París no era una fiesta

José Martinez Rubio / Levante-EMV

Los sitios donde crecimos sin saber que la vida que habíamos soñado era otra cosa seguramente tan distinta. El barrio por donde anduvo el primer vecindario tal vez imaginando en sus calles embarradas la tierra prometida. De ahí la huida, buscar en otros sitios lo que a lo mejor no existe, entrar a ciegas en la inhóspita oscuridad donde los vagones del Metro han suplantado el correteo de los pájaros por el parque las tardes de lluvia. La poesía que suena a trampa sentimental cuando no sabías que la poesía de verdad poco tiene que ver con ninguna redención y aún menos -infinitamente menos- con ningún sometimiento. Hay que vivir vayas donde vayas, sea cual sea el más apartado rincón del planeta donde abandones la huida para quedarte un rato o toda una vida, como en los boleros.
No sé si alguien mejor que Concha Alós para afirmarme en lo que digo: «Sin nada, con mi piel y mis ojos, he de seguir viviendo. Porque hay que vivir». Lo escribe en Los enanos, para mí una de las mejores novelas -si no la mejor- de la literatura española del siglo XX en castellano. En Todas las promesas, la última y magnífica novela de José Martínez Rubio, la voz que resuena una y otra vez en la cabeza de Joaquín cuando abandona el barrio alto de su ciudad para enrolarse en una troupe de varietés flamencas. Como hacían las gentes del teatro en los años cincuenta del pasado siglo para ganarse el pan por los pueblos de la posguerra, o sea de la dictadura franquista que tan felices hizo a los vencedores y todo lo contrario a los hombres y mujeres de la compañía artística que dirigen Paco y Dolores, ya con el cansancio donde antes habitaron los sueños.
La compañía artística viaja a París. Los círculos españoles del exilio republicano. La mezcla de nostalgia y esa rabia que provoca la cada vez más segura supervivencia de la dictadura. Las canciones que iluminan los días de fiesta contra la tristeza. El amor a contracorriente y a contratodo. Las traiciones. El territorio hostil para ese amor aunque estemos en París y no en algún rincón solitario del barrio alto. Volver o no volver. Todo, en esta hermosa, terriblemente hermosa novela, es como la eterna letra de un bolero. Anduve toda la lectura con las voces de Toña la Negra, de Paquita la del Barrio… Los malditos ojos verdes en la voz gitana de La Paquera de Jerez. Los cuerpos de Joaquín y Adrien en los tugurios oscuros de un París que suda las penas de los banlieus como si no hubiera ninguna diferencia entre la España del franquismo y los enrevesados itinerarios del exilio en Saint-Denis. Conozco ese barrio. He estado en algunos de sus institutos de secundaria con sus estudiantes varias veces. He recorrido sus calles, conocido a quienes, trasladados a la ficción, podrían formar parte de Todas las promesas. Los vagones del Metro hasta las periferias parisinas. La extranjería pobre aunque mucha de esa extranjería ya sea francesa y es como si no lo fuera. Las tierras prometidas son un cuento chino desee que el paraíso bíblico se convirtió en una ratonera.
La lluvia en los adioses
Los sitios de un París que no es el de las postales turísticas. El círculo que se cierra con la mirada puesta en los sitios y la gente que se fueron quedando en el camino. Escapar de la miseria o de lo que fuera. Pero escapar. «En el fondo todos estamos huyendo», dice Adrien. Y recuerdo las novelas de Rafael Chirbes. La huida permanente con el ladrido de los perros en las noches de Mimoun. Aquí las canciones francesas que acompañan la soledad por las periferias del resentimiento: «Je suis seule ce soir avec ma peine, j’ai perdu l’espoir de ton retour» en la voz de Mireille Mathieu cuando Joaquín se queda más solo que la una en el camerino de Dora y la espera interminable. París, «una ciudad helada y oscura», levemente iluminada en los carteles de los locales confusos como el México-City de los encuentros a deshoras. Una ciudad que «te pasa por encima», en la voz de Adrien, que es la del cinismo muchas veces. Sobrevivir como sea, a costa de lo que sea, a costa de quien sea. Hay que vivir como dice creo que María en Los enanos. Ser carne de cañón aunque las ilusiones oculten muchas veces esa condición. Pero, a pesar de todo, vivir, hay que vivir, aunque sepas que «todo lo que conoces está desapareciendo».
Decir adiós a los sueños, pero no a la esperanza por más que los regresos sean imposibles. La lluvia en los adioses. Saber que nunca todo está perdido. No es el París de las fiestas novelescas pero tampoco el que te tiende una emboscada en cada esquina. Adiós a la compañía de artistas y recorrer Joaquín los tramos urbanos entre las estaciones de Metro, «esperando encontrar al otro lado quién sabe qué, acaso una esperanza, acaso que nada haya cambiado entre un tiempo y otro». Los sitios de donde venimos -como en un poema de Eliot que habla del principio y el final- son los mismos que aquellos a los que llegamos. En la novela fascinante que es Todas las promesas el principio y el final están llenos de una niebla que no niega la vida, ni la oscurece o paraliza, sino que la empuja a vivir porque el tiempo, a veces y como cantaban los Stones, puede estar de nuestro lado: «Joaquín aceleró el paso y descendió las escaleras, perdiendo de vista el cielo de Saint-Denis». Y fin de la historia. Pero no de la lectura definitiva -la de ustedes, la mía- que comienza precisamente después de la última página, como suele suceder sólo en las grandes novelas. Sólo en las grandes, ¿vale? Sólo en las grandes.
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