural» y pienso en Mao y su gran purga ideológica y me extraña la referencia, pero luego propone tres nuevos museos y veo que habla de otra cosa: el Museo del Mar, el Centro de Interpretación del Santo Cáliz, y el Espai Manolo Valdés, ahora con su «monolito/manolito» y todo. Que le gusta mucho, el manolito, y ha sido fácil —dice el artista—. Este manolito no es de piedra ni de una sola pieza, y parece que no celebra ni conmemora nada, salvo al propio Manolo y su «espai», o acaso la ciudad como parque temático. Allí donde irá el museo, ahora habitan la noche algunos, de los que no tienen casa. Que cada vez hay más gente durmiendo en la calle. Supongo que más adelante, no les dejarán dormir al abrigo de las esculturas. Quizá el manolito celebre algún día que se les ha facilitado alojamiento y que esta ciudad se humaniza.
Pero por encima de todo está esa vocación sorollista, que tampoco es de ahora y viene de antiguo, y suena en su versión actual improvisada, que igualmente hay que buscarle, como a los migrantes, casa y amparo legal. Hay que ver donde se aloja y como se paga el alquiler de una colección ajena. Y aventuro que nos saldrá caro carísimo este rescate de una entidad privada estadounidense. (Esto del derroche, es otra cosa que viene de antiguo). Y luego tenemos las esculturas de Mortadelo y Filemón, que no sé si les parecen algo más modernas o populares. Nada de esto es arte contemporáneo y Manolo Valdés más que arte es monumento. Nada de esto es, —ni el manolito, ni Mortadelo— en su sentido riguroso, arte público; que eso debiera ser otra cosa, algo nacido del trabajo de los artistas en diálogo con el entorno físico y humano que van a ocupar. Y como aquí vamos hablando de arte y pensamiento crítico pues todo se nos queda un poco fuera. Pero al poder local, si algo les sirve para la identidad valenciana, para la autoafirmación, pues bien. Aunque les falta rigor en el dibujo conceptual. Yo, por ejemplo, lo de Mortadelo y Filemón lo encuentro algo forzado.
Que los poderes tienden a entender el arte de una manera instrumental, nunca como fin en si mismo, es cosa que —otra vez— no es de ahora y viene de antiguo. Les interesa la rentabilidad política: la cosa simbólica o identitaria, la propaganda, y finalmente en los tiempos del capitalismo tardío les sirve para la especulación urbana, o como reclamo turístico. Es cierto, además, que los discursos más abiertamente críticos a menudo a los poderes se les atragantan un poco. Luego aprenden a resignificarlos, a integrarlos, y ya no pasa nada. Digo —por poner ejemplos históricos— Goya, revolucionario para la República, patriota irredento y antifrancés para la dictadura; o el Guernica, cuadro antifascista para el exilio y los vencidos, y simplemente pacifista para el posfranquismo. Que, como decía Bergamín, aquel despliegue de seguridad con el que llegó y su famosa urna/pecera, no protegían al cuadro, si no a la sociedad española de su discurso furioso e irredento. Ocurre aquí que las imágenes nos miran según los saberes, las sensibilidades o las creencias de un tiempo, de un lugar, de un grupo social; y así se explica que, por ejemplo, la Piedad de Oteiza de la Basílica de Arantzazu pudiera llegar a ser símbolo de la lucha abertzale. Luego, con el tiempo, los mismos artistas, si les va bien, muchos se amansan y ya no discuten. Hay como una tensión sexual no resuelta entre el arte y el poder. Pero siempre ha habido una dialéctica (negativa diría Adorno); alguna forma de negociación. No se hacían ghosting.
En València, la acción colectiva de los artistas y los intelectuales, participando de la vida pública tuvo una dimensión histórica irrepetible y parece que no ha dejado mucha tradición; pienso en la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios (UEAR) o Unión de Escritores y Artistas Proletarios (UEAP), como finalmente sería inscrita; que al gobernador civil de Valencia no le gustaba lo de revolucionarios, cuenta Renau; y la Aliança d’Intel·lectuals per a Defensa de la Cultura. Mucho después el propio Manolo Valdés, cuando su trabajo era la crónica de un tiempo y no la decoración del entorno, fue participe del Col·lectiu d’Artistes Plàstics del País Valencià y anduvo a la revuelta contra las lecturas parciales de la historia del arte que se hacían entonces desde el Ayuntamiento de Valencia. Y lo hizo junto a otros: Genovés, Teixidor, Zamorano, Equipo Realidad, Aguilera Cerni, Tomás Llorens y tutti quanti. Eso era allá por 76, cuando empezaba la Transición y artistas e intelectuales se agrupaban y firmaban manifiestos y participaban como ciudadanos del debate de la época. Después vendría el pragmatismo por arrobas, y los bailes de salón de artistas e intelectuales en palacio. Que cada uno debía cuidar su carrera. Una pena. Quizá, no lo sé, los años setenta fueron el estertor de un sueño. Quizá entonces se incubaba el huevo de la serpiente que ahora viene a devorarnos.
Pero volviendo al aquí y ahora, lo que si creo es que hay (o debiera haber) dinero y esfuerzo y voluntad política para todos, y diálogo con todos. A lo mejor las conversaciones sobre arte que tiene este ayuntamiento no debieran ser solo en Nueva York. Como no debieran ser incompatibles Sorolla y Manolo Valdés con el arte más joven o experimental o comprometido o presentista. Es más, el dinero público debiera hacer un esfuerzo mayor en proteger o impulsar las formas creativas, las prácticas artísticas que tienen peor inserción en el mercado. Es decir si el poder del mercado, ya ha decidido el valor cultural, simbólico o patrimonial de determinadas obras, el dinero público debiera compensar esa tendencia atendiendo a lo que por su valor experimental o crítico, su complejidad o su condición incipiente, sufre el menosprecio del dinero. El arte y el poder siempre han estado envueltos en un toma y daca, en una dialéctica. En una compleja relación instrumental de amor y odio. Pero hasta el franquismo tuvo en los cincuenta su cintura y su acción promocional con lo que entonces era el «arte nuevo»; y aquí la diputación —también por aquel tiempo— desde su rancio academicismo, fue fundamental en el desarrollo de la carrera artística de los jóvenes de entonces… Nunca es tarde para iniciar un proyecto que debiera nacer del diálogo con aquellos a los que va dirigido (por lo de, si vas a regalar zapatos, preguntar la talla) y tener vocación de duración, de permanencia en el tiempo, y voluntad de fortalecer el tejido creativo de la ciudad, para lo cual hace falta también consenso político. El arte es un fin en sí mismo, una herramienta para la comprensión del mundo (cuando el mundo nos incluye a todos); no debiera ser —aunque lo haya sido— afirmación de un poder político, o económico, o celebración de la abundancia, objeto decorativo, o motor turístico. El retorno social que reclama su inversión es, sin más, la experiencia estética, que nos enriquece o nos entristece, que nos alerta o nos enseña o nos emociona, que nos ilumina o nos oscurece —da igual—. Andan nuestros creadores huérfanos de un apoyo que en otras ciudades sí se recibe, debiera hacerse el esfuerzo de hablar con ellos e iniciar un proyecto.
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