Tal vez Islandia
Siete años después de ‘Ordesa’, llega otro «libro salvaje» de Manuel Vilas rompiendo las olas desde el interior

Manuel Vilas presenta su último novela "Islandia". / EFE/David Borrat

«Nunca te cases con una persona de la que no te gustaría divorciarte».
Fue un lunes. A la hora del desayuno, que es cuando pasan las cosas importantes en la vida. Estaba en Galicia. Un día lluvioso y frío de enero con la cafetera y los periódicos encima de la mesa de la cocina. Entonces leí la primera frase: «Hay libros domesticados que te dan la razón, incluso cuando no la tienes».
La columna era de Juan José Millás. Hablaba de libros. De toda clase de libros: ilustrados, vagabundos, de piscifactoría…. hasta que al final acababa: « Y hay libros salvajes, como la lubina del cantábrico, pura plata brillando al sol, que te duele cuando la pescas». Se refería a una novela de Manuel Vilas. Hice lo mismo que mucha gente ese día. Coger el chubasquero, ponerme las botas de agua y salir pitando a una librería de guardia. Conseguí el último ejemplar que quedaba en Cronopios. Fresco del pincho, me dijo Mercedes, la librera. Así fue como llegué a Ordesa.
Lo leí de un tirón esa misma tarde. Hacía mucho tiempo que no me pasaba algo así. Mejor dicho, hacía mucho tiempo que a la Literatura no le pasaba algo así. Un deslumbramiento. El trasfondo es una historia familiar, de memoria íntima, pero acaba siendo un homenaje maravilloso a una generación. Refleja hasta tal punto nuestra herencia sentimental como país en las últimas décadas que si encajamos las piezas, casi acabamos por entender quiénes somos. Se tradujo a decenas de idiomas, recibió premios internacionales y se convirtió en un fenómeno literario con todas las de la ley.
Después Manuel Vilas siguió publicando otros libros con mayor o menor recorrido, pero con la misma tenacidad, porque no es nada fácil sobrevivir a un éxito de semejante calibre. Hasta que repente, casi siete años después, llega Islandia. Otra lubina salvaje.
Hay una frase al principio de la novela que cae como una bomba en la vida del protagonista. Una frase demoledora, pero al mismo tiempo normal y corriente. Es muy difícil que los lectores de este periódico no la hayan escuchado alguna vez. Y si alguno tiene la suerte de no haberla oído aún, que se prepare porque en algún momento la va a oír.
Las palabras que escuchó el narrador -y por teléfono para más inri- fueron: «Ya no estoy enamorada de ti». Punto. No hay vuelta atrás. La frase es una frontera. Ahí se acaba un país y empieza otro. Tal vez Islandia.
Julian Barnes contaba que «unes a dos personas que nunca habían estado juntas y se crea algo nuevo que antes no existía. El mundo cambia». Después, tarde o temprano, en algún momento, por una razón u otra, la cosa se tuerce. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. «Esto resulta difícil de comprender -continúa Barnes- porque parece matemáticamente imposible, pero emocionalmente es posible».
La historia que cuenta Manuel Vilas va de eso y es real. Se trata de su divorcio de la escritora Ana Merino, que en la novela se llama Ada. No me gusta demasiado la palabra «autoficción», prefiero hablar de novelas de carácter autobiográfico y así nos entendemos todos. La mayor parte de los escritores hemos jugado con este registro, pero Vilas lo hace a lo bestia. Sin red. Pone toda la carne en el asador. Cuenta cosas que rozan el límite de lo que se puede contar. ¿Cómo lo consigue? Ni idea.
Él tiene su manera de explicarlo. «En mi cabeza conviven dos figuras. Por un lado está el ciudadano Vilas. Por otro, el escritor que vive dentro de mí y que está permanentemente al acecho de lo que le pasa al ciudadano». Y claro… cuando ocurre un cataclismo en la vida del ciudadano, el escritor entra a saco.
Pero aún más extraordinario que el papel del narrador es el que tiene el personaje de Ada que se comporta en verdad como un hada pelirroja con gafas aceptando el envite. O sea, dándole carta blanca para exponer su intimidad, cosa que entraña más riesgos que una operación a corazón abierto.
-¿Pero también vas a contar eso? – le pregunta escandalizada en algún momento.
- Sí, forma parte de la historia- asiente él sin que se le mueva una ceja.
- ¿Sabes que te digo? que ese personaje que estás creando no soy yo.
Tiene razón, claro. Pero aún así, hace falta ser muy generosa, muy leal y muy idealista para aceptar el reto. Porque la verdad siempre deja algún muerto encima de la mesa.
En la novela el tiempo está partido en dos: antes de la frase y después de la frase. Antes hay escenarios maravillosos: paisajes nevados en Navenport, bosques americanos de arces rojos, ciudades, los Starbucks de Chicago, playas en invierno, el cementerio de Nashville donde los enamorados van buscando la tumba de Johnny Cash, campus universitarios… Un medio ambiente en que el amor campa a sus anchas. ¿Adónde se marchó la ternura?
Lo que hace el protagonista es intentar desesperadamente que todo eso que ha ocurrido antes de llegar a la frontera no se pierda. No desaparezca en el olvido. Intenta salvarlo. Quiere que permanezca en algún sitio. Y no se le ocurre mejor lugar que una novela…
Es su manera de preservar el tesoro. El narrador sufre bastante, como es natural. Sin embargo consigue mantener al lector en gran medida a salvo de ese sufrimiento gracias a la ironía. Hay escenas tan cómicas que superan la hipocondría de Woody Allen, como cuando ella se empeña en que él se haga una biopsia de la nariz a como dé lugar.
-Pero, por el amor de Dios, si es mi santa nariz de toda la vida…. –protesta él camino del matadero.
La melancolía y el humor forman un cóctel delicioso.
Pero ocurre que muy poco antes de que todo salte por los aires, apenas veinticuatro horas antes, los dos enamorados habían hecho juntos con gran ilusión la reserva de vuelo y hotel para un viaje de vacaciones a un país lejano y maravilloso del Atlántico Norte, en el que ninguno de los dos había estado. ¡Veinticuatro horas! Qué pudo pasar en ese breve transcurso de tiempo pertenece a la categoría de los misterios que tiemblan.
El viaje, como todos los grandes viajes, es una aventura en la que ambos descubrirán la costa de un territorio nuevo e inexplorado, que corresponde al lector reconocer o, en cualquier caso, vislumbrar. Para mí ahí acaba la novela. Los epílogos me sobran.
La famosa guionista Nora Ephron tiene una sentencia definitiva sobre este asunto. «Nunca te cases con una persona de la que no te gustaría divorciarte».
Por eso Islandia es una gran historia de amor contada desde el final. Profunda, valiente, tierna, divertida y salvaje. Una lubina del cantábrico rompiendo las olas.
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