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Vida sentimental y creación entrelazadas

María Asunción Mateo construye su nueva novela a partir de un múltiple juego de espejos contrapuestos

María Asunción Mateo

María Asunción Mateo / Levante-EMV

Jaime Siles

Jaime Siles

València

Hace ya mucho tiempo que la novela ha dejado atrás lo que, según Stendhal era - un espejo en el que se reflejaba todo cuanto por delante de él pasaba- para convertirse, como Cervantes ya ejemplificó, en mucho más que en eso: en un proceso capaz de reflejar no sólo una o varias historias artísticamente bien hilvanadas, sino también - y diría que sobre todo- su propio proceso de escritura, entendido como otro espejo, que, sin dejar de ser el mismo, refleja también al propio autor mientras escribe. No otro fue el procedimiento puesto en práctica por Velázquez en Las Meninas, donde el pintor se pinta no sólo a sí mismo en el acto mismo de pintar sino que pinta también a la pintura. La metanarrativa, como la metapoesía, tiene, pues, su propia tradición, que no es otra que la de la modernidad.

María Asunción Mateo (Valencia, 1944) lo sabe: su amplia cultura literaria y su anterior y directa relación con la literatura se lo han enseñado. De ahí que en esta novela suya opte por un modo de contar que no es el usual entre nosotros; que introduzca la inteligencia; y que se muestre crítica con el momento histórico que vivimos y con lo que parece el imperialismo de la trivialidad. En este sentido - como en otros- su libro no tiene desperdicio. Su protagonista, Amira, es una mujer: una escritora de éxito que atraviesa un doble bache, que afecta tanto a su creación como a su vida sentimental. Una y otra aquí se entrelazan como vida y literatura lo suelen siempre hacer. El lector asiste, pues, como un voyeur a las dificultades para seguir escribiendo que Amira, como autora, sufre, pero también a las distintas situaciones que, como mujer, en sus relaciones con los demás se encuentra. En este sentido Conquistarás la lluvia describe dos procesos paralelos: el del crecimiento interior de la protagonista, hasta descubrir su propia identidad, y el de la misma novela, que es el espejo que nos permite doblemente verlo. Podría decirse que es Bildungsroman en la medida en que la protagonista se forma a la vez que escribe su novela y al revés: que la novela alcanza su forma paralelamente a como alcanza su identidad la protagonista. Pero una afirmación así - aun siendo cierta- dejaría sin focalizar la cuidada técnica con que está escrita y que constituye su mérito principal, que es el múltiple juego de espejos por el que vemos desfilar parejas geométricas como las de Diana y Pedro, Elsa y Alexander, Amira e Ian, Amira y Luis Vidal Montanelli, Amira y Jacinto Barea o la de un personaje enigmático, como ese Baker, ese panadero del que sólo sabemos que, además de escribir máximas que expone en el escaparate de su horno, cierra y traspasa el local de su negocio. Es ese múltiple juego de espejos contrapuestos el que constituye el cauce de la novela y configura su arquitectura estructural.

Pero es el flujo de la realidad y de la vida lo que en ella se nos presenta de manera objetiva y de modo tan natural que da la impresión de que nada aquí está ficcionalizado: hasta tal punto se unifican en ella realidad y ficción. Y todo ello, gracias a un estilo ágil, caracterizado por la máxima precisión lingüística y el respeto a la verosimilitud, que, desde Aristóteles, es el requisito exigido a los universos de ficción: esto es, que funcionen de modo que lo imaginario sea real y que lo real sea imaginario sin puntos de fuga ni fisuras ni caídas de tensión. Esta novela contiene, además, no pocos guiños: musicales, unos, y culturales y literarios, otros. Pero sin la menor pretenciosidad, porque todos esos guiños responden a unos referentes no menos reales, al igual que los perfumes, las marcas de ropa y, sobre todo, el peso que la cultura judía, patente en la figura de la madre, tan importante aquí como la de Marga, desempeñan aquí. A ello hay que añadir el adecuado uso del código coloquial y las confidencias propias del lenguaje femenino, que le dan una especial coloratura y tonalidad, visible en la excelente construcción de los diálogos. Hay que llegar a la página 90 para saber lo que quiere decir su título: «Amira, recuerda que la lluvia no se puede conquistar» - le aconseja su madre «ante cualquier empeño imposible». Y eso es lo que , en el final de la novela, aparece aplicado no a ella misma sino a su «cós-mi-ca» amiga Diana, una de las figuras más interesantes del libro y que, por ello, como también Marga, la hermana de Jacinto, debe morir: ambas son chivos expiatorios, como en cierto modo no dejan de serlo Ian y Martina Serna, en este calidoscopio en el que asistimos a la construcción de una identidad, pero también al proceso del género novela como Unamuno nos enseñó.

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