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Raúl Núñez: La soledad de los corazones rotos

Efe Eme continúa la recuperación de textos del argentino Raúl Núñez, afincado en València hasta su muerte

Raúl Núñez

Raúl Núñez / Levante-EMV

Alfons Cervera

Alfons Cervera

València

Las novelas y los poemas del escritor argentino Raúl Núñez. Lo que escribió a su manera desde los años sesenta hasta que murió en València la primavera de 1996. Lo conocí literariamente en 1974, cuando publicó un libro de poemas titulado People. Ese pequeño libro editado por Tusquets me abrió las puertas a un mundo que yo seguía por las canciones, por la música de aquellos años: la cultura beat. Sobre todo Bob Dylan, Janis Joplin, Joan Baez, los Beatles y a ratos los Rolling, Jimi Hendrix, los Animals y los Kinks, los Who… más o menos eso alimentaba mis hambres literarias. Pero la verdad es que a la literatura beat no había llegado entonces. O mejor: nada. Aquello de Kerouac, Ginsberg, Burroughs, Corso, Cassady… De eso sabían la tira Uberto Stabile, Fernando Garcín, Rosa Ángeles Fernández, Rafa Camarasa, Cisco Fran con su grupo La Gran Esperanza Blanca y otros como ellos. Y aún menos sabía yo (y creo que tampoco ellos) de la escritura de esas mujeres que siempre ocuparon, con la mayor de las injusticias, un lugar a escondidas en aquella generación: Joyce Johnson, Diane di Prima, Hettie Jones, Ruth Weiss…

People era una antología de sus poemas anteriores. De libros como Poemas de los ángeles náufragos, San John López del Camino y Juglarock. Poesía beat en estado puro. Después, ya en los ochenta, vendría Cannabis Flan. Hace casi veinte años, en la editorial Baile del Sol, Uberto Stabile y yo mismo preparamos la edición de su poesía completa: Marihuana para los pájaros. Y en medio de todo eso, la novela Derrama whisky sobre tu amigo muerto. La poesía desapareció pronto de su mapamundi literario. Llegaban las novelas: Sinatra, La rubia del bar y A solas con Betty Boop. Éxito total. Película de Ventura Pons sobre La rubia del bar. Película de Francesc Betriu arrancando de Sinatra. A la primera le puso música Gato Pérez y correría a cargo de Joaquín Sabina la que, en la segunda, acompañaría las desventuras de Alfredo Landa por una Barcelona llena de personajes que parecían llegados, como muy cerca, de la cara oculta de la luna. En aquellos años no paraba de publicar relatos en revistas, en periódicos, en cualquier medio que le saliera al paso para ganarse la vida.

Esos personajes que rondan lo marciano llenarían las historias que escribió Raúl Núñez a lo largo de toda su trayectoria. En 1988 se instaló en València. Entonces ya hacía mucho que nos conocíamos: en Barcelona, cuando Sinatra, en 1984. Nos hicimos amigos. Al principio, cuando viajaba a València, se quedaba en casa. Ahí descubrió Catedral, de Raymond Carver. Lo recuerdo entrando en su cuarto cada noche con ese libro en una mano y en la otra un vaso de vino tinto. Devoción por Carver, más que por Bukowski y otros por el estilo que también, cómo no, formaban parte de sus querencias más insobornables. Pero, sobre todo, las almas gemelas eran sin ninguna duda Carver y Raúl Núñez. Otro nombre: David González, que sería después, con todas las de la ley, otro de los suyos. Otro de los nuestros: «la poesía / es todo aquello que te deja / cicatrices / en el alma, / en la piel y / por supuesto / en el corazón». Hoy la inflación poética blanquea las cicatrices, las hace desaparecer bajo una insana pasta de maquillaje, las convierte no en un acto de rabiosa subversión sino del más humillante y ridículo de los asentimientos..

Desde hace unos meses, la editorial Efe Eme está publicando de nuevo toda la narrativa de Raúl Núñez. A sus tres novelas añade una inédita que él mismo me dejó en herencia: Fuera de combate. Ahora acaba de asomar la cabeza La chica del K. O. y otros relatos. Escribía Raúl en muchos sitios: Penthouse, Vibraciones, Star, Boom, Bésame mucho, El Viejo Topo… y, ya en València, en Diario 16 y sobre todo en la Cartelera Turia, donde publicaba una sección que ya forma parte de la mítica literaria de aquellos años: El aullido del mudo. Con ese mismo título, en 1994, editaría Juan Puchades en su sello Midons un volumen con esas columnas semanales. Tantos años después, Juan y yo mismo empezaríamos la hermosa tarea de volver a la escritura de Raúl y aquí seguimos. Lo próximo será -posiblemente- un volumen con sus artículos periodísticos, unos artículos que son pura literatura, restos de todos los naufragios por los que nuestro amigo fue cayendo y levantándose como buenamente podía, que no era mucho. El mundo le importaba una mierda. Un vaso de vino cabezón. Una máquina de escribir en la que bailaba alguna tecla y eso se nota en el original de Fuera de combate. Dormir todo el día porque el Valium lo dejaba frito.

En La chica del K. O. y otros relatos salen sus personajes de siempre, ya lo dije. Marcianos totales. Habitantes del absurdo. Y se ponen a vivir amores fatales porque el amor es otra cosa cuando las noches se confunden con las luces parpadeantes de los bares o las farolas de las plazas donde se juntan la soledad de los corazones rotos y la seguridad de que, si la vida de verdad existe, seguro que no es como nos la venden en los anuncios de la tele o las vallas publicitarias que se levantan en las avenidas urbanas.

La próxima semana hará treinta años que se murió Raúl Núñez. Eso es mucho tiempo. De todo, a estas alturas, hace demasiado tiempo. Ya sé que es un topicazo de campeonato, pero toca soltarlo a pesar de todo: nos quedan sus libros, los volvemos a tener a nuestro alcance. Unos libros que andaban desaparecidos o casi desaparecidos. Y vendrán más en los próximos meses. No estaría nada mal, pero nada mal, que ustedes sintieran, al menos, la curiosidad de echarles un vistazo. Ojalá lo hagan, ¿vale? Ojalá lo hagan.

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