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Entrevista | Bibiana Collado Cabrera Novelista y poeta

Bibiana Collado: "Ser un hombre bueno hoy es revolucionario"

Marcelino, la nueva novela de la escritora valenciana, es un resumen de las dificultades de ser hombre observadas con la mirada de una mujer. Un libro de campo y de amor (del «buen amor») en el que se entreveran prosa y poesía («yo soy poeta», dice de sí) y que afianza la trayectoria de una autora cada vez más reconocida

Bibiana Collado Cabrera, autora de 'Marcelino', en València esta semana.

Bibiana Collado Cabrera, autora de 'Marcelino', en València esta semana. / Fernando Bustamante

Alfons Garcia

Alfons Garcia

València

El encuentro es en un parque cercano a su casa después de una mañana de clases en el instituto de València donde trabaja. Lengua y Literatura, a eso se dedica, y a ser tutora de un grupo de Segundo de Bachillerato. Sonríe al contarlo, no despotrica de los adolescentes (le preocupan más algunos profesores jóvenes) y de vez en cuando se acaricia la incipiente barriga que indica una maternidad en proceso. Curioso, la maternidad y las dificultades para concebir son una parte fundamental de la nueva novela de Bibiana Collado Cabrera, que de las Yeguas exhaustas (siete ediciones) llenas de conciencia de clase y denuncia feminista pasa a tomar prestada la voz de un hombre mayor en un ambiente rural y pobre de posguerra. Un hombre bueno que siente que no encaja, porque es cobarde, a veces frágil y casi nunca sabe lo que debe hacer y decir. Ese es Marcelino, un resumen de las dificultades de ser hombre observadas con la mirada de una mujer. Una novela de amor (sobre el «buen amor») en la que se entreveran prosa y poesía («yo soy poeta», dice de sí) y que afianza la trayectoria de una autora cada vez más reconocida: Pedro Sánchez incluyó Marcelino en sus recomendaciones por Sant Jordi. «En realidad, fue la librería Pérgamo», dice ella. «Muy bonicos. Les tendré que enviar algo». Algo parecido debe de ser la felicidad. Y ella, sin dejar de sonreír, certifica su momento: «Probablemente estoy siendo feliz y no me estoy dando cuenta».

Tenías claro que querías una voz masculina.

Sí, tenía claras varias cosas: una voz masculina, que fuera un hombre mayor —porque no tienen un lugar protagónico— y que fuera de campo para visibilizar esa parte de nuestra identidad. Lo que no estaba planeado fue la inclusión de temas como la maternidad y el duelo, y que coincidieron con mi propio proceso personal intentando ser madre, cuando no podía y pasé por diferentes etapas. Me di cuenta de que eso estaba emergiendo y de que la literatura acompaña la vida casi sin darnos cuenta.

La primera frase («si hubieras visto cómo sangraba») es toda una declaración de intenciones. Es poner en primer lugar lo que no suele estar en la literatura: abortos, sangre y la sexualidad entre gente pobre.

La sangre es un símbolo en la novela; representa lo que nace y lo que muere. Quería poner el aborto desde el primer momento, igual que en Yeguas exhaustas aludía a la menstruación desde la primera línea. Es un gesto en las dos novelas: vamos a mostrar aquello de lo que no se ha hablado.

Bibiana Collado Cabrera, antes de la entrevista.

Bibiana Collado Cabrera, antes de la entrevista. / Fernando Bustamante

¿Una declaración feminista también al hablar del placer femenino de mujeres de campo, no de intelectuales?

Sí, pero mi voluntad deliberada era dar la voz a un hombre. Todo eso que dices, abordarlo desde el otro y dar la oportunidad a esa voz masculina de pensarse, dudar y construirse. Marcelino es un hombre que se cuestiona su masculinidad, siente que no encaja con el modelo de hombre rudo de campo. Él duda y se pregunta cosas, y eso es lo hermoso.

“Nos hicieron creer que la ‘gran novela’ debe ser urbana, como si fuera un marchamo de modernidad y calidad”

También hay amor a mansalva, sin ramos de rosas ni romanticismos vacíos.

Quería dar una oportunidad al buen amor, construido desde un lugar positivo. Es difícil escribir sobre un hombre que quiere a su señora, así de sencillo y revolucionario, porque estamos acostumbrados a los grandes amores tormentosos. El amor entre Marcelino y Encarna es tierno, pasional y perdura.

Usabas el adjetivo ‘revolucionario’. ¿Es revolucionario hoy en día ser un hombre bueno?

Creo que sí. Hay que darles a esos marcelinos la oportunidad de existir, aunque sea a través de la literatura, porque el lenguaje genera realidad. Escribir sobre ellos es poner una piedra para un futuro mejor, para que haya más como Marcelino en la realidad.

Porque los que más se ven hoy son los matones.

Efectivamente. Se trata también de dar una sensación de alivio, porque creo que mucha gente se hace las mismas preguntas que Marcelino pero no las dice, quizá porque no va con el signo de los tiempos.

«Hacerse viejo es muy jodido», dice tu Marcelino. ¿Compartes esa visión?

En estos tiempos tan veloces no hay hueco para las voces pausadas. Me parecía hermoso que un señor mayor hablara de erotismo y sexualidad de forma explícita a lo largo de toda su vida. Quería señalar que ese deseo no se borra con el tiempo ni con la vejez ni con la enfermedad.

