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Una editora en su trinchera

Beatriz de Moura

Beatriz de Moura / CEZARO DE LUCA

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Susana Fortes

Susana Fortes

¿Se acuerda alguien de cómo escribíamos novelas en los noventa? Yo a veces. Tenía un ordenador que era un armatoste del Jurásico con un montón de cables y un monitor como un cajón de carpintero que ocupaba casi toda la mesa del escritorio. Daba clase en un instituto. Era una lectora empedernida que tenía idealizado el mundo de los escritores. Una optimista salvaje.

Todo empezó en un viaje en coche con amigos por la Bretaña francesa. Nos turnábamos para conducir. Llegamos a la Roche Bernard, un pueblecito costero Y allí, en el muelle, reconocí a un viejo amigo. No cabía ninguna duda. Era él. Con sus patillas, su aro en la oreja y su tres cuartos marineros de siempre. La escultura anunciaba una exposición sobre el personaje de cómic de Hugo Pratt que me acompañó toda la adolescencia. Me pareció una señal de los mares.

Mientras esperábamos un barco, nos sentamos en un quiosquito al aire libre y pedimos un café. Yo aproveché aquel rato para escribir una postal. Esas cosas que hacíamos antes. Lo que escribí en la postal decía así: «Mañana plateada de bruma y salitre. Sobre la mesa un café noir. Corto Maltés no está conmigo». Disculpen el arrebato, pero cuando una es joven a veces se exalta en los viajes y tampoco se puede ser Hemingway todas las horas del día.

Les ahorro los detalles de la travesía, valga saber que fue inolvidable. Llegado el momento, el viaje llegó a su fin. Se acabó el verano. Volví a casa. Y en una de esas tardes eternas de principio de curso, por primera vez en mi vida sentí la pulsión de escribir. Abrí un documento y lo primero que se me ocurrió teclear fue exactamente la misma frase que escribí en el quiosquito de la Roche Bernard. Así, con una postal escrita en la costa de Bretaña empieza la novela.

De alguna manera, no sé cómo, conseguí llegar hasta el final. Y cuando estaba dándole vueltas a qué hacer con aquel bicho vivo que me quemaba en las manos, vi el anuncio en el periódico del Premio Nuevos Narradores, convocado por la editorial Tusquets. Recorté la dirección metí el manuscrito en un sobre y en un impulso de optimismo loco, tracatrá, lo envié.

Fue bonito cuando ocurrió. La novela que contra todo pronostico ganó el certamen se tituló Querido Corto Maltés.

Y entonces apareció ella. La editorial estaba en un elegante palacete con jardín, en la zona alta de Barcelona. Cerca del Tibidabo. Ni que decir tiene que yo estaba aterrada, claro. Era mi primer encuentro con una editora mítica. Dura de pelar.

Beatriz de Moura en persona me recibió en su sancta sanctorum, un despacho acristalado dentro del jardín, fumando uno de sus puros Montecristo. No empezamos con buen pie.

—Si te vas a dedicar a esto, convendría que utilizaras un ordenador como dios manda -dijo de mal humor señalando el fajo de fotocopias-. Vamos a tener que picar el manuscrito de nuevo. El disquet no es compatible. Te podemos proporcionar uno en la editorial.

Respondí como me enseñaron en casa.

—Muchas gracias. No será necesario. Creo que me puedo permitir ese gasto- Era una verdad a medias. Entonces los ordenadores costaban un dineral.

A continuación me mostró las galeradas con muchos subrayados en rojo, como los exámenes que están suspensos.

—Diecinueve veces aparece el adjetivo ‘plateado’. No tengo nada en contra, Pero… un poco excesivo ¿no?- dijo, poniendo cara de perdonarme la vida.

Tragué saliva, pero aguanté a pie firme. Aunque a esas alturas ya estaba KO, sudando tinta. Menos mal que entonces entró al rescate Toni López Lamadrid, su pareja y el segundo de a bordo en la editorial. Un tipo encantador que consiguió que las aguas volvieran a su cauce.

¿Qué esperaba? Cuando yo aún no había salido del cascarón, ella ya tenía a Marguerite Duras, Murakami, Kundera, Octavio Paz, Vargas Llosa, Mankel, Semprún…

Los editores tienen su historia, su mito, su contradicción. Abren caminos, zanjan brechas. Hacen sus apuestas. Ella por supuesto estaba a la altura de su leyenda. Era la mejor. En sus tiempos había sido la reina de la noche. La que descubrió a un muchacho colombiano que andaba descarriado, dándoselas de ser Gabriel García Márquez, y resultó que en realidad, era el autor de Cien años de soledad. Ni más ni menos. Esas cosas pasaban en la Barcelona de finales de los sesenta.

Era guapísima, brasileña, hija de un diplomático, divertida, muy viajada, con un carácter de mil demonios, eso sí. Hablaba varios idiomas, estudió traducción. Pero conoció al arquitecto Óscar Tusquets, hermano de Esther Tusquets, y en 1969 montaron la editorial en el comedor de casa. No fue el hombre de su vida, pero le descubrió el oficio de sus sueños.

Vivió una época rutilante en la que un grupito de escritores, fotógrafos, arquitectos, cineastas y poetas en ciernes formaron lo que se llamó la gauche divine. Quemaban la noche barcelonesa en locales como el Bocaccio o el Maddox. Se bañaban desnudos en Cadaqués. Fundaron uno de los territorios más libres y subversivos del franquismo. Allí Beatriz de Moura echó el ancla. Podía pasar de bailar toda la noche a pierna suelta a trabajar desde primera hora como una mula. Lo cuenta Carlota Álvarez Maylín, su biógrafa, en Una curiosidad sin barreras.

Peleó. Fue dura y áspera, en un mundo poco amable con las mujeres directivas. No le quedaba otra.

Yo tuve la suerte de que ella se encargara de darme el bautismo de fuego. No me lo puso fácil, la verdad. No me doró la píldora. Creo que no fui santa de su devoción como sí lo fueron Cristina Fernández Cubas, Almudena Grandes, o Fernando Aramburu. Pero me enseñó algo importante. Me enseñó que un escritor es alguien que se quita los guantes, que no necesita utilizar timbales plateados para mencionar el mar o la nieve. Un escritor delante del mar o la nieve se queda quieto con lo puesto, sin hacer aspavientos. Fue una buena lección.

He leído que vivió los últimos años en casa, olvidada de sí misma, sumida en su mundo, atendida por unas cuidadoras brasileñas adorables que le daban agua de coco. Cuando le preguntaban si quería más, ella asentía feliz y añadía: con whisky.

Ya no sabía quién era, pero seguía siendo ella. La misma que se subía al pódium del Maddox en las fiestas de verano. Y a mí me gusta recordarla así, como en la fotografía. Con sombrero, camiseta blanca y pantalones tobilleros, bailando hasta el fin de la noche. ¡Qué mujer!

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