La premiada poesía en prosa de Antonio Moreno
Poeta sensitivo más que intelectual, es capaz de captar los más mínimos movimientos de la luz

Antonio Moreno / Levante-EMV

El poema en prosa exige un difícil equilibrio entre dos modos de escritura, ninguno de los cuales debe imponerse al otro y prevalecer. Y, así como el verso no es prosa cortada, el poema en prosa tampoco es poesía sin estructura versicular. No es, pues, la disposición textual lo que lo determina sino algo que está muy por encima de la composición y que no tiene que ver con sus ingredientes sino con el efecto estético que en el lector produce y que hace que éste sepa reconocerlo como lo que es: poesía en un grado distinto e incluso a veces mayor que aquel al que la tradición nos tiene acostumbrados. Así ha sido desde que Aloysïus Bertrand lo introdujo y Baudelaire lo perfeccionó. Los modernistas hispanoamericanos hicieron de él un atrevido e inteligente uso. Walt Whitman también. Y Juan Ramón Jiménez en su última etapa lo llevó entre nosotros a su punto más alto de expresión. Vicente Aleixandre había experimentado con él en Pasión de la tierra, y Alberti, Lorca y Cernuda se sirvieron también muy adecuadamente de él. Antes que ellos, también lo hicieron, pero de manera muy distinta y diferente, Azorín y Gabriel Miró, cuya prosa mejor puede y debe leerse como si fuera poesía: tal es su lírica intensidad. En la posguerra, lo practicó Blas de Otero y, en la generación del 50, José Ángel Valente, Manuel Álvarez Ortega y Antonio Gamoneda. En la generación del 70 sus máximos representantes han sido Ana María Moix, Leopoldo María Panero y Jenaro Talens. En Francia fue cultivado por Pierre Reverdy, René Char y Francis Ponge, tal vez quien más lejos supo llevarlo. Y, en Estados Unidos, John Ashbery, quien más en él se especializó.
Antonio Moreno (Alicante, 1964), un poeta de amplia y sólida andadura, y admirable traductor de Vicent Andrés Estelles, obtuvo el Premio Vitruvio de poesía con el libro Ventana abierta, todo él compuesto por poemas en prosa y en el que este modo de escritura alcanza altísimo voltaje, intensidad y emoción, gracias a la maestría con que está escrito, la concepción poética que lo impregna, la precisión lingüística que lo informa y la perfección formal que lo caracteriza. Un autor como el filósofo francés del Siglo XVIII Yves-Marie André no habría dudado en calificarlo y definirlo como piece d’esprit, que es tal vez lo que es, porque cumple el requisito estético agustiniano, según el cual omnis pulchritudinis forma unitas est («la unidad es la forma de toda belleza»). Y Ventana abierta es un libro por completo unitario, que se abre con un verso de la Ilíada y cuyo primer texto – titulado ‘Al despertar’- contiene, condensada, más que su poética, el pensamiento poético que lo inspira: «Parece que jamás hubiese dicho nada, que aún la vida fuera a hablar de mí». Y mantiene este mismo clima en todos y cada uno de sus textos. Así, en ‘Cosas’, con su explícita referencia a Chardin, describe «El punto del hallazgo milagroso, cuando la luz reposa en cada objeto dispuesto en la rutina de la mesa (…) y uno es sólo su presencia. Una presencia descansada y pura, a salvo entre las cosas». Por eso, «Increíble parece lo vivido». Una especie de fransciscanismo determina el mundo de este autor, en el que impera una visión plástica de la realidad, una visión muy próxima a la de la pintura metafísica: «El sol se detiene inesperadamente en un tablero con tres vasos vacíos, algunas servilletas de arrugado papel, el amarillo de unos altramuces». Sus percepciones recuerdan a las de Peinado y a las de Morandi. Se entiende así su interés también por Two Plants de Lucian Freud. Y, como en ‘Regalo de Reyes’ se aproxima a esa mímesis neutralizada de Pepe Gimeno, hechas con los más dispares objetos encontrados en las orillas de las playas (conchas, pequeños vidrios de colores todavía con sal y brillo tenue) que nos hacen bracear en el agua de nuestra infancia. Magnífico es su homenaje a Azorín y su ‘Gorrión’, menos próximo al de Catulo que al de Leopardi. Poeta sensitivo más que intelectual, Antonio Moreno es capaz de captar los más mínimos movimientos de la luz y los espectros y fantasmas de las sombras, renovándonos de continuo tanto nuestro modo de sentir como la misma percepción y todo el aparato gnoseológico de nuestra mirada, pues, para él ver y amar siempre fueron lo mismo.
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