“Probablemente estoy siendo feliz y no me estoy dando cuenta”

La clave es «no olvidar que fuiste amado». ¿Es lo esencial para sobrevivir a la vejez?

Completamente.

Otra frase: «El ser humano no está hecho para darse cuenta de que es feliz». ¿Tú eres feliz?

Probablemente estoy siendo feliz y no me estoy dando cuenta. Seguramente dentro de un tiempo pensaré «Qué etapa tan bonita cuando apareció esta novela y además coincidiendo con el embarazo». Sin embargo, voy como corriendo y casi no me da tiempo de disfrutarlo, aunque lo paso bien con la promoción: los clubes de lectura son de los mejores fenómenos de nuestros tiempos, son un lugar para compartir, hablar, gozar y que los libros crezcan.

“El campo nos constituye, aunque nos han convencido de borrarlo”

La novela está narrada con el habla del campo. ¿Es por coherencia expresiva y es una reivindicación del lenguaje de los olvidados?

Es el mayor posicionamiento ideológico de la novela: poner en el centro el habla de la periferia, del campo, que nos constituye aunque hayamos intentado borrarla. No he necesitado trabajo de campo, porque es el lenguaje de nuestra gente mayor. La investigación la habría necesitado para saber cómo habla una adolescente multimillonaria, pero todos venimos del campo. Forma parte de nuestra identidad, aunque nos han convencido de borrarlo. El campo nos constituye, aunque pensemos que estemos atravesados de nuestra vida urbana.

Bibiana Collado Cabrera.

Bibiana Collado Cabrera. / Fernando Bustamante

No hace tanto que la gente lloraba si se le rompía su único par de zapatos. ¿El consumismo nos ha hecho mejores?

La penuria marca. La novela también es una historia de la pobreza y de cómo los personajes se alejan de ella a medida que aparece la sociedad del bienestar y van dejando el campo. Es nuestra historia colectiva: desde vivir en un cerro hasta bajar al pueblo y emigrar a la ciudad.

Y de fondo, el silencio de la guerra, como trasfondo. ¿La guerra es un miedo latente?

Sí. Hay una violencia de baja intensidad que lo atraviesa todo pero que nunca se nombra directamente. Los mecanismos de silenciamiento funcionaban así. Toda tierra tiene su violencia detrás acechando.

¿Vuelven a ser tiempos en los que el miedo gana?

También en forma de baja intensidad. O no tanta.

¿Es una novela de memoria democrática?

También está.

“Algunos consensos se están rompiendo: el feminismo o la visión del franquismo generan batallas que dábamos por superadas”

¿Es necesaria la memoria hoy en este país, cuando parece que todo se rompe?

Es más necesaria que nunca, porque parece que algunos consensos sociales se están rompiendo. Lo vemos en las aulas: temas como el feminismo o la visión del franquismo ahora generan batallas dialécticas que antes dábamos por superadas.

¿Los jóvenes son más radicales, más ultras, más extremados?

Nosotros lo apreciamos de manera muy clara en ellos, pero esos adolescentes y jóvenes no son más que un reflejo de los adultos que les rodean. No son la punta de lanza de nada y muchas veces se les demoniza cuando en realidad ese problema lo tenemos ya todos. El problema me temo que es de todos los niveles y edades.

Un amigo sabio ve algo de Yerma en esta novela.

También Miguel Hernández. También reivindico a Delibes en esa genealogía frente a la idea que nos hicieron creer de que la ‘gran novela moderna’ debe ser urbana y se borró lo otro. Una especie de eslogan desde la Transición, como si fuera un marchamo de modernidad y calidad.

Entonces, ¿qué libro del pasado te hubiera gustado escribir?

Yo soy poeta. La poesía es lo más importante para mí, así que diría el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz. Ahí también está Marcelino.

“Quiero poder no vivir en la precariedad extrema de muchos trabajadores culturales”

¿La vida de escritora empieza a ser como imaginabas?

Siempre supe que quería escribir, aunque no sabía qué era eso de la vida de escritora. Digamos que se va acercando a lo que me gustaría que fuera: una posibilidad de encuentro con los lectores, de intercambio hermoso y de hacer pensar. Escribo porque no puedo evitarlo, pero sobre todo para iniciar conversaciones.

¿Ansías fichar por algún gran sello, escribir ‘la gran novela del siglo XXI’?

Quiero tener la oportunidad de seguir escribiendo y que esa oportunidad también sea económica. Es decir, quiero poder no vivir en la precariedad extrema en la que vivimos muchas veces los trabajadores culturales.

“Dar clase en un instituto es una toma de tierra para saber cómo está la sociedad: te da calle”

O sea, antes escritora que profesora.

No sé si hubiera escrito estos libros sin ser profesora. Dar clase en un instituto es una toma de tierra para saber cómo está la sociedad y no desconectarme de la realidad. Trabajar en un instituto te da calle, como dicen los chavales. Existe un prejuicio clasista contra los profesores de Secundaria, como si fuera un trabajo menor, pero a mí me aporta muchísimo.

¿Cómo es tu relación con el valenciano, la otra lengua de aquí?

Nazco en Borriana y toda mi familia es de Almería, así que mi integración es absoluta. Tengo cosas escritas en poesía en valenciano, lo sigo haciendo y me gustaría publicar un poemario en valenciano. Soy como dos personas distintas según la lengua, porque cada una te permite hablar desde un lugar distinto.

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