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Heidegger, a la distancia de medio siglo

Heidegger, a la distancia de medio siglo

Heidegger, a la distancia de medio siglo

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José Luis Villacañas

José Luis Villacañas

València

Aunque Heidegger murió hace 50 años, sigue vivo. Ha vivido vidas póstumas en el anti-humanismo de Foucault, en la deconstrucción de Derrida, en el acontecimiento de Badiou, en la dialéctica de identidad y diferencia de Deleuze, en el parque humano de Sloterdijk o en la filosofía de la presencia de Gumbrecht, por no hablar de todo el pensamiento postfundacionalista, desde Lacoue-Labarthe a la concepción ontológica de la política de La Clau o a la centralidad de la cuestión animal de Agamben. No hay pensador famoso que no tenga a Heidegger en su punto de partida, ya sea para asumir posiciones centrales de su pensamiento ya sea, como en el caso de Levinas, para intentar por todos los medios dejar atrás la centralidad de la diferencia ontológica.

Con una previsión medida por la industria editorial, las escandalosas polémicas sobre su posición en el tiempo del nazismo y la publicación de sus diarios filosóficos, los famosos Cuadernos Negros, no han dejado de mantenerlo en el centro de la mirada de la inteligencia filosófica. Incluso autores postcoloniales, como el hindú Dipesh Chakrabarty, en su famoso libro “Provincializando Europa”, lo han usado como punto de partida para certificar el final del eurocentrismo.

Y en verdad, nadie ha hecho más que Heidegger por destruir las categorías filosóficas sobre las que se asienta nuestra tradición. Heidegger ha llevado al límite la noble profesión de refinar nuestros conceptos milenarios. Su aspiración fundamental pasó por analizar estos conceptos para mostrar su impropiedad para pensar el presente, anclado en el descubrimiento de la historicidad. Tras su análisis se revelaba un sentido recóndito e inédito de los textos, pero del que siempre se derivaba la esterilidad del arsenal tradicional de la filosofía para enfrentar la situación de la humanidad actual.

En este sentido, su filosofía fue la última en disponer de una forma carismática. El dispositivo de este carisma fue, como una vez dijo de él Carl Schmitt -su archirrival- el uso de un alemán arcaico, con unas etimologías en ocasiones deslumbrantes y en ocasiones exageradas. Ese lenguaje canalizó las pretensiones de talento literario de muchos filósofos, que no habrían encontrado de otro modo su mundo creativo. Todo sumado, envolvió la nitidez argumental a la que aspira la filosofía con los densos paisajes de una magia expresiva que persigue un aspecto misterioso del mundo, lo hace presente, pero que difícilmente lo aclara.

Ese misterio es el de la facticidad, que algo sea y no más bien la nada. Al enfrentarnos al hecho de que haya Ser y no la Nada, encaramos la inquietante mirada sobre esas millones de galaxias que inútilmente interrogamos en su desnuda existencia y que permanecen silenciosas sobre su origen, sentido y fin. Ante esa facticidad infinita se encoge nuestro pecho y difícilmente podemos prestar favor a los detalles menores de los pequeños entes.

Ante esa facticidad era fácil sentir una zozobra perturbadora que él se empeñó en calificar como angustia. Por supuesto, eso era equivocado. Ninguna tecnificación filosófica puede producir la experiencia de angustia que, con Freud, sabemos que impide la capacidad del organismo humano para seguir vivo. Kierkegaard engañó a la época confundiendo el ligero cosquilleo de producir sentimientos con conceptos con la incapacidad de vivir propia de la angustia.

La filosofía no puede producir tanto, pero la comprensión carismática de su actividad le llevó a Heidegger a presentar su hallazgo como un acontecimiento metafísico que permitía otro tipo de existencia humana, a la que llamó Dasein. Eso por supuesto era ampuloso y le ofrecía a Heidegger un aristocratismo que le resarcía de sus humillaciones plebeyas. La parte fundamental de su herencia ha determinado que la filosofía se convierta en una actividad de virtuosos del lenguaje que trazan insalvables diferencias con el lenguaje de los profanos.

La dirección de Heidegger la vio muy pronto uno de sus discípulos más luminosos, que se liberó pronto de los malentendidos que hacían de él un discípulo de Husserl. Me refiero a Hans Jonas, quien calificó la filosofía de Heidegger como una nueva gnosis, poseída como las anteriores por un fastidio con la historia, con el ser humano y con el mundo, al mismo tiempo que identificaba una forma de salvación en la propia filosofía. Esa inspiración gnóstica es el aspecto dominante de toda la filosofía contemporánea de ascendencia heideggeriana, cuya aspiración más profunda pasa por esperar un nuevo comienzo que pasa por la destrucción de lo que hay. Esa gnosis sugiere que si los entes son todo lo que hay, mejor la Nada.

Al final de sus días, todavía en su última entrevista, afirmó que solo un dios puede salvarnos. Es lo que habría dicho cualquier predicador gnóstico. Sólo que aquellos viejos gnósticos vivieron existencias raídas que excitaban su ampulosa imaginación mítica. Heidegger vivió una confortable vida de profesor universitario y alimentó una floreciente industria editorial con su inmensa obra. En realidad, estuvo por debajo de Nietzsche tanto por su incapacidad de producir una auténtica nueva predicación -nada parecido a la grandiosidad del Zaratrusta- como por su ceguera “völkisch” a la hora de identificar la miseria del poder alemán, fuera el de Bismarck, el del emperador o el de Hitler. Y desde luego, estuvo a una distancia infinita de Nietzsche respecto a su pasión. Su proverbial frialdad, que le permitió superar situaciones vergonzosas con descaro, le protegió de la locura y así nos legó el caso más extremo de un carisma técnico-lingüístico que estaba muy cercano a la prestidigitación conceptual.

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