Dos libros de hai-kus de poetas valencianos
Iniesta y Zapater demuestran el interés que aún despierta esta formulación poética breve

Dos libros de hai-kus de poetas valencianos
El hai-ku es, como el soneto y no pocas estrofas, una forma fija y cerrada, que admite, sin embargo, una amplia variación temática dentro de su casi pétrea estructura formal. En nuestra lengua la adaptó –tal vez mejor que nadie- el mexicano José Juan Tablada, que fue uno de los pocos en conocer la lengua japonesa por haber residido allí bastante tiempo y haberla llegado a dominar. Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez también cultivaron el hai-ku, dándole posibilidades próximas a las de la seguidilla y la copla popular. Octavio Paz experimentó con él. Y lo mismo han hecho entre nosotros Susana Benet, maestra de esta composición, Vicente Gallego, y ahora dos poetas: José Iniesta (Valencia, 1962) y Juan Pablo Zapater (Valencia 1958), que acaban de publicar, con escasa diferencia de tiempo- sólo unos meses- dos interesantes colecciones, que demuestran el interés que esta formulación poética tiene entre nosotros, donde ya Carles Riba supo –como también a la tanka- elevarla al máximo de sus posibilidades.
El libro de Iniesta se titula Un montón de piedras, que recuerda a otro de Vicente Gaos: Un montón de sombras. Iniesta es un poeta que ha seguido en la mayor parte de su obra la tradición elegíaca en la estela de Cernuda, Juan Gil-Albert y Francisco Brines, pero haciéndola siempre suya y manteniendo una unidad de tono y de temas que permiten reconocer su singularidad. En la introducción en prosa que lo abre, ‘De lo breve, a su infinito’, que cifra su pensamiento poético, lo explica muy bien: sus versos –dice, con ecos de Shakespeare y de Faulkner- «son ruido y furia en busca de la serenidad, son lejanía y arrebato», y define este libro como «un lento viaje a lo absoluto, donde habita el destello». Y eso -destellos- es lo que sus hai-kus son, o la impresión que dejan. Véanse, si no, textos como éstos: «Dentro del verbo/edifiqué mi casa/con las preguntas, donde expresa su fe en la palabra», o «Parra en mi patio:/un ajedrez de sol juega con sombras», en el que la imagen plástica condensa el campo visual, resumiendo lo que en otro suyo queda más especificado («Cómo me amparan/la parra y sus racimos»). Iniesta mediterraneiza las percepciones que constituyen la esencia del hai-ku, aunque no elimina de ellas la huella de Rilke: «Eternamente /en el viejo jarrón/ hay una rosa». Una mañana gris le parece «La fría luz sin sombra/de la belleza», y afirma que «En el poema/crecemos como el árbol/¡hacia la luz! Juega líricamente con la asonancia («Soledad grande./Asomarse al misterio/de no ser nadie») y se responde a sí mismo: «Hoy sé quién soy/mirando lo mirado./Humo en el aire». Azoriniano y mironiano a la vez, homenajea también a Juan Rulfo, a Antonio Moreno y a César Simón, y en todo el libro hay una comunión con lo sagrado como lo entendía Jaime Gil de Biedma.
El libro de Juan Pablo Zapater, Yodo en los labios, está prologado por Susana Benet, que ofrece una precisa descripción del modo en que este autor entiende y realiza el hai-ku: cómo respeta su número de sílabas (5/7/5), pero también cómo y en qué innova. Si la primera parte tematiza recuerdos y sensaciones evocadas, en la segunda el centro de su reflexión lo ocupa el jardín, pero tanto en una como en otra a lo que asistimos es al maravilloso espectáculo de la vida, de la que Zapater es un agudo y exquisito contemplador, que conoce los sortilegios del tiempo y las profundidades del instante. Por eso su poética del hai-ku la explicita así: «El mar no cabe/en diecisiete sílabas./ Cabe su instante». Su verso sigue el movimiento plástico del trazo («Con sus vaivenes/las gaviotas tempranas/rasgan el cielo»), aproximándose a veces a lo que en pintura serían «marinas» como en «Hay una barca /suspendida en la línea/del horizonte» o «Alza el velero/sobre el azul intenso/ su llama blanca». El mar se le convierte en el catálogo e inventario de nuestra infancia («Pala y rastrillo/tirados en la arena./¿Serán los míos?»). Reminiscencias de un famoso poema de Altolaguirre resuenan aquí, pero también las de las queridas voces familiares (padres, hermanos…) que configuran una galería de fantasmas. La segunda parte, no es menos vital ni menos lírica: «Ser un jardín: /recogerse de noche,/vibrar de día». Zapater humaniza las fuentes, la vegetación, las plantas, los árboles, los parques… y para cada realidad encuentra una apropiada imagen que la sintetiza y la condensa, porque la síntesis y la condensación constituyen la esencia del hai-ku, en la que se objetiva el satori: la iluminación que lo inspira y de la que depende.
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