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Voz ya arenosa, voz de pozo ciego

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Alfons Cervera

Alfons Cervera

¿Qué señal dejaremos nosotros al futuro?

Pablo Guerrero

«La idea de este libro nace tras una entrevista a Pablo Guerrero para El Salto-Extremadura, que se publicaría en ese medio digital el 4 de septiembre de 2019», escribe Manuel Cañada en las primeras páginas de Pablo Guerrero. Porque amamos el fuego, un texto de más de seiscientas páginas que va mucho más allá de una sola -única- biografía. Si tenía razón Walter Benjamin cuando decía que lo que escribimos forma parte ya nuestra propia biografía, este libro son muchas biografías a la vez. Tanta gente, tantas voces, tantos paisajes… Tanto de todo que se junta en sus páginas para reconstruir, pieza a pieza, una de las vidas más admirables -como lo es sin ninguna duda el libro que la cuenta- que han dado la música, la canción y la poesía en este país lleno de olvido.

Los orígenes del poeta en una Extremadura que, como señala el autor, es «tierra rica destinada a coto para los señoritos». La emigración. Buscar en otros sitios otra vida. Estudiar Magisterio. Llegar a Madrid en 1967, con su familia. Maestro de escuela. Le gustaba. La ciudad recién descubierta, con sus luces y sus sombras: «Al principio el choque fue brutal. Me maravillaba todo, me sorprendía, los luminosos, las escaleras mecánicas, todo me parecía magia pura». Graba un single. Una de las canciones, Amapolas y espigas, compite en el Festival de Benidorm. Premio a la mejor letra. Una rareza esa participación musical. Él mismo lo dice: en su tierra son muy «arrojaos». Las letras de Pablo Guerrero. Uno de los mejores escribiendo canciones. Lo dice Luis Mendo, que anduvo con Pablo ni se sabe el tiempo: «El mejor letrista en español… el más avanzado de todos los cantautores». La amistad en la vida del músico y poeta. Cómo lo respetaba la gente del oficio. Una muestra: el homenaje que en 2009 le ofrece un grupo de jóvenes cantautores. Por ahí anda Javier Batanero: «José Ángel Valente y Pablo Guerrero, tal para cual, dos místicos de la palabra». ¡Cuántos nombres amigos encuentro a cada paso en este libro que a mí -tan enemigo de las gorduras literarias- no ha dejado de conmoverme de la primera a la última página!

Poco a poco va entrando Pablo Guerrero en los ambientes políticos y culturales de la ciudad. Pero «no perderá nunca el pelo de la dehesa, a pesar de residir desde finales de los sesenta en Madrid». La canción que siempre andará con él vaya donde vaya, sea cuando sea. Ese concierto que resume Víctor Claudín cuando habla de lo que ha vivido durante unas horas: «Un silencio total, tal vez gente de pie. Canta un extremeño dentro o fuera de su tierra». Un extremeño, como Luis Pastor, que salió a buscarse la vida y descubrió que la lluvia es una torrentera donde el tiempo transcurre hacia un futuro distinto. «Tiene que llover a cántaros», escribe el poeta. Y lo canta. Canta en 1972 que la lluvia ha de limpiar la mierda de un tiempo que malvive bajo el palio de la devastación. «Voz ya arenosa, voz de pozo ciego», recuerda Manuel Cañada que dijo una vez ese gran escritor de los afectos que es Montero Glez. Con esa voz saldrá en 1976 Porque amamos el fuego, que dará título a este libro más que imprescindible. Amamos tanto a Pablo, como diría su querido Cortázar hablando de Glenda Jackson hace muchos años.

Los poemas y las canciones de Pablo Guerrero suenan a oralidad. Los cuentos del abuelo sobre «el romance de la loba parda, el de las tres moriscas… La primera poesía que yo respiré, que yo conocí, fueron letras de canciones, romances tradicionales». Las raíces del artista. Sin ninguna nostalgia. Pero sin olvidos. Muchas veces también -no sé si por eso mismo- Luis Cernuda en su obra literaria. Saber de dónde salió un día para vivir otras vidas. Hasta el último aliento. Un disco de despedida en 2021, siempre con la producción de Luis Mendo: Y volvimos a abrazarnos: «Los temas son los que he tocado en mi trayectoria: la ecología, la amistad, la naturaleza, el tiempo, el lenguaje y las referencias actuales. Es el momento de decir adiós». La buena compañía de Rozalén, José María Guzmán, Olga Román, Cristina Nerea, De Pedro, Quique González… Lo que escribe Manuel Cañada: «… En todo el disco hay una atmósfera y una voz conmovidas. El dolor de la muerte de Charo está mucho más presente de lo que a él le gustaría reconocer». La presencia de Rosario Gómez Vinarás, que siempre fue Charo desde que se conocieron en un cine y cuando leo ese encuentro en Porque amamos el fuego regreso a Las cuatro y diez, la canción de Luis Eduardo Aute que forma parte de eso que llamamos banda sonora de nuestra vida: al menos de la mía. Las palabras a Charo de aquel chico enamorado hasta las cachas: «Hoy que te amo, mujer, amiga y compañera, / vamos a creer que nuestras manos crecen, / y que tenemos mil dedos o diez mil, y que todos / son como antorchas que a la noche amanecen».

Ya voy al cierre. Me resulta difícil abordar los libros de muchas páginas. A veces no hacen falta tantas para contar una historia. A Pablo Guerrero. Porque amamos el fuego se le quedan cortas las seiscientas. Es la vida de un artista que hizo de la dignidad su arteria de vida. Siguen aquí lo que escribió, lo que cantó solo o en siempre amable compañía, lo que vivió que forma parte -cómo no- de la obra que nos deja: «Las canciones de Pablo no fallecen, no pierden actualidad. Le da a la canción un carácter auténtico», escribe Fernando González Lucini. Quiero terminar con sus propias palabras, con las de ese inolvidable poeta que nunca dejará de conmovernos. Cuando escribió estos versos para su libro Los rastros esparcidos (2003) aún estaba lejos su despedida, la que tuvo lugar hace apenas unos meses, en septiembre de 2025: «Aquí descansaré, mientras escucho / el susurro que esta hora me dicta / cuando miro las huellas / de mis antepasados». Nosotros seguiremos sus huellas, las de Pablo Guerrero y sus poemas y canciones. Que no nos falle nunca la memoria, ¿vale? Que no nos falle.

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