Una correspondencia entre Lisboa y València
Las tramas ocultas del arte

Arte
Querido Nacho:
Sí, a veces lo pienso: los años setenta vuelven siempre, parecen no tener fin, aunque sean -como tú dices-, muy posiblemente, el estertor de un sueño. ¿Cómo transformar la agonía en un despertar para la acción, en un nuevo comienzo? El último 25 de abril, una multitud volvió a bajar la Avenida de la Liberdade en Lisboa, en un día luminoso, celebrando un año más la Revolución de los Claveles de 1974. Al menos en Portugal celebran una revolución -como decía un amigo común-, un levantamiento que puso fin a una guerra colonial brutal y al régimen que la sostenía. Y si bien, pasados cincuenta años, tampoco aquí el presente es halagüeño y el futuro es muy incierto, existe una posibilidad de sentir juntas: amigas, padres, madres, hermanos, hijas, colegas, en una marcha común.
Posiblemente sea un espejismo momentáneo, aunque no hay que desestimar nunca la fuerza de una sociedad civil organizada y su posibilidad de transformación social. Quizá por eso las políticas culturales tienden hoy a la anestesia, al ensimismamiento, retirando normalmente cualquier instancia crítica, asegurando que el pasado y sus fantasmas no vuelvan como amenaza, sino como parque temático. Cuando la cultura nos permite pensar y descifrar críticamente el mundo, la tachan de «revolucionaria», y lo que se busca ahora es que sea «consensual» (eufemismo inventado para tratar de secuestrar los discursos subterráneos). Un retorno al orden, una vuelta a la imagen romántica del artista.
Sabes que siempre he entendido el museo como un lugar de diálogo, de escucha y de encuentro, pero también de fricción; un lugar posible para un pensamiento complejo frente a la polarización del mundo y frente a su violencia. El arte como un modo de comprender lo real y sus urgencias. Y lo contemporáneo como heterocronía, como lugar de encuentro transformador entre tiempos y generaciones. Por eso hoy quería contarte de la nueva presentación de la colección contemporánea en el MAC/CCB, el museo del que soy directora artística, bajo el título May I Help You? / ¿Puedo ayudar? Artes y artistas desde la década de los 70 en adelante, comisariada junto a Marta Mestre y Raphael Fonseca, pues tiene que ver con todo esto.
Partíamos de los años setenta como un periodo de crisis sistémicas que transforman el mundo -crisis estética, crisis política, crisis de representación-: el fin de una era marcada por la creencia en el progreso lineal y en el poder «civilizador» del arte. Al tiempo que se produce una expansión sin precedentes del capitalismo global, surgen intensos movimientos contraculturales y perspectivas poscoloniales que transforman las formas de ser, sentir y pensar, desde lo íntimo y lo cotidiano hasta lo político y lo colectivo. El campo artístico se expande. Ya no sirven las narrativas universales basadas solo en la historia del arte: una multiplicidad de visiones diferentes excava la autonomía del arte, que además sale de los museos hacia la calle, los cuerpos, el lenguaje, las imágenes, los mass media o las relaciones interpersonales. Nuevos discursos, materiales y procesos se abren paso.
El título de la muestra, May I Help You? / ¿Puedo ayudar? -una pregunta directa pero cargada de ironía-, se inspira en la performance homónima de Andrea Fraser, realizada a principios de los años noventa, en la que se pone de manifiesto la relación entre gusto y clase social. De forma irónica y a veces cómica, la artista no dejó de cuestionar el canon cultural precedente, las nociones estéticas de verdad, belleza y bondad que dieron forma al concepto del gusto y a una concepción romántica del arte y del genio artístico. Fraser dota de cuerpo teórico a una idea del arte como construcción cultural, como campo social marcado por cuestiones de clase, de poder y de diferencia. En este escenario, otras narrativas y nuevas formas de acceso a las artes cobran relevancia.
Considero fundamental este cambio, porque, al hacer visible la trama oculta del arte y sus mecanismos de validación -la relación entre el gusto y la clase social-, Fraser permite su disección crítica. Para muchos, el fin del arte, para otros, un nuevo comienzo. En cualquier caso, desde los años setenta, la obra de arte ya no encuentra su validación en un sistema de reglas definidas, sino en el ámbito social en el que se inserta, y el público pasa a ser fundamental en este cambio. Como consecuencia, la función y la misión de los museos también cambian: deben hacer visibles estas transformaciones y contribuir a dar forma a una imaginación colectiva, permitiendo el acceso a un público cada vez más diverso.
A partir de estas premisas, nuestra exposición se pregunta: ¿cómo abrir las narrativas más allá de la estética y de la historia del arte, a veces lineal, categórica y dogmática? ¿Cómo mostrar otras formas de hacer y entender el mundo desde las artes? La exposición se centra en una serie de posiciones artísticas que entienden lo contemporáneo no tanto como una etapa histórica, sino como heterotopía y heterocronía, como un lugar de encuentro transformador entre lugares, tiempos y generaciones. Además, revela la diversidad de representaciones, presencias y narrativas en el ámbito artístico desde 1970 en adelante: desde Dan Flavin, Christian Boltanski, Dan Graham o Mario Merz hasta Rebeca Horn, Rosemarie Trockel, Anna Jotta, Andrea Fraser o Jeff Koons, pasando por Kara Walker, Gabriel Chaile, Doris Salcedo, Gabriel Abrantes, Agnes Martin, Raymon Pettibon, Lothar Baumgarten, David Hammons o Senga Nengudi.
En esa inquietud que caracterizó la década de los setenta se sugieren varios desplazamientos, y no solo desde el objeto único al objeto encontrado, desde el objeto artesanal al prefabricado o desde la mercancía a su fetiche. Las y los artistas repiensan la noción de poder, sea desde los discursos feministas, contraculturales, antirracistas o antipatriarcales.
A veces pienso que los setenta, en nuestra esfera, supusieron la caída del caballo de un occidente ensimismado, un reajuste del imperio, un momento de quiebre, de incertidumbre y de apertura a nuevos horizontes de sentido. Es posible que estemos asistiendo al fin del imperio que comenzó a tambalearse hace más de cincuenta años. Frente al «consenso», pienso que las artes deberían responder mediante prácticas que nos ayuden a pensar el mundo hoy, y no retornar a las aguas domesticadas del pasado atemporal y del gusto estético. (Pensemos seriamente en lo que ha supuesto la apertura de la Bienal de Venecia 2026 -ya en los archivos de la historia- y de la que podemos hablar en otro artículo).
Suscríbete para seguir leyendo
- El Consell presupuesta 68 millones más para la educación concertada en plena huelga educativa
- Más y más atunes: el espectáculo de descargar los enormes túnidos en el puerto de Xàbia
- La Fiscalía investiga al Ayuntamiento de València por la destrucción de la Alquería de Volante
- Nueva convocatoria del Bono Recuperem Turisme 2026: requisitos y cómo viajar gratis por la Comunitat Valenciana
- Cuatro diques de hasta 11 metros de altura ayudarán a proteger la llegada de aguas torrenciales a la presa de Buseo
- Catalá y Llorca vuelven a bloquear la entrada de Pilar Bernabé en la Sociedad Parque Central
- València avanza en el proyecto de un segundo Gulliver, que estará sentado y medirá 9 metros
- Mediación para salir de la huelga docente
