Músicas
Cuando celebrar ya no es una opción
Proclamado en 2011 por la Unesco, El Día Internacional del Jazz se despliega cada año el 30 de abril y las ciudades pueden adherirse con actividades. Beirut no lo hará: «No hay ánimo para crear. Hay trauma»

El músico israelí nacido en un ‘kibutz’ Avishai Cohen, en una actuación.
Enrique Monfort
Pocas iniciativas ilustran mejor las aspiraciones —y también los límites— del sistema cultural internacional que el Día Internacional del Jazz. Proclamado en 2011 por la Unesco, con Herbie Hancock como rostro visible, el 30 de abril se despliega cada año como una coreografía global: conciertos, retransmisiones, y una agenda global. El sistema es el siguiente: hay un gran concierto en una ciudad anfitriona (Chicago, este año) y cualquier otra ciudad puede de alguna manera adherirse. Sobre el papel, todo encaja. El jazz como idioma común. Una música nativa de la inmigración, de los márgenes de la fusión de culturas, convertida en herramienta diplomática y global. Beirut era, desde 2022, una de las ciudades que participaba. Pero este año, en Beirut, no habrá celebración.
La Beirut International Jazz Week —que en los últimos años había logrado articular más de treinta conciertos en todo el país— ha sido cancelada. No por falta de programación. «Teníamos casi veinte actuaciones preparadas», explica Youssef Naiim, fundador de la Beirut Jazz Society y organizador del evento, desde un Líbano en mitad de una frágil tregua. «Lo detuvimos todo hace tres o cuatro semanas. Y al final decidimos que no». La decisión no fue solo logística, condicionada por la situación bélica ya que «celebrar ya no es una opción para nosotros, con la cantidad de gente que ha fallecido». El contexto no necesita demasiadas capas de análisis. La escalada militar de Israel en el sur del Líbano, los bombardeos y su impacto directo sobre población civil han marcado las últimas semanas. Naiim habla de muertos en cuestión de minutos, de familias afectadas dentro del propio entorno de los músicos, de un desgaste que ya no es episódico. En ese punto, la pregunta no es si se puede organizar un festival en esas condiciones. Es si tiene sentido hacerlo.
Lo que desde fuera resulta menos evidente es qué tipo de escena es la que se detiene. Beirut no es un lugar periférico en términos jazzísticos. Más bien lo contrario. «Para el tamaño del país, probablemente es la escena más conectada de la región», apunta Naiim. No es una exageración. El jazz tiene en Líbano una historia larga y poco lineal: Louis Armstrong pasó por Beirut en los años cincuenta, y durante décadas el país mantuvo una circulación constante de músicos internacionales, con hitos como el renacido Festival Internacional de Baalbeck, donde el jazz convivía con otras tradiciones en un contexto poco habitual en la región. Al mismo tiempo, esa música fue permeando hacia dentro: en la obra de Ziyad Rahbani —y en toda una generación posterior— el jazz dejó de ser referencia externa para convertirse en material de trabajo. «Ya no es música extranjera. Es parte de nuestra herencia», comenta Naiim.
La Beirut Jazz Society nace precisamente de esa lógica. No es una institución en el sentido clásico —no hay estructura, ni aparato— sino una forma de organizar lo que ya existe. Naiim lo resume con una palabra poco lustrosa pero bastante precisa: facilitador. Facilitar que los músicos toquen, que las salas programen, que el público acuda. Ese modelo ya había demostrado su eficacia cuando las condiciones eran frágiles. Tras el colapso económico de 2020, con la moneda convertida en poco más que «papel simbólico», Naiim impulsó una red de conciertos que permitió sostener a músicos y técnicos durante meses. Ahora ni siquiera eso basta, porque la guerra no solo cancela conciertos. Suspende el marco en el que esos conciertos tenían sentido. «Los músicos dependen de tocar en directo. Y ahora no hay actuaciones». A eso se suma la salida constante de profesionales y una precariedad que deja de ser coyuntural para convertirse en paisaje, en un país que acumula una crisis encima de la otra, como la explosión del puerto de Beirut.
Hay, además, algo más difícil de medir. «No hay ánimo para crear. Hay trauma». No es una metáfora. Es una descripción funcional de una escena en interrupción permanente. En ese contexto, incluso decisiones externas al ámbito musical adquieren otro peso y la presencia de músicos israelíes en el presente o en el horizonte está, en boca de Naiim, «fuera de toda cuestión». Lejos quedan las palabras que nos dijo Avishai Cohen en este periódico en 2010. Cohen, nacido en un kibutz, nos dejó este titular: «La música no para las balas, pero cura las almas», que ahora parece eco de un mundo que quizá ya no exista. Y, sin embargo, la música no desaparece del todo. Se repliega. Algunos músicos han vuelto a tocar en pequeños espacios de Beirut, sin festival, sin relato. Simplemente para sostenerse.
En la orilla más opuesta del Mediterráneo, las cosas son, por fortuna, distintas y el calendario seguirá su curso. En la misma web del Día Internacional del Jazz se puede encontrar la información de los eventos en nuestro territorio que incluyen Alicante, Dénia y el ya tradicional concierto que organiza Sedajazz en Alfafar. Este año será el 8 de mayo y girará en torno a la celebración del centenario de Miles Davis y contará con la actuación estelar de David Pastor. Si pueden acudir, no se lo pierdan. Es gratuito y no se ocurre mejor manera de resistir a estos tiempos.
Por cierto, desde aquí mando un saludo a Rosebud, los rumores de cuyo cierre resultaron tan exagerados como la muerte de Mark Twain. En la calle Pelayo siguen a su servicio.
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