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Ser escritura

Escribir es un acto de transgresión revolucionario bajo el patriarcado. Más si se trata de una mujer trans. O travesti, como Camila Sosa prefiere decirse. La argentina ha pasado al nivel de autora de culto tras el éxito de ‘Las malas’

Camila Sosa Villada

Camila Sosa Villada / Alba Vigaray

Purificació Mascarell

València

Confieso que colecciono textos sobre escritura y vida de autoras. Autobiográficos, desnudos, valientes. Eudora Welty, Marguerite Duras, Annie Ernaux. Quiero entender por qué ellas decidieron dedicarse a crear con el lenguaje, quiero saber cómo compaginaron sus vidas de mujer con esa tarea, pasión, obsesión, que no les correspondía por su género. Edith Wharton, May Sarton, Carmen Martín Gaite. Dice la filósofa Hélène Cixous que las mujeres bajo el patriarcado estamos destinadas al silencio y que el simple hecho de hablar o de escribir, de «decir», ya es un acto de transgresión revolucionario. ¿Cuánto más lo será para una mujer trans? Una mujer que se autocalifica como travesti, pues eso de «lo trans», dice, se ha inventado en Europa y no le convence: travesti conecta mejor con una genealogía secular de transformismo que se pierde en la antigüedad y merece ser reivindicada hoy.

Así opina la argentina Camila Sosa Villada (Córdoba, 1982), convertida en autora de culto tras el éxito de su primera y fulgurante novela, Las malas, traducida a más de veinte idiomas y reconocida por la crítica como una historia poética de desgarro y empoderamiento. En pocos años, la voz de Sosa se ha convertido en un referente de la literatura latinoamericana actual. Ahora, Tusquets le publica un libro inclasificable y bello que parece un dietario, unas notas dictadas por las entrañas, que por momentos adquieren un tono de manifiesto artístico y de declaración —honesta, atrevida— de intenciones literarias. Una confesión y un juego. Porque también hay mucho de elaboración e invención en estos adictivos fragmentos. Al final, La traición de mi lengua es un pequeño ensayo-bomba sobre el sentido de la lengua literaria, de la ficción y del contar(nos) a través de las palabras. Sobre la verdad que hay en la mentira que es la ficción que es la vida.

Como todo lo que escribe Camila, cada fragmento es dinamita, cada frase golpea, incomoda, impacta en el alma convencional y aburguesada que esconde todo lector. En sus páginas están el padre y la madre, ya conocidos gracias a su obra El viaje inútil. Está la dureza inclemente de sus orígenes, la violencia, el erotismo descarnado. Están la prostitución y los hombres y su deseo; también el de ella. Está la niña que fue, el niño que fue obligado a ser. Pero, por encima de todo, está una escritora autoconsciente que reflexiona sobre el acto creativo y lo compara con la gestación de unos hijos que nunca podrá tener: «Quiero traer criaturas al mundo. ¿Qué criaturas? Quiero parir la noche. La superficie honda y púrpura del color de la noche. La noche que una escritora lleva consigo». Está, además, el tono lírico que nos obliga regresar unas líneas arriba y volver a leer, para regodearnos en el placer de la forma, una vez el fondo ya nos ha conmocionado. Qué bien cuenta Sosa: es imposible soltarla.

Este breve libro contiene hallazgos de profundidad filosófica expresados con la clarividencia de quien ha vivido mucho y ha sabido pensar lo vivido. Me ha fascinado este: «Hace poco decidí que la identidad no era nada. Que la identidad era una cárcel. Al final, la identidad solo era un consuelo. Acepté que lo importante era la experiencia. No la percepción que una tiene de sí misma. Eso es chapucería, magia barata. No fue la idea del yo y luego la identidad. Fue la experiencia la que configuró a la travesti. Pero eso es algo que causa repulsión leer, incluso para mí, una sensación de traición a la ingenuidad». He leído todo lo de Judith Butler; Camila Sosa ahonda más en pocas frases rotundas que la mayoría de gruesos tratados sobre identidad. Sí, antes que mujer, que travesti, que puta o que pobre, la identidad que vibra en este texto es la de una escritora en la plenitud de sus facultades, puro estado de gracia. Se agradece su reflexión sobre dominar la lengua, cabalgarla cual potra salvaje para evitar que la gramática de lo previsible nos gobierne y eche a perder el vigor de la lengua que cada cual posee. Nuestra identidad. Un libro que debe leer cualquiera que quiera escribir, seducir y dejar huella.

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